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María José Ferrada en un auditorio, en Tokio, dictando su ponencia sobre Gabriela Mistral.
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Un eco

María José Ferrada Por María José Ferrada

Ponencia de la poeta María José Ferrada en el marco del seminario “Literatura latinoamericana: un viaje desde el fin del mundo. Homenaje a los 80 años del Nobel a Gabriela Mistral”. 4 de agosto de 2025, Tokio, Japón. Créditos portada: Servicio Nacional de Patrimonio Cultural.

Es difícil para los chilenos hablar sobre Gabriela Mistral, porque es como hablar de los cerros o del mar. Son cosas, seres, que están muy cerca y, por lo mismo, nos resultan inabarcables. No imaginamos cómo podría ser la vida sin su existencia y sin su compañía, a la que acudimos en los días tristes, cuando necesitamos consuelo, y también en los días alegres.

Comenzaré, entonces, con un pequeño contexto de su vida: Lucila Godoy Alcayaga —verdadero nombre de la poeta— nació en 1889 en un pequeño lugar del norte de Chile, rodeado de montañas, llamado Valle de Elqui, y, siendo muy niña —a los 14 años—, comenzó a trabajar en una escuela. Siempre me he preguntado si sería en ese tiempo que notó la compañía no solo del viento —del que obtuvo su apellido de poeta—, sino de todo lo vivo: los animales, las flores, las montañas que tanto nombraría, no solo en su poesía, sino también en las distintas formas que tomó su pensamiento: cartas, artículos, conferencias. Cuento esto porque Gabriela Mistral fue una poeta, pero también una gran intelectual que analizó, criticó e intentó cambiar las condiciones de su tiempo. El suyo fue un pensamiento unido a la acción: un pensamiento que, en tiempos difíciles, decidió no ser neutral.

Pero volvamos un momento a la niña que creció, descubrió la escritura, dejó su país, recorrió el mundo y, en diciembre de 1945 —como si se hubiera tratado de un viejo cuento, de esos que las mujeres cuentan en las cocinas de los pueblos, conscientes de que existe un alimento capaz de dar fuerza a los que no tienen nada; me refiero a la esperanza—, recibió el mayor reconocimiento que el mundo de la academia otorga a un escritor: el Premio Nobel de Literatura. Fue la primera persona de Latinoamérica, y hasta ahora ha sido la única mujer del continente en recibirlo.

Gabriela Mistral nunca olvidó —y me parece que en eso radica gran parte de su inmensidad— a los que no tienen nada: niños y niñas, mujeres, campesinos; los marginados. Desde el centro —porque la niña que había crecido hablaba ahora en los podios de las grandes universidades y era recibida con honores por los poderosos de los lugares por donde pasaba— pidió, para los adoloridos del mundo, mejores condiciones: tierra para los campesinos y una educación que permitiera a los niños y niñas comprender y querer el territorio que habitaban y del que un día podrían obtener todas esas cosas que los seres humanos necesitamos para vivir: abrigo, sombra, alimento.

Créditos: memoriachilena.cl

«Los niños, no» se titulaba una de las cartas en la que la poeta denunciaba las condiciones de pobreza en las que vivían los niños chilenos a mediados del siglo XX. Porque Gabriela Mistral comprendió, desde el principio —lo que con angustia hemos vuelto a comprobar—, que los niños son los grandes marginados, los grandes olvidados de la tierra.

Así que, a ellos, los niños y las niñas, la poeta les ofreció lo que tuvo a su alcance: un lugar en su pensamiento, un lugar en su poesía y un lugar en sus actos. Gabriela Mistral sólo publicó cuatro libros de poesía durante su vida y donó las ganancias por los derechos de uno de ellos —su libro «Tala», publicado en Argentina en 1938— a los niños víctimas de la Guerra Civil española.

Tal vez la única pregunta que quepa en esta conferencia sea qué pensaría ella hoy, cuando tenemos la desgracia y la vergüenza, como humanidad, de presenciar un genocidio que se ensaña con los niños. Imagino que otra vez diría —o rogaría—: «Los niños, no».

Gabriela Mistral no sólo propuso una nueva relación entre los seres humanos. Volvamos a la niña que siente la presencia de las flores, los animales y los cerros, a los primeros atisbos de esa forma llamada poesía, capaz de integrar las partes que, a primera vista, parecen inconexas.

Nos lo dijo en el poema “El placer de servir”: «Toda la naturaleza es un anhelo de servicio. Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco». Según Mistral, existe una hermandad que nos invita a cuestionar las barreras que los humanos hemos levantado entre nosotros y todo lo demás, y a aceptar que no solo compartimos un espacio, sino que el mundo humano, animal, vegetal y mineral vive en una estrecha interdependencia.

Nos advirtió, de alguna forma, de los peligros de esa separación entre humanos y naturaleza, de los que hoy experimentamos las serias consecuencias. Y lo hizo con una inmensa ternura. En «Poema de Chile», la obra póstuma en la que trabajó durante gran parte de su vida, es ella quien, convertida en fantasma, le explica a un niño atacameño y a un pequeño ciervo —sus dos compañeros de viaje— que el desierto es un padre, el agua —piedad del estero— es una hebra y la hierba es un ángel atento.

Creo que la violencia contra los niños y otros grupos marginados, la violencia contra la naturaleza —que hoy nos hace experimentar extremos climáticos que no pensamos que llegaríamos a ver— y muchos de los desequilibrios que hoy nos desorientan y nos entristecen responden al olvido del recado mistraliano: el otro es nuestro hermano.

La poeta creía en la posibilidad de revertir las cosas. También en el papel que, en ese cambio, podían tener los intelectuales. En uno de sus discursos, con la claridad que la caracterizó, les hizo un llamado: «Es preciso que aquellos cuyo oficio es el de pensar por encima del compromiso y la casta se pongan a enmendar y a rectificar a toda prisa».

Pensamiento y palabras, de la mano de la acción. Un poco más adelante, en “El placer de servir”, la poeta escribe: «Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú; donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú; donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú».

Volvamos a los niños. Esta vez, al sabio consejo que me dio una niña hace un par de años: cuando vayas a un lugar que no conoces —me dijo—, lo primero que debes hacer es buscar una amiga. Gabriela Mistral no tuvo la fortuna de conocer Japón, este hermoso país que tantas similitudes tiene con el nuestro: me refiero a la presencia de las montañas, al mar, a las cuatro estaciones marcadas cuya llegada, a pesar de su previsibilidad, nos sigue asombrando. También, a la confianza en la poesía como lenguaje capaz de consolar el corazón humano.

Créditos: Editorial Satori.

En 2019, junto a la traductora Yumi Hoshino, realizamos una antología de la poesía de Kaneko Misuzu para los lectores hispanohablantes. Para quienes no la conozcan, la poeta Misuzu fue una escritora japonesa de poemas para niños, capaces de conmover también el corazón de los adultos. Tal vez fue ese el motivo por el que, tras el terremoto y tsunami del año 2011, cuando se necesitaba recuperar la calma perdida, parte de la tarea se puso en sus manos. Durante los días que siguieron a la tragedia, su poema “Eres un eco” se transmitió en todas las cadenas de televisión:

Si digo «¿Vamos a jugar?»,
dices «Vamos a jugar».
Si digo «¡Tonto!»,
dices «Tonto».
Si digo «¡No quiero seguir jugando!»,
dices «No quiero seguir jugando».
Luego me siento sola.
Digo «Lo siento»,
dices «Lo siento».
¿Eres un eco?
No, eres todo el mundo.

Los escritores nos dedicamos a observar y, a partir de ahí, a imaginar cosas: imagino que Gabriela Mistral y Kaneko Misuzu habrían sido buenas amigas y que habrían caminado por alguna pequeña calle de Senzaki —ciudad donde atendió, durante su corta vida, la librería familiar—. Se trata de un puerto pesquero, así que imagino que esa pequeña calle, en algún momento, llegaría al mar.

Gabriela Mistral, contenta de encontrar a un alma cercana, a propósito del poema del eco, habría respondido a Misuzu con otro poema:

«¿Con quién hablas, dime, cuando
yo me hago el que duerme… y oigo? —pregunta el niño atacameño de “Poema de Chile”—.
Será con los animales,
la hierba o el viento loco.
Porque todos están vivos
y a lo vivo les respondo.
También contesto a lo mudo,
por ser mis parientes todos» —le responde la poeta—.

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María José Ferrada

María José Ferrada es periodista y escritora de libros infantiles. Su trabajo ha sido publicado en Chile, Brasil, Argentina y España, y ha sido premiado tanto en nuestro país como en el extranjero.

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