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Breve panorama de la poesía mapuche

David Agurto Por David Agurto

Elicura Chihuailaf ha sido el ganador del Premio Nacional de Literatura 2020. Con una amplia trayectoria ha sido la puerta de entrada para la literatura mapuche contemporánea. Revisamos su obra y la de otros y otras poetas mapuche, los grandes temas que visitan y la forma, que va desde lo espiritual hasta las demandas políticas. [Foto portada: David Aniñir, por Álvaro de la Fuente]

Hace poco más de una semana el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio dio a conocer el Premio Nacional de Literatura 2020. Por primera vez, desde sus inicios en 1942 con el reconocimiento a Augusto D’Halmar se ha galardonado la obra poética de un mapuche. Elicura Chihuailaf, ni más ni menos. Tal vez el poeta más representativo de la gran camada de escritores indígenas de estas tierras. Más que merecido, a pesar de la disputa y con mucha razón entre Rosabetty Muñoz y Elvira Hernández, dos candidatas con trayectoria poética indiscutible y que hace varias semanas estaban en la palestra, junto a Carmen Berenguer, ya que, después de Gabriela Mistral ninguna poeta se ha adjudicado el mencionado premio. La pregunta ahora es, ¿por qué un poeta mapuche?

Elicura Chihuailaf (1952) debe ser, sin duda, la puerta de entrada a la poesía mapuche actual. De profesión obstetra —aunque sea solo un dato anecdótico ya que nunca ejerció— tiene un vasto currículo como poeta, oralitor e incluso traductor de reconocidos poetas, del castellano al mapuzugun. Su poesía resume sin duda, la espiritualidad y cosmovisión del pueblo mapuche, uno de los rasgos escriturales más presentes en la poética indígena contemporánea de estos lares. No por casualidad la mayor parte de sus libros lleva en su título la palabra azul, kallfü en la lengua ancestral. Este color, presente en la bandera mapuche, representa la abundancia y es símbolo de lo sagrado y espiritual.

Uno de sus libros más célebres es De sueños azules y contrasueños. Publicado originalmente por Editorial Universitaria en el año 1995 fue galardonado un año antes con el Premio Mejor Obra Literaria. Una de sus riquezas, sin duda, es la escritura bilingüe: todos los poemas se encuentran en mapuzugun y en castellano. Esta debe ser una de las grandes preocupaciones —no solo de Chihuailaf, sino de todos los poetas mapuche—, por mantener viva su lengua original. Sin embargo, la riqueza literaria de Elicura radica tanto en el lenguaje como en su forma. La candidez para describir imágenes cotidianas de su cultura, interrogantes místicas y reflexiones sobre su cosmovisión está presente a lo largo del poemario. Como en Kallfv Pewma mew o Sueño azul donde el escritor señala: “La casa Azul en que nací está/ situada en una colina/ rodeada de hualles, un sauce/ nogales, castaños”. Por otra parte, también evidencia el desagrado por las violaciones históricas hacia el mapuche. Tal se manifiesta en lo que sería una de sus artes poéticas La llave que nadie ha perdido: “La poesía es el hondo susurro/ de los asesinados/ el rumor de hojas en el otoño/ la tristeza por el muchacho/ que conserva la lengua/ pero ha perdido el alma”.

Tenemos, entonces, dos grandes temas para abordar en esta breve panorámica de la poesía mapuche: el primero centrado en la espiritualidad, en la conexión con la naturaleza, en la cosmovisión mapuche; el segundo en la defensa de los derechos del pueblo indígena, muchas veces desde la modernidad, desde la urbe. Antes de abordar con algunos ejemplos ambas temáticas, me gustaría reflexionar sobre un aspecto fundamental de la poética en mapuzugun: el valor de la oralidad. ¿Por qué es necesaria la escritura para una cultura que se desarrolló desde sus inicios de manera oral? La respuesta, a priori, podría parecer obvia. El discurso mapuche se instala y se valida, en este caso en la escritura. Para Chihuailaf y sus coterráneos la palabra escrita viene a ser un arma de lucha, una forma de apostolado.

El poeta Elicura Chihuailaf, Premio Nacional de LIteratura 2020. Créditos: ufro.cl

Iván Carrasco, en su texto “Etnoliteratura mapuche y literatura chilena: relaciones” clasifica en tres etapas la literatura mapuche. La oralidad absoluta en la época prehispánica donde la riqueza de la palabra era incomensurable y toda experiencia literaria indígena se basaba en la oralidad. La segunda, producto de la colonia española, se denomina oralidad inscrita, y básicamente se refiere a la transcripción de textos orales del mapuzugun y la traducción al español. Esto de alguna forma, obligaría la conformación de la tercera etapa, la escritura propia. Producto de la imposición y/o de la necesidad, los mapuche tuvieron que comenzar a escribir. Sin embargo, lo que no se olvida es la lengua nativa y su tradición oral.

Lionel Lienlaf, otro de los representantes de mayor envergadura de las letras mapuche declaraba en un artículo periodístico encontrado en Memoria chilena que “la oralidad es la base del pueblo mapuche. Nuestra creación es más bien experiencial. En la sociedad chilena, en cambio, la necesidad de expresión, se canaliza en la escritura, porque no hay interlocutores con los que puedas desarrollar la poesía”. Es entonces, ante la necesidad del winka de entender la poesía, que la palabra se imprime; para el poeta mapuche se mantiene, en primer lugar, en la experiencia compartida. Pero, a pesar de las declaraciones de un joven Lienlaf, la poesía mapuche necesita del formato libro impreso, de la escritura.

Volvamos a los temas que presentábamos en unos párrafos anteriores. El mismo Lienlaf es un muy buen representante de lo primero, la intrínseca relación del ser humano con lo natural, lo celestial como forma de trascendencia. Al igual que Chihuailaf sus versos sencillos van cargados de potentes imágenes. En su poema Pewma (Sueño) nos dice: “trafuya pewman/ ngürü wanküyan/ inche ruka”. En castellano, “en mis sueños de noche/ un zorro/ cantaba bajo mi casa”. Así la estrofa continúa en un diálogo de sopor. Imposible no hacer la relación con el haiku, poema tradicional japonés.

Una mirada similar del mundo se plasma en la obra de Lorenzo Aillapán, conocido como el Hombre pájaro, declarado como Tesoro humano vivo de la Araucanía por la Unesco y referente para el resto de poetas mapuche. Este poeta que tiene ya ochenta años, en uno de sus textos escribe: “Pájaro de color azul negro que enluta el tiempo/ y que con seguridad anuncia vientos y aguaceros”. Solo dos versos le bastan para embellecer mediante la palabra la llegada de la lluvia. No por nada su obra, centrada en la reproducción de sonidos de aves, ha sido reinterpretada incluso en la literatura infantil en manos de las ilustradoras Virginia Herrera y Mariel Sanhueza, bajo el título Cuento de canto (Ed. Libros de mentira).

Volvamos al actual Premio Nacional de Literatura. Chihuailaf, a pesar de que para algunos mapuche no es el autor más representativo de la poesía indígena, su poética transita por las dos temáticas que se han mencionado. Puede escribir versos como “en la energía de la memoria/ la Tierra vive/ y en ella la sangre/ de los Antepasados”, haciendo referencia a su cultura ancestral pero también estableciendo un puente con sus antepasados y cómo estos se mantienen vivos en la memoria. Este es el paso para el segundo tema, la lucha incesante por los derechos transgredidos históricamente al pueblo mapuche. Es así, como también puede salir de la poesía y transitar por la crónica en su libro Recado confidencial a los chilenos (LOM, 1999), una especie de ensayo en prosa, donde explica la cosmovisión mapuche, sus formas de estar en el mundo y propone un diálogo al pueblo chileno interpelándolo e invitando a la reflexión sobre cuánto es el conocimiento de la nación mapuche que tenemos. 

Jaime Luis Huenún, poeta mapuche-huilliche, quien escribe sus versos en castellano sobre la realidad mapuche, y conocido, por sus libros con un tono frecuentemente político, también transita entre ambas temáticas, muchas veces, incluso en un mismo poema. En Lamgen se puede leer “Porque callados sabemos lo que somos:/ a una altura azul/ el águila y el cisne,/ el venado y el puma,/ montañas, manantial y viento/ sementeras de la eternidad”. Su poesía que recuerda siempre la espiritualidad mapuche es con una literariedad cercana a lo urbano y a la escena cotidiana siempre con una crítica al mundo contemporáneo. En La calle Mandelstam nos deja potentes versos: “Hemos sobrevivido a la clonación del terror (…)/ Nos quedan sin embargo muchos, largos años/ de viajes sin retorno/ a una cueva vacía sin fogatas ni sombras”. Las palabras de Huenún calan hondo en el lector.

El poeta Jaime Luis Huenún. Créditos: La Tercera.

En la misma vereda de la crítica política y social, pero de una manera mucho más literal se encuentra David Aniñir, poeta mapuche urbano, que ha vivido las injusticias de ser mapuche en la ciudad y las diferencias sociales por ser de población. Su primer y más reconocido libro, Mapurbe, venganza a raíz —editado por el sello Odiokracia en 2005 y por Pehuén en 2018—, es una apelación directa al Estado chileno. Este será un tema común en sus poemarios. Pero también dedica versos a personajes propios de los barrios bajos de la urbe, sin caer en estereotipos y siempre con el fin crítico. María Juana… la mapunky de La Pintana es una muestra clara de esto. Desde la actualidad, con una explícita defensa de los derechos del mapuche, este poema es revelador de la poética que ha construido Aniñir durante quince años. Algunos de sus versos son “Gastarás el dinero/ del antíquisimo vinagre burgués/ Para recuperar lo que de él no es (…) / Eres tierra y barro/ mapuche sangre roja como la del apuñalado”. Una lengua bastante afilada, llena de rabia, que siempre es bueno revisitar.

Actualmente, hay una camada de poetas mapuche mujeres que han dado una vuelta a los temas que hemos estado analizando. Entre ellas destaca Roxana Miranda Rupailaf, Yeny Díaz Wentén y Daniela Catrileo. La primera, al igual que otros poetas mencionados muestra una poética que transita por diversas veredas. Mantiene ese frenesí que ya muestra Añiñir, pero agrega la perspectiva feminista. Realiza un reclamo desde el ser mujer mapuche en una sociedad construida en tradiciones occidentales. “Voy a incendiar esta ciudad/ sus casas/ Voy a quemarte lentamente los cabellos/ para que no olvides la herida”, versos que van dejando huella de esta furia. La misma que se evidencia frente a una espiritualidad que no le pertenece y que ha sido impuesta en su libro Tentaciones de Eva (2003): “Confieso que le he robado el alma al Corazón de Cristo (…)/ Confieso que me comí todas las manzanas (…)/ Confieso que he deseado a mis prójimos/ y que tengo sentimientos impuros”.

Yeny Díaz Wentén y Daniela Catrileo comparten una poética que resulta ser más universal, pero que surge desde la espiritualidad mapuche. Yeny Díaz en su libro Animitas (Gramaje, 2015) expone la muerte y la memoria como ejes centrales. Es cada poema el relato de un animita, esta especie de recordar y hacer olvido al mismo tiempo de los muertos en espacios públicos. Este libro tiene un ingrediente especial, cada poema contiene tres voces, una más periodística, otra tal vez, narrativa y por supuesto, poética, que dan a conocer esa muerte y cómo se le recuerda a la persona ausente. En Río herido (Edicola, 2016) Daniela Catrileo apunta al igual que Díaz a la memoria, en este caso del lenguaje. O lo que provoca hacer remembranza a través de la palabra. El poemario de Catrileo es una apelación directa al lector. Con estrofas breves pasea por temas tan presentes en la literatura como la muerte y el viaje. En No he visto llorar a mi padre escribe “La base de todos tus muertos/ tiene un ciclo sobre el agua” o en otro de sus textos termina con los versos “los niños también caen muertos/ no solo la madre”. Navegamos a través del río o el río nos conduce a la deriva. Esa es una de las sensaciones que el lector tendrá al leer este poemario. “Un río nos sumerge/ en el temblor de sus olas”. Chihuailaf ha sido la puerta de entrada a la poesía mapuche escrita, la ventana para que la literatura mapuche sea objeto de reconocimientos mayores. Pero Díaz Wentén y Catrileo son el futuro de las letras indígenas.

La poeta Daniela Catrileo. Créditos: Álvaro de la Fuente.
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David Agurto

Coordinador local zona centro de Viva Leer. Licenciado en Letras, profesor de Lenguaje, magíster en Edición y futuro máster LIJ. Forma parte de los equipos de trabajo de Viva Leer y Troquel. Realiza talleres de rap, cómic y adaptación literaria.

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