Carlos Arámbulo, escritor: “El escritor es por naturaleza un mentiroso profesional”

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Autor de una acotada pero variada obra, el escritor, poeta y traductor peruano ahonda en los componentes de una buena historia, así como también en los temas personales que lo remueven: la dimensión épica de la vida, sea la normal y cotidiana o la extraordinaria y azarosa.

Carlos Arámbulo. Créditos: Cámara Chilena del Libro.

La emoción, para Carlos Arámbulo, es la esencia de una buena historia. La emoción y el artificio, ambos elementos manipulados por el escritor. “Es un ejercicio de dejar que te vean mirando”, opina. Su más reciente novela, Quién es D’Ancourt (Alfaguara, 2017), ha sido difícil de clasificar por la crítica. A ratos navega por lo policial, el thriller y la historia de amor. Precisamente algo así quería construir el escritor peruano, una historia en base a verdades parciales, lejos de una visión absoluta.

Autor de una acotada pero variada obra, dice que ceñirse a un solo modo de narrar es parecido a lo que ocurre con los ancianos y el reposo: ambos se acercan a la muerte. En ese sentido, señala que cada texto tiene su propia expresión y que no podría haber escrito un libro como el anterior porque son cosas distintas. Incluso en su último trabajo, un libro de cuentos que saldrá publicado próximamente, observa que todos son muy diferentes entre sí: algunos los escribió cuando tenía 15 años y otros hace un mes.

—¿Cómo detectas que una historia es buena? A tu juicio, ¿qué elementos deben darse?
—Lo primero es una relación de piel con ella. Tiene que emocionarte, de lo contrario no podrás transmitir esa emoción al lector y tu texto será un formidable artificio –en el mejor de los casos–, pero falto de autenticidad. Entonces, la segunda parte de la pregunta se vuelve lo más importante: a veces, la mirada del escritor es diferente a las otras personas, a veces la historia es tan potente que casi sale sola; otras, es la mirada la que se deja ver. Es un ejercicio de dejar que te vean mirando. Por eso mismo no existe equivocación en la elección de una historia que narrar. Puede estar mejor o peor redactada, haber trasmitido mejor o peor la mirada del autor, pero nunca habrá equivocación.

Todos hemos vivido ese incómodo momento cuando un amigo o un conocido te dice que tiene una historia que sería un relato o novela magníficos, pero sin el arte o artificio de trasladar la emoción, la mirada y el efecto en lo escrito, no hay literatura. Emoción y artificio, en el buen sentido, son los dos componentes de una buena historia. Conforme pasan los años, me doy cuenta del poder de las historias básicas. Los jóvenes tienden a la truculencia porque aún no han recorrido una amplia gama de emociones que te ofrecen la paternidad, el amor insistente, las pérdidas, etc. Esto te lleva a privilegiar lo que los críticos llaman “la voz propia” del autor.

—El escritor italiano Alessandro Baricco dice que la realidad está compuesta de hechos + historias (storyteller) ¿Se puede prescindir de esas historias que nos contamos a nosotros mismos y al resto?
—El escritor es, por naturaleza, un mentiroso profesional, de oficio. En algún momento de nuestro desarrollo como humanos, surgió este tipo extraño que se dirigía a todos mientras ardía la fogata y comenzaba a inventar historias porque sí. Este hecho me sorprende cada día más porque comprenderlo es entenderme a mí mismo y a mis colegas y te vincula, además, a la necesidad de que ese storytelling llegue al público. Sin esas historias el escritor muere. Pasé veinte años matando al escritor y, a la vez, intentando que sobreviva. Si está en tu naturaleza, siempre se va a imponer, y eso me sucedió. En la pregunta está implícita la paradoja de escribir para uno y para los demás. Es un balance delicado, no puedes renunciar a hacer arte, pero si quieres que esa mirada, esa emoción que está al fondo de tu texto se expanda, llegue a otros, debes prepararles el acceso.

—En términos literarios, ¿qué obras o autores/autoras han hecho que te conmuevas y por qué?
—Borges, todo Borges, porque te enseña a transformar lo evidente con solo un adjetivo; esta es una emoción intelectual, pero no por serlo deja de ser intensa para quien la siente. Concierto barroco de Carpentier, porque pocas veces se puede escuchar música en una obra de principio a fin. Proust, por lo mismo. Nabokov, por la perfección y la elegancia de su prosa. J. E. Eielson, por su capacidad de caminar desollado en medio del viento: es mi poeta favorito. El amor en los tiempos del cólera, porque el gran Gabo logra encapsular emociones en párrafos redondos. El Ulises de Joyce me conmovió porque descubrí que yo no estaba loco, que sí se podía hacer cualquier cosa en un texto. Los dos trópicos de Miller, por la intensidad y esa veneración tan humana por lo sublime y lo ruin a la vez. Muchos otros, todo libro bien escrito me conmueve, pero estos son notoriamente importantes para mí. De los contemporáneos, Munro, Auster, McCarthy, Houllebecq (no todo), entre otros.

—Y en lo personal, ¿qué temas son los que te remueven y que luego crees que podrían ser material para un texto?
—Todo tema que exponga al hombre frente a fuerzas gigantescas, inmanejables. Me interesa la dimensión épica de la vida, sea la normal y cotidiana o la extraordinaria y azarosa. Me interesa, en este momento, el tema del amor y la pasión y también el de la inmortalidad futura que, lamentablemente, ni tú ni yo veremos, pero de que llegará, llegará. Para no terminar tan sombrío, también el humor. Pero el humor revelador, hacerte sonreír con cosas que pueden ser duras o implacables, encontrarles esa perspectiva burlona, a veces cínica.

Presentación del libro “Quién es D’Ancourt” en la 38° Feria Internacional del Libro de Santiago. Créditos: Alejandra De Lucca

Me interesa la dimensión épica de la vida

Quién es D’Ancourt es una novela que navega por varios géneros.
Sí, y de varias voces. Comienza como una indagación muy literaria, luego navego por lo biográfico y, como tengo esta afinidad por lo épico, se convierte en una crónica del Perú de los 80-90. Luego es una historia de amor, pasa al thriller y luego cierra como una novela de detectives. Cada momento tiene una voz y está vinculado a una pieza musical (partes del Réquiem de Mozart). Inicia un pomposo y antipático profesor universitario, continúa un biógrafo fascinado por D’Ancourt, sigue una princesa punk de los 80, luego un infiltrado policial en la Universidad de San Marcos y entre ellos se pasan la posta. La idea es repetir la naturaleza compleja de la vida, la ausencia de una verdad absoluta sino de verdades parciales, a veces personales. Así interpretamos el mundo, así quise que sea la novela.

—Tus publicaciones anteriores son muy diferentes entre sí, ¿te interesa mantenerte alejado de un único estilo de narrar?
—Sí, aunque esto es casi inconsciente. Digo casi porque creo que cuando un escritor deja de cuestionarse y se acomoda en una forma de narrar hace lo que el reposo con los ancianos, te acerca a morir. Cada texto tiene su propia expresión, no podría haber escrito un libro como el anterior porque son otra cosa. Cada libro que venga será, además, diferente a lo que ya he publicado porque estoy vivo, quiero seguir vivo.

—¿Existe un deseo de mantener un factor sorpresa con tus lectores, que no deduzcan a priori con lo que se van a encontrar?
—No en todos los textos. Y en los que aparece, no puede ser el único recurso porque una vez descifrada la sorpresa el texto pierde capacidad de relectura. Hay que lograr un ritmo atrayente, imágenes bellas, distintas, hasta extrañas, que lleven al lector a otra dimensión de percepción.

—En Un lugar como este esperaste 22 años para publicarlo. ¿Cuándo se sabe que es el momento oportuno para que un libro salga a la luz?
—Habría querido publicarlo antes, pero fue un tema vivencial y emocional. Un desengaño y enclaustramiento del que me decidí a salir de pronto. Sentía que no era escritor, estaba inmerso en un mundo donde era visto como raro, loco… de pronto pasó lo del premio García Márquez y me vi rodeado de animales de mi misma especie. Seres que inventan historias y se realizan a sí mismos haciéndolo, que no pueden dejar de hacerlo, literalmente, no se puede dejar de inventar historias ¿Por qué? Es algo misterioso y maravilloso ¿no? Cuándo sabemos que esas historias deben publicarse, creo que cuando en cada lectura encuentras cada vez menos que mover, que los cambios que se te ocurren son intrascendentes. Entonces el texto está listo. Sobre las novelas, no hay problema. Son un libro, un texto. Para los poemarios o los libros de cuentos, es un proceso misterioso.

Autor: Consuelo Olguín (21 Entradas)

Periodista UC de medios escritos. Ha trabajado en El Mercurio y en El Dínamo, transitando por las secciones de actualidad y cultura. Cursó el diplomado en Periodismo en Cultura, Crítica y Edición de Libros, de la Universidad de Chile. Luego participó en el taller de narrativa contemporánea que dicta la editorial Los Libros de la Mujer Rota.


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