Contra el provincianismo o por qué leer a Lemebel

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“Hay personas que hacen pipí en el lago”, me dijo un sobrino cuando salí comentado lo rica que estaba el agua. Es cierto: hay personas que ensucian el ambiente, otras, alertan sobre la mugre. Pedro Lemebel perteneció al segundo grupo y debiéramos agradecer su boca, aunque probablemente él, coqueteando con Eros, diría boquita.

El asunto es ese grupo de estudiantes ofendidos que decidieron no leer sus crónicas, alegando que incitaba a la homosexualidad y se apartaron de la experiencia, porque Pedro Lemebel fue y será una experiencia lectora. La anécdota es preocupante por varias razones, una de ellas, es qué tipo de educación están recibiendo esos hijos de Dios que creen que uno puede marginarse de una conversación sin salir perjudicados. Seguro es que, llegados a cierto punto, se verán forzados a escoger, no podrán leerlo todo, aunque quisieran. Pero eso lo descubrirán con la edad, la adultez, cuando una madura decepción –usando la imagen de Schnitzler–, les imponga límites. Esa sola idea, la perspectiva de una derrota a pocas décadas de distancia, debiera escandalizarlos, ponerlos a patalear en el suelo bregando por más tiempo, más horas de lectura, conocimiento, fronteras móviles, nada rígidas. Pero estos jóvenes prefirieron una vejez prematura.

La tentación de caerles con una filípica salta en el teclado. Pero Lemebel es Lemebel, el rebelde, criticón, ojo acusador parado detrás de un poste en una oscura noche de los ochenta, con su voz hecha palabras, aguda, rápida y mortífera. No hay arenga ni deber ser en sus crónicas, más bien una realidad pintada a todo color, de matices uno aprende al leerlo, porque toda realidad es bonita y fea, dura y entrañable a la vez. Lemebel es para conversarlo, desmenuzar sus letras con el placer con que entramos a la literatura, permitiendo que otros nos hablen al oído. Aquí va un puñado de razones por las que grandes, medianos y chicos, chilenos todos, los que nacieron y van a nacer, deberían leerlo.

«No necesito disfraz. Aquí está mi cara»
Manifiesto

Primero. Solemos resumirnos en un título, nuestra cara visible, lo que contamos de nosotros mismos, lo que esperamos ser a los ojos de otros. Los países –como las personas–, también sufren ese tipo de continencia, se definen en un escudo, la letra de su himno nacional, su economía, pero –al igual que las personas–, esconden secretos, batallas, horas de ruido y furia. Hacerse a uno mismo, hacerse país, es una lucha contra la vacuidad, la herencia, el provincianismo que nos asalta por todos lados. Mirar hacia adelante es posible, imaginar un futuro esplendor, necesario, pero antes toca remover escombros, dibujar el sendero entre las piedras. Sin exagerar, podríamos decir que Lemebel dedicó sus crónicas a esta tarea. El Chile de Lemebel a veces nos espanta, hace llorar o reír, pero siempre, siempre, nos habla de nuestras ciudades. Santiago de rincones, espacios que iluminó de manera rotunda; Santiago gay, aunque Lemebel preferiría decir marica o maricón; de encuentros furtivos y malas costumbres, robos, cuchillos, noches, muchas noches; Santiago de sitios eriazos, juegos a la pelota, pasta base. Santiago feo. Santiago lejos de ese centro económico y exitista, de jaguar de tercer mundo. Lemebel dedica buena parte de sus crónicas a reflejar nuestra cara, la que solemos desconocer o preferimos ocultar. No es fácil mirarse en el espejo.

Segundo. La posta que corrió Lemebel fue esa cancha dibujada por el triángulo de Eros, detrás de un amor siempre esquivo, escondido en rostros callejeros y anónimos, en la oscuridad ochentera de las fiestas con toque de queda y milicos de caras pintadas dispuestos a patear culos de jóvenes que bebían vino en las cunetas. Pocos autores chilenos han dedicado tanta tinta a describir las miserias de esa persecución, la del deseo, ese triángulo maldito que dibujan el anhelo, el yo y el otro. Una pulsión sumamente juvenil, el sexo. Los muchachines del liceo que lo vetaron seguro tienen sueños de presa, desean enamorarse. Entonces, podemos leerlo ciega y prejuiciosamente, como si el amor fuera cosa única de los heteronormados y molestarnos –joven, dama o caballero–, por el hecho de que Lemebel nos grite que en el mundo suceden relaciones sexuales, que se anhela el amor con todas sus variantes, que existen corazones rotos y que, aunque lo sabemos, preferimos entrar en la experiencia con toda la grandeza y crueldad que conlleva.

Tercero. Las crónicas de Lemebel son una pregunta, constante: quién soy, qué papel interpreto en el mundo. Claramente, a Lemebel le tocó el rol de denunciante, esa piedra en el zapato que no deja de doler, eso tuvo claro. La cuestión que inquieta a Lemebel es más profunda, más sofisticada: ¿cómo construirse en la diferencia? Cómo, a partir de ese papá que odia al hijo que se le cae la manito, se avanza en la profesión, el amor, la amistad. Eran los códigos de esa época, ser gay (maricón, prefería decir Lemebel) era un pecado familiar y el cronista lo resiente y narra, porque aunque la época le vetara el libre tránsito, él no se anduvo con eufemismos, lo políticamente correcto no existió en su literatura. Hoy puede haber familias que se crean en desgracia por tener un hijo gay, pero socialmente hemos avanzado, aunque claro, los chicos del liceo en cuestión nos vienen a demostrar que los cambios demoran en permear, que la intolerancia es un código aceptado y que, disfrazada del derecho a elegir, subordina nuestra humanidad. El derecho a la diferencia es un derecho humano. Porque, si lo pensamos bien, no hay ni un solo ser humano igual a otro, pretender lo contrario, creer que mientras nos rodeamos de iguales, nuestros espejos, daremos un paso adelante, es miopía pura.

Cuarto. Los escritores no nacen de ningún parte, Lemebel venía del Zanjón de la Aguada, a mucha honra, porque nunca desconoció sus orígenes, todo lo contrario, fue el suelo que pisó a la hora de escribir. Esa fue su militancia, la pobreza, el lugar de los que tienen todas las de perder. Porque los pobres aun cuando ganan, pierden y Lemebel nos contaba ese lamento, una realidad, los marginados. Lemebel no olvidó la dictadura, no olvidó nada. Tampoco hizo concesiones de poderosos pese a que ya mayor, vivía en un cómodo departamento y rara vez se escondía detrás de un poste para buscar sexo. Lemebel siguió siendo el vocero, el político, el cronista que nos recordaba que nuestro país tuvo historia y que esa historia es una cuenta que hay que saldar, que los perdones son juegos de niños cuando hablamos de muerte y persecución política.

Por último, y para no alargar: el uso del humor. Pienso, por ejemplo, en la hilarante crónica sobre las joyas de la dictadura, que demostró su tremenda capacidad de observación y de reírse de sí mismo. Lemebel no fue un tonto grave resentido en los rincones, fue un cronista astuto, sagaz, capaz de ver lo ridículos que somos los seres humanos si se nos mira de cerca. Y quizás, esto último, sea lo más necesario hoy que nos hemos vuelto tan poco avispados para ver el mundo que habitamos. Cada uno de nosotros, como nuestro país, nos adentramos en una era global de fronteras mutantes, de inteligencia artificial, de cánones impuestos por hemisferios que no tienen nada que ver con nosotros, y avanzamos sin guillotinar al rey, mirando modelos más allá de la cordillera sin preguntarnos qué país queremos construir, qué individuos formar.

Autor: Sara Bertrand (22 Entradas)

Estudió Historia y Periodismo en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Combina la escritura de libros infantiles y juveniles con el trabajo periodístico. Su último libro "La mujer de la guarda", editado por Babel, recibió el primer premio en la categoría New Horizons, de los Bologna Ragazzi Award 2016.


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