Entrevistas

Daniel Borzutzky, poeta: “El capitalismo defiende sus propios intereses con brutalidad”

Consuelo Olguín Por Consuelo Olguín

Nacido en Estados Unidos y de padres chilenos, el escritor publica en el país La performance de volverse humano, libro donde presenta un mundo desolado cuyas dinámicas están condicionadas por la relación entre frontera, territorio e identidad. Una suerte de distopía que parece estar más presente que nunca. 

“Podemos decir que el libro enfrenta el absurdo de la realidad con respuestas realistas”, dice Daniel Borzutzky (1974), poeta estadounidense y autor de La performance de volverse humano (Editorial Cuneta), libro que en 2016 ganó el prestigioso premio National Book Award, en la categoría de poesía. En él, profundiza en la relación de la tríada frontera-territorio-identidad, fuertemente promovida por aquellas naciones que desarrollaron un sentimiento nacionalista y que no solo rechazan la presencia de inmigrantes y refugiados, sino que ejercen contra ellos todos los mecanismos de violencia que tengan a su alcance. 

Se trata de un escenario distópico desarrollándose en tiempo presente. Un espacio politizado, militarizado, como si fuera zona de guerra. Esto ocurre aquí y ahora. “Lo irreal y lo absurdo se enlazan para probarnos que estamos viviendo en el futuro apocalíptico que algún día temimos. Estos poemas cuestionan cómo (o, tal vez, cómo osamos) vivir las tragedias de la opresión y la crueldad como si fueran un acto tan banal como hacer la cama”, escribió el jurado que le otorgó el premio en ese entonces. En su obra el escritor hace un paralelismo entre Chile y Chicago –ciudad donde vive actualmente–, dos lugares remotos entre sí, pero que están conectados por la historia de manera irremediable.

Hijo de chilenos, Borzutzky tiene un profundo vínculo emocional y laboral con el país. A raíz de las movilizaciones en Chile, el poeta escribió una columna de opinión en el New York Times titulada “Chile está en peligro de repetir su pasado”, en alusión a la presencia de militares en la calle, el toque de queda y el actuar de Fuerzas Especiales de Carabineros. 

Actualmente trabaja en el departamento de Inglés y en el de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Illinois, Estados Unidos. Desde 2007, el escritor y traductor ha publicado cinco libros de poemas. 

En La performance de volverse humano se habla mucho del cuerpo como un ente ausente, o como uno ilegal. ¿Estamos hablando del cuerpo de un sujeto genérico que está siendo violentado?
—Sí, o sea el cuerpo como un cuerpo general, que no tiene nombre. Lo identifico como cuerpo porque representa una manera de pensar en tipos de cuerpos, tipos de personas que han sido abusadas por fuerzas del Estado o de una violencia general. 

La caravana de migrantes, a su paso por México. Créditos: Héctor Guerrero.

También se habla de las fronteras reales e imaginarias. ¿Qué representa la frontera para ti?
—Primero es una frontera literal, entonces muchos de los textos mencionan la frontera entre Estados Unidos y México. En ese sentido estoy interesado en temas relacionados al movimiento, pero también a la división y la manera en que las fronteras están totalmente politizadas, militarizadas y se han convertido en una zona casi de guerra, por lo menos en el libro. El libro también está interesado en fronteras más absurdas, por ejemplo, las fronteras entre los estados de Estados Unidos y en cómo una persona se identifica con el territorio en que vive. Las fronteras literales también son fronteras arbitrarias que crean divisiones arbitrarias. Entonces estoy interesado en la manera en que la frontera literal forma fronteras imaginarias que sirven para dividir gente y en el fondo destruyen naciones también.

Refugiado y migrante son conceptos clave en el libro. ¿Te parece que son palabras que están más presentes que nunca en comparación a un pasado inmediato?
—Sí, es una época de movimiento y de refugiados. Y en lugares como Chile, donde antes la gente emigraba de Chile, ahora están recibiendo a otros. Las maneras en que la gente se está moviendo también está cambiando. Lo que creo que está pasando ahora, empezando con Estados Unidos, es que hay un nacionalismo muy fuerte, incluso antes de la llegada de Donald Trump. Ese nacionalismo forma una política contra los refugiados, contra la tradición que existía antes de recibir a gente que lo necesitaba. Hay un movimiento global contra refugiados inmigrantes que tiene su base en la idea del nacionalismo y también un nacionalismo basado en la economía.

¿La construcción nacionalista de Estados Unidos desconoce su herencia pasada de un país que se crea precisamente por los inmigrantes?
—Sí, es una ficción total. Originariamente el sur de Estados Unidos era territorio mexicano. Hay un movimiento histórico pasado en las fronteras y las fronteras nunca fueron un lugar tan fijo. Hay una idea de que existe una manera legal para migrar. Los Estados Unidos tiene un discurso para diferenciar la migración legal y la migración ilegal. El problema con eso es que es casi imposible llegar y ser un ciudadano siendo un migrante legal, o sea la burocracia es tan difícil que puede demorar 20 años. Por otra parte, creo que es una manera de negar la historia del país y convertirlo en uno que no quiere aceptar a gente que no es blanca. Si fueran migrantes de Europa sería otra cosa, pero las personas que están llegando son migrantes que no se identifican como gente blanca o europea. Hay una tradición de racismo en Estados Unidos que existe desde que el país se formó.

Hay una presentación de mundo bastante desolado, donde todo está a punto de colapsar.
—Sí, es importante decir que desde el punto de vista del libro, lo que está pasando en Estados Unidos también está pasando en Sudamérica, Europa, en todo el mundo y al mismo tiempo. Pero sí, el libro da la idea de colapso económico perpetuo y lo pone en lugares locales, ciudades, y después en estados, países y a la larga en el mundo. 

¿Crees que ese colapso está pasando ahora a través del poder que ejerce la economía en la vida de las personas?
—De la naturaleza ya sabemos que hay un colapso mundial que está pasando ahora. En Estados Unidos –y por supuesto en Chile también–, el mundo público, los servicios públicos, la idea que el gobierno existe para ayudar al público ha colapsado y ha sido reemplazado con una política capitalista donde los que no pueden ganar dinero nunca podrán salir de esa situación de desventaja.

¿Cómo es la performance de volverse humano que señala el título?
—El título está basado en un cuento de Franz Kafka, que se llama Informe para una academia. Se trata de un mono africano que es capturado por humanos europeos y en el barco él decide que para sobrevivir tiene que convertirse en un ser humano y aprende a imitarlos, pero lo que imita es a la gente vulgar. Luego se convierte en una especie de científico que da vueltas por Europa dando discursos sobre su conversión. Finalmente, él termina siendo mucho más inteligente que los seres humanos que imitaba originalmente. Lo que me interesa de ese cuento es que tenemos la idea de que la humanidad es algo naturalmente bueno, pero yo estoy interesado en las maneras en que ser un ser humano es un estado de fusión de violencia, de abusos, de vulgaridad, que caracteriza a la modernidad al mismo tiempo.

Un gol del capitalismo es convertir el mundo en una serie de lugares que son iguales (…) La experiencia de consumir productos en un lugar no es tan distinto que hacerlo en otro.

¿Cómo se relaciona tu escritura con este país?
—Lo que pasa y ha pasado en Chile está muy conectado con Chicago, que es donde vivo, y con Estados Unidos en general. Me interesa mucho la idea de un intercambio entre Chile y Chicago que empieza en la dictadura y con los economistas que fueron formados en Chicago. Pero de lo que me di cuenta es que lo que pasó en Chile sirvió como un modelo de exportación para Estados Unidos a la larga. Cuando George Bush era presidente hablaba sobre la privatización de la seguridad social y él decía que Chile era un modelo de éxito, que por supuesto no es. También el movimiento de privatizar los colegios públicos, tema que Chile hizo antes y muchas de las ideas se vieron aquí a Chicago. Por otra parte, el que hecho que yo viva en Estados Unidos está totalmente basado en la política que ocurrió en Chile en la década de los 70. Mi formación personal está totalmente conectada con lo que pasó aquí. 

¿Qué significa en lo personal que el libro sea traducido y publicado en Chile?
—Es súper importante y emocionante que salga acá. Cuando empecé a escribirlo nunca lo imaginé, pero creo que abre un espacio para superar lo que significa las divisiones entre literatura. En Estados Unidos es común dividir la literatura estadounidense de la literatura latinoamericana. Es interesante pensar que mi identidad como escritor de los Estados Unidos y mi identidad como escritor chileno están muy mezcladas y que el libro sea publicado aquí es una prueba de eso. 

En La performance de volver humano se optó por chilenizar ciertas empresas estadounidenses que se mencionan. ¿Por qué?
—Con Galo Ghigliotto, traductor del libro, decidimos que era más aplicable para un público chileno si las cadenas pertenecían a Chile. Al final, un gol del capitalismo es convertir el mundo en una serie de lugares que son iguales.  Puedo comer en T.G.I. Fridays en Santiago  y en Chicago. La experiencia de consumir productos en un lugar no es tan distinto que hacerlo en otro.

En el lanzamiento, Megan McDowell señaló que el libro “son intentos de enfrentar la crueldad de nuestra época con respuestas absurdas”. ¿Te hace sentido esa observación? ¿Era la intención?
—Sí, suena bien. Al mismo tiempo, podemos decir que el libro enfrenta el absurdo de la realidad con respuestas realistas.

Créditos: Rodrigo Abd/Associated Press.

¿Qué te ha parecido el resurgimiento de la violación de los Derechos Humanos en Chile?
—Desde lejos, me he sentido muy triste y enojado. Por eso escribí el artículo. Cuando se publicó no habían muchas noticias acerca de la violencia estatal por parte de los policías y militares. Es horroroso, es una vergüenza. No me sorprende en el sentido que el capitalismo defiende sus propios intereses con brutalidad. Eso no es nada nuevo. Pero quizás me sorprendió un poco la manera en que el Gobierno de Chile era incapaz de entender cómo iba a responder el pueblo chileno a la violencia del Estado y a la violencia económica.

En tu columna homologas la represión policial con la que había en dictadura. ¿No hemos aprendido nada de nuestro pasado inmediato?
—Primero que todo, estoy hablando desde lejos y no estoy en la calle para verlo todo y no tengo el mismo sentido de experiencia y entendimiento que ustedes tienen. Las respuestas a la violencia de ahora son muy impresionantes: millones de personas organizándose, en cabildos, en programas de educación acerca de la nueva Constitución. Eso es obviamente una forma de progreso muy importante. Cuando hablo con amigos que están en Chile, ellos hablan de la violencia con tristeza, están enojados, pero al mismo tiempo los veo muy organizados de manera muy optimista. Eso me parece muy distinto. Durante los últimos 50 años las políticas económicas de la dictadura han estado afectando al pueblo chileno de una manera muy clara. Toda la política sobre educación, pensiones, salud, tiene sus raíces en la dictadura. De esa forma creo que el gobierno y la élite chilena no aprendieron mucho, y quizás pensaron que iban a poder controlar al pueblo con violencia. Pero también hay que señalar que lo que he pasado con los heridos oculares es algo de este momento, una atrocidad del presente, y que ahora la imagen de Chile al exterior va estar asociado con las imágenes de jóvenes con ojos tapados, heridos, cubierto en sangre. Tampoco aprendieron que hubo un cambio muy grande en cómo iba a responder la gente joven a la violencia, quizás ellos venían con la lógica de la dictadura. 

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Consuelo Olguín

Periodista UC de medios escritos. Ha trabajado en El Mercurio y en El Dínamo, transitando por las secciones de actualidad y cultura.

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