Entrevistas

Diamela Eltit: “El saqueo institucionalizado ha sido excesivo, en distintas formas”

Consuelo Olguín Por Consuelo Olguín

Desde los inicios de su escritura, la premio Nacional de Literatura ha dado visibilidad a voces marginadas socialmente, despojadas de sus derechos y secuestradas por el dominio de fuerzas institucionales. Con una mirada atenta a las demandas de la calle, la escritora reflexiona en torno las movilizaciones que protagoniza el país desde hace 28 días.

El último libro de Diamela Eltit pareciera ser un vaticinio. En Sumar (Seix Barral, 2018) un gran grupo de trabajadores ambulantes marchan hacia La Moneda para reclamar sus derechos sociales. Caminan, incansablemente, durante 370 días hasta llegar a su destino. Parte de eso se ha visto reflejado en la realidad de las últimas semanas. Miles de personas movilizadas, concentradas en distintos puntos del país reclamando por una vida digna.

Por estos días, para la escritora ha sido inevitable recordar una de las tantas intervenciones artísticas que hizo con el Colectivo Acciones de Arte (CADA). En 1983, en plena dictadura, una foto de la artista Lotty Rosenfeld donde sale rayando un muro seguiría plenamente vigente en la actualidad. “CADA  convoca no+”, decía la obra. Ahora ese No+ fue apropiado por la ciudadanía, quienes completan la frase con diferentes demandas. “Es un momento inédito. Es el resultado de una falla política. De la ruptura entre política y aparato social a lo largo de décadas”, dice la escritora sobre el llamado estallido social, que es más bien un despertar colectivo.

—A lo largo de su obra ha destacado la voz de seres que son marginados política, social y culturalmente. ¿Cree que su producción literaria registra parte de la desigualdad que se reclama hoy?
—Tengo un imaginario literario. Mi lugar de habla estético se ha mantenido en espacios considerados periféricos, es una escritura que no he programado. Sencillamente es el nudo que me impulsa a escribir. Por otra parte, ha sido fundamental pensar en los bordes porque paulatinamente y de manera sistemática, la elitización del sistema político dejó de mirar a más de la mitad de la población y la riqueza chilena los advirtió solo como consumidores pobres comprando su vida a crédito. No tuve cálculo alguno porque la mirada social no estaba en la dirección de mis libros. Escribí sabiendo eso con claridad.

—En Vaca sagrada (1991), Los vigilantes (1994), Impuesto a la carne (2010) está presente un ente que actúa como opresor en la vida íntima y privada de los protagonistas y modela sus relaciones interpersonales. ¿Estamos todos expuestos a esa opresión, en diferentes medidas?
—Los sistemas, desde mi perspectiva, operan desde diversos lugares para modelar y controlar a los sujetos. La familia, la ley, la educación, la religión no son inocentes, son aparatos de control más laxos o muy intensos. La tarea es entender esos controles y su dimensión.

La escritora, premio Nacional de Literatura 2018, Diamela Eltit. Créditos: Nadia Pérez.

—La escritora Rebecca Solnit dice que la caminata en sí mismo no ha cambiado el mundo, pero caminar juntos ha sido una herramienta y un fortalecimiento de la sociedad civil que puede hacerle frente a la violencia, al miedo y a la represión. ¿Cuál es su pensamiento respecto a marchar colectivamente?
—Bueno, en realidad, la marcha es una forma de expresión política de larga data, es histórica y alude a un colectivo y sus demandas. Es presión e impresión.

—Su libro Sumar habla de una gran marcha multitudinaria hacia La Moneda. En estos días, en Santiago, se ha marchado hacia el Palacio de Gobierno, la Escuela Militar, la Plaza Italia y también hacia el Costanera Center. ¿Cómo lee esos puntos de encuentro?
—Así es, los nombres de los protagonistas de la novela Sumar los tomé de dirigentes políticos que organizaron la primera marcha a La Moneda (con mayúscula) llamada la Marcha del Hambre, a principios del siglo XX. Esos nombres están relegados de la gran historia social. Quise trabajar aquello que es considerado minúsculo (como los vendedores ambulantes) pero que sin eso, nada es posible. Me resulta emocionante ver el paso de la ficción a la realidad. El grupo CADA desde el arte, hace ya 35 años, en 1983 a diez años del golpe de Estado, generó el rayado mural NO+. La idea en ese tiempo era que la ciudadanía completara ese lema con sus demandas. Hoy ese NO+, vigente, activo, político, le pertenece a la ciudadanía, pero salió de una acción de arte, de una conexión del arte con la sociedad. Yo pensé la novela desde el abandono y la desesperanza.

—Ya van 25 días de manifestaciones. ¿Podrían estas múltiples marchas y movilizaciones generar cambios estructurales en el país?
—Pienso que es un momento inédito. Es el resultado de una falla política. De la ruptura entre política y aparato social a lo largo de décadas dejando todo el espacio a la derecha para que cursara su pillaje ávido sobre el país. Es un estallido en el sentido más literal del término y no sé en qué terminará, pero si el gobierno fuese en verdad republicano, llamaría a un plebiscito. Pero existe una gran incertidumbre. Por otra parte, el Partido Socialista que forma parte del derrumbe debería repensarse enteramente. El Frente Amplio tiene que “hacer calle” para validarse.

—¿Qué podría hacer sucumbir este despertar colectivo?
—Lo que puede acallar el estallido sería un nuevo golpe de Estado o un autogolpe. Pero lo más sabio, lo más humano, lo único realmente a pensar es un  llamado a plebiscito y reformas urgentes en temas de salud, educación, jubilaciones entre otras necesidades. Pero por otra parte hay hasta ahora 23 personas muertas, cientos de heridos, miles de personas que han pasado por comisarías donde han sido maltratadas, mujeres ultrajadas, la declaración de guerra del Presidente, en fin, el llamado oblicuo e insensato que hizo la alcaldesa de Providencia a tomar las armas antes de salir corriendo. El panorama es denso.

—Una parte de la discusión sobre el estallido social se ha centrado en los saqueos, incendios y desmanes en la vía pública. ¿Es inevitable que sucedan estas cosas en un movimiento que surge espontáneamente y que no cuenta con la conducción de líderes?
—Efectivamente los saqueos pueblan la historia política mundial. Incluso no son penalizados. Desde luego lo que señalas de la ausencia de conducción política intensifica estos actos. Pero un estallido como el que está ocurriendo tiene esos componentes y es el gobierno el que tiene el poder para encauzar este momento y actuar llamando a un plebiscito.

Hoy ese NO+, vigente, activo, político, le pertenece a la ciudadanía.

—Las autoridades han hablado de volver a la normalidad. ¿Este remezón social es un punto de no retorno?
—En algún momento se va a volver a la normalidad, pero eso que entendemos por “normalidad” no debería ser para unos pocos millonarios ni para ciudadanos insensibles que no ven el agudo desastre que atraviesa a millones. La normalidad sería un país más justo. Habría que socavar el neoliberalismo que permite que todo sea regulado por el mercado. Eso no. Tiene que construirse un Estado de bienestar mediante impuestos consistentes, romper ese yo selfie neoliberal y cambiarlo por un “nosotros”.

—La prensa publicó que Carabineros hacía un seguimiento de ciertos líderes de movimientos sociales. ¿Cómo observa esa vigilancia soterrada? ¿En qué medida los líderes sociales son peligrosos para el poder?
—El seguimiento a líderes sociales vulnera sus derechos. Son estos líderes los que se han hecho cargo de diálogos con sus representados. Tienen toda la legitimidad para representar causas que son muchas porque el saqueo institucionalizado ha sido excesivo, en distintas formas. Estos líderes son poderosos para el poder, porque tienen el poder de sus bases. Eso es lo que los vuelve peligrosos.

—¿En qué pie quedan los políticos y los empresarios a su juicio?
—Los empresarios tienen que ser pensados como vampiros. Pensados en una unión estrecha o más que estrecha  con el poder político. La derecha política desde el Congreso trabajó y trabaja de manera abierta con los empresarios al punto que ese empresariado incluso escribió leyes que los favorecían. Por otra parte Chile escogió a un Presidente empresario que une dinero y poder político. La Democracia Cristiana devastó a la izquierda porque en definitiva votó siempre con la derecha y eso fue lo que hizo explosionar a la izquierda. Los líderes y representantes de izquierda en una porfiada alianza inconveniente fueron desgastándose y naturalizando el neoliberalismo por su compañía con la DC sin atender a la desigualdad, a la resta en las elecciones y a sus propios principios. Si bien el empresariado y la derecha cumplieron con sus tareas depredatorias, la izquierda (excluyo al PR y al PPD porque no sé qué son) perdió totalmente la representación de los problemas sociales del país.

Rayado en un muro urbano del CADA convocando a la acción No+. Créditos: Lotty Rosenfeld.
Compartir en: Facebook Twitter
Consuelo Olguín

Periodista UC de medios escritos. Ha trabajado en El Mercurio y en El Dínamo, transitando por las secciones de actualidad y cultura.

También te podría interesar