Elena Poirier, retrato de una artista feliz

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A los 14 años estaba aprendiendo de Coré y publicando sus primeras ilustraciones para El Peneca. Llenó portadas y con ellas, de paso, marcó a generaciones de niños. Autodidacta, aplicada y dueña de un exquisito mundo mágico, cumplió cada uno de los sueños que se propuso. Hasta sus últimos días, dibujando en su departamento en Roma, dejó un sendero por donde aún desfilan duendes, caracoles, castillos y princesas.

Lleva en su interior una huella que invariablemente la conduce por la felicidad. No sabe bien cómo llegó a su interior, pero nota que está. Sus dibujos son un reflejo fiel. Es más, sus ilustraciones son la felicidad misma, aunque el dramatismo asome en alguna imagen o se perfile la congoja en su vida. Hay algo en sus trazos, los colores, la textura que conducen a su infancia, sus primeros años en Gorbea, entonces una pequeña aldea de la Araucanía. De allí brota la inocencia y el candor, de cuando guardaba luciérnagas en cajas de fósforos para liberarlas en la noche al momento en que su madre le apagaba la luz. Ahí, tal vez, en la profunda naturaleza y su poderosa fantasía, surgen los primeros castillos, reinas e insectos. En ese ambiente, en su casa de la infancia, junto a su abuela francesa Louise Beau, que era otro refugio, surgieron las habilidades de Elena Poirier Fica (1921-1998).

Trasladarse a los siete años a Santiago fue un cambio radical, pero que abriría rumbos insospechados. Elena en la escuela no era una alumna ejemplar, y sus inclinaciones iban por el dibujo en desmedro de otras disciplinas. Sus profesores lo hacían saber en anotaciones, que provocaban el disgusto de su madre, para quien las imágenes que pululaban en los márgenes de los cuadernos eran tan sólo “monos inútiles”.

La artista sentada en su mesa de creación, junto a sus materiales y su característica sonrisa.

Parece un cuento, pero un día el padre de una de sus compañeras de curso casualmente vio uno de sus dibujos. Le llamó la atención y lo llevó hasta la editorial donde trabajaba, presentándoselo a su amigo Mario Silva Ossa. El ilustrador de El Peneca, más conocido como Coré, quiso conocer a la adolescente. Con 14 años, y a pesar de las aprensiones de la madre, la joven Elena comenzó a colaborar en la revista que con tanto gusto leía de niña en su tierra natal y que por años fue la más leída del país.

Fue una escuela insuperable, donde pudo aprender de los grandes ilustradores de la época y adquirir con el oficio un estilo propio, ecologista, como lo han llamado algunos críticos, desprovistos de violencia y en permanente contacto con esa veta alegre, juguetona. Al cumplir 18 años y movida por consejos de su maestro, la artista autodidacta, se inscribe como alumna libre de la Escuela de Bellas Artes. Su nombre comienza a circular en las revistas Margarita, Simbad, Eva, El Cabrito, ilustrando sus portadas con témperas y acuarelas, empleando los colores primarios y los tonos pasteles. De esos ambientes tiernos y poéticos que lograba, dan cuenta también los libros de Zig-Zag y los de editorial Rapa Nui.

A fines de la década del cuarenta, Elena presiente que su destino está en el viejo continente. Por ello, coherente con su rigurosa formación, toma cursos de literatura hispanoamericana y poesía chilena, y poco después estudia durante cuatro años italiano y francés. Para solventar sus estudios, y también como una forma de explorar nuevos lenguajes artísticos, ingresa a la escena teatral confeccionando vestuarios para obras del naciente Teatro Experimental de la Universidad de Chile.

Ilustración de Elena Poirier para el aniversario 49 de El Peneca.

Sus ánimos migratorios se incrementan cuando en 1948 muere su padre, el bastión y apoyo desde un comienzo, y en 1950 Coré, quien le abrió las puertas al mundo de la ilustración. Son dos golpes fuertes para la artista, quien debe asumirse como la sucesora natural del gran dibujante. Para apoyarla está la directora de El Pencea, Elvira Santa Cruz Ossa, más conocida como Roxane, una talentosa mujer liberal y activistas del voto femenino.

En febrero de 1957 Elena cumplía su sueño de viajar a Europa, acompañada de sus duendes, quienes le “ayudan” –según cuenta Alicia Morel, escritora con quien compartió obras literarias y una amistad de más de 30 años- a pasar las zozobras económicas. En el Instituto  de la Cultura Hispánica, en Madrid, realiza su primera exposición individual. Y en las calles españolas también circulan sus creaciones, las que cambió por algunas pesetas para viajar por Marruecos, Egipto, Turquía y Grecia, desde donde envío numerosas crónicas a Chile. Tal vez producto de esta trashumancia nacen personajes como Polita, una heroína infantil del mundo doméstico, que habla con códigos de la época y viaja, siempre viaja.

Así, la ilustradora se muda a Perugia, Italia, donde estudia historia del arte en la Universitá Per Stranieri, para luego afincarse definitivamente en Roma, la ciudad de sus amores. Vivía en una buhardilla, con trabajos precarios, siempre discutiendo con editores tacaños que poco valoraban su trabajo y, a pesar de todo, jamás perdía su buen ánimo. Había un don, parte quizás de una prosapia familiar, que la hacía resistir: a los fríos, a la incomodidad, a la incertidumbre.

A tiempo justo llegó la Iniziativa Editoriale, que publicaba revistas infantiles, como Miao. Desde su cocina, donde caía una luz inmejorable, ilustraba para sus páginas chinitas, sirenas, flores, molineros. En ese lugar nació el personaje Coccinella (Chinita), que tanto encantó a los niños italianos. A ella misma la sorprendía haber vivido más de 30 años en la península itálica, manteniéndose sólo con sus ilustraciones. Es que Elena Poirier vivía por sus fantasías y sueños. Por eso, nunca se dio cuenta de su enfermedad al pulmón, que terminó con su vida fulminantemente. Ella se hizo un nombre en Europa, marcó a varias generaciones de niños chilenos. Nunca se casó ni tuvo hijos. Sin ser una feminista declarada, fue una mujer exorbitante. “Genial artista de corazón de niña”, decía un fragmento de una carta enviada por su amiga, Alicia Morel; el mismo que está esculpido en su lápida en el cementerio Rocca di Papa.

Autor: Germán Gautier (36 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Tiene una pasión por las revistas que desaparecen, donde ha escrito sobre viajes, conservación ambiental y cultura.


Un comentario para “Elena Poirier, retrato de una artista feliz

  1. olaya sanfuentes

    Muy bonito reportaje. Lleno de optimismo y proporciona ideas, información e imágenes. ¿sabrán algo más de la exposición en Madrid? Se agradecen comentarios.

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