¿Cómo una ingeniera industrial y un sicólogo se convierten en escritores, editores y, sobre todo, en lectores? Es una de las primeras preguntas que les formulo a Soledad Urquía y Santiago La Rosa, las dos mentes y las cuatro manos que están detrás de la editorial argentina Chai. En la respuesta no hay una persona en particular que les haya fomentado el hábito de la lectura, sino más bien el descubrimiento solitario de un lugar que podía ser consuelo, refugio y al mismo tiempo, alegría. Y en ese camino fueron centrales las editoriales. Hicieron de Anagrama, Mansalva, Sexto Piso y, otras tantas, su propio canon.
La idea de formar la editorial surgió cuando se trasladaron a vivir desde Buenos Aires a San Javier, en la provincia de Córdoba. Fue, sobre todo, la forma de inventarse un trabajo a partir de algo central en sus vidas: leer. Tanto Soledad como Santiago, además, son escritores y han publicado dos novelas cada uno: Mamá India (2016) y La luz y la montaña (2021); Australia (2014) y La otra hija (2021) respectivamente. Son personas que, todo el tiempo, hablan, piensan y discuten de libros con sus amigos ―entre ellos el escritor Federico Falco que está a cargo de la sección de cuentos de Chai― sin una formación ni pretensión académica sino sólo por el gusto y el placer.
Todo esto se ha reflejado no solo en una curadoría de “joyitas” para los lectores sino también en ediciones que tienen una marcada identidad y que resaltan en las librerías. El diseño estuvo a cargo del estudio Lamas Burgariotti y las portadas de distintos colores siempre tienen una fotografía central de algún artista joven emergente argentino.
Elegir desde el placer de la lectura les ha dado resultados. Empezaron con autores desconocidos como Amy Fuselman (Ocho) y un libro de cuentos que había sido rechazado por muchas editoriales y que se convirtió en un su primer éxito: Tiempo sin lluvia, de Cynan Jones. Luego vino ¿Hay alguien ahí?, de Peter Orner. Lo publicaron y el éxito fue rotundo. Ni Peter Orner, que estuvo en Argentina y en Chile, podía creer que su libro tuviese tantos adeptos y llenó salas en ambos países y firmó libros sin parar.

¿Cómo partieron en el camino de la lectura?
Soledad: En mi caso particular fue bastante intuitivo. En mi casa había algunos libros, pero no había una gran biblioteca. No vengo de una familia particularmente lectora; si bien tengo una mamá que es docente. Sin embargo, leía desde muy pequeña. Además, vivía en un pueblo chico donde no había librerías y cada vez que íbamos a una ciudad me agarraba un poco la desesperación por comprar algunos libros. Por mucho tiempo fue un hábito bastante en solitario. Pero justo pensaba cómo una editorial te puede ir formando, por ejemplo, Anagrama. Yo no sabía mucho, pero sentía que por ahí iba bien. Después conocí a muchas argentinas como Entropía, Mansalva y otras.
Santiago: Empecé a leer historietas y de ahí salté a las novelas. En mi casa tampoco se leía demasiado; no tuve un librero o un abuelo que me recomendaran libros y pienso en la siguiente tesis: para mí las editoriales ocuparon ese lugar y fueron un modo de investigar. Y creo que eso es lo que terminamos haciendo: una editorial que propone una curadoría y una serie de recomendaciones; hasta incluso un diálogo silencioso donde los lectores confían en el catálogo, quizás como nosotros lo hacíamos. Para personas que, de algún modo u otro, son solitarias, las editoriales son una primera forma de encontrar un camino lector. En mis tiempos no había ni Goodreads ni redes sociales. Leía algunas reseñas literarias en los medios, pero más que nada investigaba y reconocía.
Hasta el momento han traducido al español desde el inglés, francés y el alemán. ¿En qué idioma leen y cómo aprendieron otra lengua?
Santiago: Leemos en inglés principalmente. El libro en japonés que sale ahora lo leímos en inglés, así como también a la escritora francesa Nathalie Léger. Básicamente aprendí leyendo. Lo que sé de inglés es más por mis lecturas que de escuelas de idiomas.
Soledad: A mí me insistieron mucho en casa que aprendiera inglés y también viví afuera lo que me hizo tener que hablarlo. Es raro lo que voy a decir: a mí no me gusta tanto leer en inglés a diferencia de Santiago. Prefiero leer traducciones, siento que descansa el cerebro de otra forma. Por eso me parece valioso el trabajo de la traducción. A veces estoy leyendo y me pregunto por qué tradujeron una frase de tal manera y me dan ganas de ver el original para saber por qué tomaron esa decisión.

¿Cómo eligen a los traductores?
Soledad: Los traductores son muy importantes para nosotros. Hay una reescritura casi total y te puede llegar a cambiar la experiencia de la lectura. Por eso tratamos de que sean traductores literarios o escritores y escritoras. Tenemos un autor que por distintas razones fue traducido por tres personas diferentes y las tres son realmente muy buenas, pero son muy distintas y eso es muy loco. Hay algo en el tono que cambia y es obvio que algo del traductor aparece en el libro.
Santiago: Somos muy meticulosos con las traducciones y ponemos mucho cuidado. Nos pasó rechazar dos traducciones y retraducir.
Han dicho muchas veces que pensaron la editorial como una conversación sobre literatura. ¿De qué les gusta conversar? ¿De qué conversan justamente ahora?
Soledad: Al menos yo sobre el sentido de leer y escribir que es cada vez más raro. Son muchas las distracciones y los estímulos que te sacan de la lectura. Me pregunto cuál es el lugar de la lectura y la escritura en ese contexto. En este momento estoy leyendo y pensando mucho en la escritura de diarios, puntualmente diarios de escritoras, como May Sarton. También me pregunto por lo contemporáneo. Me parece que uno de los autores más interesantes que tenemos es Brandon Taylor (Pequeñas bestias) porque plantea cómo nos vinculamos, qué hacemos con esta angustia ―no quiero decir generalizada― que muchas personas sienten. Me parece que él retrata algo de la época que yo no había leído antes de forma tan precisa.
Santiago: Hablamos mucho entre nosotros y con amigos sobre el lugar de la lectura, las posibilidades que tiene, qué autores se pueden seguir leyendo ―más allá de si son buenos o malos― cómo se leen, qué otros no. Por qué se redescubre cierta línea de la literatura y otras se pierden.
Soledad: May Sarton, por cierto. Se murió en los noventa y se publica ahora. Una chica de la editorial que la publica (Gallo Nero) me contó que le iba muy bien a sus libros. Mi pregunta es por qué nos parece nuevo algo que claramente no lo es.
Santiago: Yo, por ejemplo, releo mucho. Ahí pienso por qué hay libros a los que vuelvo y a otros, no. Hablamos con muchos editores y amigos antes de hacer la editorial y me acuerdo de que alguno me dijo que iba a tener que competir con Netflix, que en esa época empezaba a ganar cada vez más adeptos. Y hoy, esa plataforma es el menor de los rivales. Hay estímulos muchos más potentes e intensos. Y me parece que entender la época es fundamental para publicar libros para la época.
Vi en el Instagram de Soledad una publicación que decía que los libros no son un producto como cualquier otro, que no son una mercancía más. Sin embargo, para otros sí son productos comerciales y muchos editores defienden los éxitos de ventas diciendo que justamente son los que dejan un espacio para los que son más “literarios” que no son siempre son tan masivos. ¿Qué opinan de este debate?
Soledad: Para mí hay dos tipos de libros: los que plantean preguntas y otros, respuestas. Nosotros publicamos los primeros. Entiendo que los que den respuesta del tipo cómo hay que vivir o cómo ser feliz, generen un interés mayor de compra y no me parece mal. Pero no tiene nada que ver con lo que nosotros hacemos. La idea de Chai es pensar lo contemporáneo, la sensibilidad de la época, los vínculos.
Santiago: También fue un trabajo muy grande entender nuestro público. Primero, es pequeño y segundo, está difuminado por varios países. Creo que no tenemos ningún deseo de masividad. El proyecto estuvo pensado comercialmente desde tener el potencial de estar en varios países de forma pequeña. Y tenemos una estructura muy austera. Somos dos personas con dos computadoras. Me parece que lo importante en Chai es la coherencia de los elementos y en las posibilidades. Leemos mucho para elegir un libro. Hay veces en que nos desesperamos al no encontrar cosas que nos gusten y ahí está el enorme desafío como editores de no contratar en lo que no creemos o que pensamos que le van a ir bien comercialmente.

Los dos son escritores y ahora, editores. Alguna vez Elena Poniatowska le preguntó al escritor Juan Rulfo qué sentía al escribir y el autor mexicano le respondió: “remordimientos”. ¿Qué sienten ustedes al escribir? ¿Prefieren editar o escribir?
Soledad: Es difícil la pregunta si prefiero uno o lo otro porque de alguna manera son movimientos que se llevan muy bien. Para mí la edición tiene ciertas ventajas ―por decirlo de alguna manera―: uno puede tener cierta constancia, hay que hacer algo y se hace. Con la escritura hay que dar con el tono y requiere un estado de ánimo y un contexto más particular. A mí escribir me da mucha alegría, nada de remordimiento. Siento que en algún punto es algo tan innecesario que, si no lo hago con alegría, mejor no lo hago.
Santiago: La sensación es que la edición es mi trabajo: ordena los días, las tareas, y el dinero. Las publicaciones de Chai tienen una periodicidad y hay un cronograma: un tiempo de leer originales, de elegirlos, de trabajar traducciones y leer maquetas, de la salida al libro y su trabajo comercial. Es más sencillo pensarlo como lo que organiza mis tiempos y días. La escritura, en cambio, tiene algo más lúdico y lo disfruto mucho, más allá de las dificultades que me plantea, no hay plazos y en esa soledad de la escritura solo yo decido cuando se da a leer y todo lo que sigue hasta que el libro existe.

