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Entrevistas

Cynthia Rimsky, escritora: «El arte también puede ser una forma de mirar, una forma de vivir con los demás»

Carolina Illino Por Carolina Illino

La escritora, que acaba de obtener el premio Mejores Obras Literarias en la categoría novela con su libro «Yomurí» (PRH, 2022), nos contó cómo sus trabajos se han alejado del pensamiento para trabajar en algo nuevo desde la experiencia, los objetos, la imaginación y el lenguaje.

«Es un libro en el cual hice varios cambios de escritura así que me parece muy bien que eso se reconozca», comenta sobre el premio por esta aventura que se demoró doce años en terminar. «No encontraba el tono, entonces paraba, la desechaba, probaba algo. Así, hasta que al final, los últimos dos años pisé el acelerador, había encontrado el tono y fue grato». Aunque había viajado muchísimo, la experiencia de vivir en otro país (primero en Buenos Aires y ahora en un pequeño pueblo de Argentina) la ha llevado a descubrir estos cambios en su escritura.

Leí que esta es la vez que más has escrito sin un plan. ¿Cómo pasó?

Cuando me fui a Argentina. Ahí empecé a cachar que tenía más libertad para escribir, no sé por qué. Salirte de tu país te da esta idea de ser como anacional: como amoral, anacional. No sé, te da una libertad para decir o pensar o proponer cosas que quizás en otro momento hubiera sido más complicado de lidiar con mi consciencia.

¿Eso hizo que la misma experiencia de escribir fuera muy diferente a las anteriores?

Sí, mucho más grata, claro, porque yo cuando chica leía novelas de aventuras, esa era mi onda. Después estuve metida en la lucha contra Pinochet y eso fue condicionando la cabeza, la relación entre la literatura y ese compromiso político, que me parece que ya no existe, eso lo fui dejando atrás y entendiendo que la literatura tiene otras maneras de abordar las cosas, a partir del trabajo con el lenguaje. Esta idea de escribir y lo que salga es muy bonita, muy entretenida. Creo que en el lector también siente que va contigo descubriendo la novela, que no es una novela donde el escritor sabe lo que va a pasar con tanta certeza. Disfruté mucho esa idea de la imaginación, que se te vayan ocurriendo cosas. Me parecía muy lindo.

Esta novela la empezaste borrando las primeras cincuenta páginas que escribiste. Por ahí leí que decías que lo que borras también se queda.

Es raro porque tú imaginas una situación a medida que vas escribiendo, pero el lenguaje para mí es un ente independiente, es como un cuerpo que está contigo, pero hay cosas que no resiste el lenguaje, entonces va transformando esa situación. La inspiración no me dicta, es un trabajo que haces con el lenguaje, una pelea, a veces una complicidad, esa situación que es tan así de acción se va transformando en un trabajo más artesanal del lenguaje, como un joyero que ya va puliendo. En ese trabajo la situación va cambiando, entonces van apareciendo distintas aristas en una situación que era tan simple. Eso es lo lindo del trabajo con el lenguaje, que es distinto al trabajo con el pensamiento, cuando se te ocurre la idea.

«Yomurí» narra el viaje de una hija y un padre que se niega a ser recluido en un asilo. Créditos: María Aramburú.

Has dicho que en este libro estabas más en el texto que en la mente. ¿Cómo se hace eso?

Siempre quise ser escritora, publiqué a los cuarenta años mi primer libro, Poste restante (Editorial Sudamericana, 2021) y escribo desde los trece, pero era súper mental, entonces cuando escribía como que no decía nada. Cuando hice el quiebre y pude escribir es cuando me di cuenta de que la escritura es algo material: son letras, son palabras, que van cambiando, que tienen una historia. Deja de ser una escritura realista, es más alegórica.

En Yomurí hay varios temas que pueden ser leídos como políticamente contingentes; desde los cuidados que tiene que hacer una mujer con su padre mayor, hasta las reivindicaciones de los pueblos originarios. ¿Es intencional o te sorprendiste a ti misma con que aparecieran?

Me puse a pensar en esa cosa políticamente correcta que uno tiene con las causas: te quedas súper tranquilo porque apoyas la causa mapuche pero no te mueves un centímetro de tu confort, entonces esa idea me quedó dando vueltas: qué hace uno por las causas en las que cree, cuánto se mueve, y también cómo te relacionarías si te movieras. Si fueras a una toma: ¿qué pasa? Ellos te aceptan, no te aceptan, ¿cómo te sentirías? ¿Qué papel ocupa, qué te iría pasando? Y la otra cosa era que me puse a ver videos de tomas de terreno y lo único que muestran es la represión. Entonces me pregunté: pero si la gente está seis meses, un año, dos años, ¿qué hace allá adentro? Bueno, te tienes que enamorar, decepcionar, pelear, tienes que tener amistades, eso es lo que nunca se cuenta, entonces dije: ahí está. En esta trilogía de El futuro es un lugar extraño (PRH, 2016), La revolución a dedo (PRH, 2020) y Yomurí es lo que la historia nunca cuenta, ir a lo cotidiano-cotidiano sin importancia, a los espacios de no-poder. En esos mismos videos de represión, cuando entraba la policía, me llamó la atención una cosa de la que habla Ruiz: que las cosas no pasan como en las películas norteamericanas, entonces todo era lento, un disparo por acá, otro por allá, duraba un buen rato… y entre medio cantaba un pajarito.

Al pensar en destruir las imágenes norteamericanas que uno tiene de cómo suceden las cosas también aparecieron la película Cautiverio feliz de Cristián Sánchez (basada en el libro Francisco Nuñez de Pineda y Bascuñán): «mostraba al pueblo mapuche con un humor, con una capacidad de filosofía tremenda, con uno diálogos increíbles; en Argentina está esa tradición de Mancilla, Una excursión a los indios ranqueles, un tipo que entra que quiere conocer una receta de cocina, y después Aira toma eso en La liebre, que es una maravilla. Acá siempre es todo simplificado: los indios hablan solo de que tienen que recuperar la tierra o de la represión, pero no, son seres humanos completos. Entonces esa era mi idea, trabajar eso».

Hablaste de cómo uno se hace cargo de los temas de los que uno supuestamente cree. ¿Cómo lo haces tú?

He pasado por todas. Estuve muy comprometida políticamente, pero siempre tuve como un problema, que era que veía que por ejemplo teníamos una reunión de célula clandestina de 3 horas, 2 horas y 3/4 eran para discutir ideología y en los últimos 15 minutos nos acordábamos de que teníamos que hacer alguna actividad, entonces veía que había una supremacía de la ideología por sobre la experiencia y eso siempre me causó mucha inquietud. Por eso quise ir a conocer una revolución, para saber cómo era materialmente. Entonces cuando empecé a escribir, descubrí que lo que quería investigar era justamente el lado de la experiencia, construir experiencia, que las ideologías o las ideas nazcan de la experiencia, o haya una relación fluida entre la experiencia y el pensamiento, y no que el pensamiento tenga supremacía.

¿Eso tiene que ver tú crees con esto de escribir no tanto con la mente? ¿Tu relación con el lenguaje y el texto también es una forma de experiencia?

Sí y, por ejemplo, mis libros están llenos de objetos. Están llenos de materialidades, lo que comen, lo que cocinan, cómo caminan, de todos esos pequeños detalles. Mis personajes generalmente no tienen nombre, tienen el nombre de su oficio: el plomero. Y eso, cómo se relacionan con su oficio, por ejemplo, me interesa mucho. Yo a mis estudiantes les digo: ¿cómo baja cada uno una escalera? Cada uno baja la escalera de una manera distinta, entonces tú observas y ahí hay algo que se produce en la relación entre la escalera y la persona, y lo que yo hago es pensar esa relación, te aparecen un montón de cosas.

¿Cómo definirías qué es lo que es ser una veedora? Que era este rol que le daban a Eliza en Yomurí.

El libro está lleno de chistes contra mí. Todas las críticas y las reseñas hablan de que tengo una mirada, entonces era un chiste de que la mirada tampoco es todo, también engaña. Entonces ponerla a ella como veedora también era una ironía respecto a mí misma.

Lo de los objetos ha sido una constante en tu literatura, a pesar del paso de lo más racional a la imaginación.

Sí, los objetos me salvaron, porque era tan mental. Leí un libro de viajes de Walter Benjamin y entonces él el viaje lo divide así: higos, porsche, la vidente, y cuenta de los lugares a partir de los objetos. Rocas, fachadas. Me parecía alucinante, y entonces empecé a educar mi mirada en ese sentido: partir de lo material.

En Yomurí la chaqueta de cuero tiene un superpoder en el papá y en Eliza, ¿te parece algo solo literario o hay cosas o prendas en la vida que sientes que te dan algo de eso?

Sí, yo tengo una campera de cuero con la que me fui en el viaje de Poste restante y unos bototos que eran Hush Puppies, que nunca más hubieron, que tenían la punta cuadrada, y me paraba y me sentía Superman, como que me daba valor. Y de repente tuve esa imagen, volví a esa imagen y quise esa sensación de una armadura, pero moderna.

¿Qué fue de esos bototos y esa chaqueta?

Los bototos se rompieron y la campera estaba en Ucrania y hacía un calor de la puta madre y la campera pesaba diez kilos y de repente conocí a una gringa aventurera que tenía miedo de viajar y le dije: toma. Y nunca supe quién era, nada, no me acuerdo, no supe cómo se llamaba, no sé qué habría sido de ella.

¿El arte tú lo ves como una dimensión paralela al mundo o como parte?

Hay una cosa muy bonita en el diario de Raúl Ruiz; que hay una forma de vivir artísticamente, y más bien hay una forma creativa de vivir, entonces él cuando iba a comprar las trufas también era una forma de hacer arte. O cuando iba a tomar trago, cuando se encerraba en el baño a escribir estos guiones improvisados. O sea, creo que el arte también puede ser una forma de mirar, una forma de vivir con los demás, que es vivir con la creatividad y no con el convencionalismo.

¿Sientes así tu forma de vivir?

Es lo que trato. De hecho, hice un experimento ahora en marzo, me fui a Colombia y dije: no voy a escribir. No voy a llevar el computador, nada, pesqué una mochila como antes y no escribí. Sin embargo, me entretenía mucho, salía a caminar y miraba como si estuviera escribiendo una novela. Ahí me di cuenta de que había algo, como que había una mirada creativa. Por ejemplo, llegué a un lugar de la carretera donde el camino era tan bajo que pasaba un río, entonces me tenía que sacar los zapatos, los calcetines, los bototos. En un momento, veo que se para ahí una moto y empieza a lavar la moto y tenía un escobillón y un trapo. Luego, la moto se va y llega otra, con una señora y su hijita, se para en el mismo lugar, va a una roca, saca el pedacito de escobillón y el trapito, y lava su moto y después lo deja ahí. Y yo solamente me di cuenta porque escribo, creo que si no, hubiera seguido de largo, pero me dio curiosidad eso, de dónde sale el escobillón y el trapo, y me quedé hasta dilucidar ese pequeño misterio. Me parece que eso, en un país donde lo que uno conoce es tan violento, me pareció que era una cosa de comunidad completa, era puro comunitarismo. Creo que eso ya es una manera de ser escritora no escribiendo. Es como dejar descansar las imágenes para que te propongan sentidos distintos de los que viviste. Que aparezcan sentidos distintos.

¿Tienes buena memoria?

No, pésima.

¿Y pensabas en que esas cosas se te iban a olvidar, o no tienes esa preocupación?

Quiero que se me olviden y que solamente surjan las que tienen que surgir. Cuando estaba toda esta cosa de la escritura de la memoria, para mí es la escritura del olvido; o sea, creo que la memoria fosiliza en algún punto, en cambio el olvido permite que las cosas vuelvan desde otro lugar, desde un lugar no oficial. Porque la memoria tiene ese problema, es necesaria, pero constituye algo oficial. Me acuerdo cuando escribí El futuro es un lugar extraño, que es como sobre la post transición, y lo que quería era en algún minuto llegar a reconstruir una escena de cómo se vivía en los años ochenta, pero que el lector o la lectora lo sintiera, que estuviera ahí. No quería que fuera información, sino que sintiera el olor.

Me acuerdo que esas noches de protesta uno estaba en el centro, corría como un viento y las calles se empezaban a poner cada vez más desiertas y dejaban de pasar micros porque todos tenían miedo porque entraba la tarde, iban a empezar las barricadas entonces el centro de Santiago se empezaba a vaciar como a las tres de la tarde, la gente se iba de las oficinas porque todos sabían que iba a haber protesta ese día. Y esa sensación como de caminar por al medio de la Alameda, sin micros y había una brisa, la típica brisa santiaguina, yo quería eso. No la información de la protesta. Estar ahí, volver a estar ahí, incluso para mí. Y bueno, ahí hay mucho de invención en pos de construir eso que tú cuentas. Porque tú tienes la sensación, pero no tienes los elementos materiales, no te acuerdas, pero entonces es como ficcionar, pero para crear esa sensación que sí tiene.

Cynthia Rimsky acaba de obtener el premio Mejores Obras Literarias en la categoría novela con su libro «Yomurí» (PRH, 2022). Créditos: lanacion.com.ar
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Carolina Illino

Periodista con experiencia en instituciones culturales y medios de comunicación impresos y digitales. A través de los nuevos formatos, se empeña en revivir maneras analógicas de conectarnos.

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