Un editor es un inventor de libros, consideraba el ilustrador Gabriel Pacheco. La definición es muy precisa para explicar el trabajo de Sebastián García, editor y director de arte de Libros del Zorro Rojo, una editorial irrenunciable para los interesados en las obras ilustradas. Zorro Rojo ha tomado textos canónicos de la literatura universal y les ha dado una nueva mirada con ilustraciones de reconocidos artistas actuales. Algunas de sus creaciones: Caza de conejos, de Mario Levrero, ilustrado por Sonia Pulido; Drácula, de Bram Stoker, ilustrado por Luis Scafati; y Reunión, de Julio Cortázar, ilustrado por Enrique Breccia.
Sebastián García Schnetzer, junto a Fernando García, fundó Libros del Zorro Rojo el año 2004, en Barcelona. Sólo 8 años después, el 2011, el sello recibió el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial en España por su trayectoria. De paso en Chile, invitado por Festilus, explica Sebastián García sobre el origen de Zorro Rojo: “Siempre pensamos en libros ilustrados, era un campo que no estaba explotado. Nosotros somos argentinos y en Argentina hubo una generación muy particular de dibujantes, como Luis Scafatti, José Muñoz, Carlos Nine y Enrique Breccia; quienes también ilustraron libros, algo que no era tan común. De hecho, cuando llegamos a España el libro ilustrado para jóvenes casi no existía. La literatura juvenil estaba muy condicionada a la secundaria; estaba lejos de ser un trabajo artístico. Estaba lejos, por lo menos, de los libros que queríamos hacer nosotros, algo que venía del reflejo de haber leído El matadero —escrito por Esteban Echeverría en el siglo XIX e ilustrado por Breccia en 1984— y otras obras que se habían desarrollado en la Argentina en una generación dorada de artistas”.
En España la literatura juvenil estaba muy condicionada a la secundaria; estaba lejos de ser un trabajo artístico
Zorro Rojo divide su catálogo en dos: Infantil y Jóvenes/Adultos. En ambos realizan un trabajo de “invención” de libros (es decir, de seleccionar un artista para que ilustre determinado texto), además de uno de reedición. Han publicado en español a autores clásicos de la literatura infantil, entre ellos Wanda Gág y Tomi Ungerer, además de autores emergentes como Einar Turkowski. En el caso del catálogo adulto, han publicado a Edward Gorey y han reeditado, entre otras, las obras Fausto, de Goethe, ilustrado en 1925 por Harry Clarke; además de El principe feliz y otros cuentos, que ilustró en 1888, para la editorial David Nutt, Walter Crane y Jacomb Hood.
Sebastián García suele buscar para ilustrar sus proyectos a creadores de larga trayectoria, los que pueden trabajar con distintas técnicas. Ha hecho libros con escultores, grabadores, acuarelistas y pintores al óleo. Definir como ilustrador, por tanto, a quien llama para sus proyectos, no le parece adecuado: “La palabra ilustrador es demasiado acotada. Iluminar un libro excede la técnica, es más amplio. Los definiría como artistas que interpretan una obra”.
—Gran parte de sus libros son proyectos propios. Ustedes deciden ilustrar textos de autores como Julio Cortázar, Kafka o Lovecraft ¿Cómo logran identificar una obra que puede convertirse en un libro ilustrado?

Cada vez que hemos leído algún texto que nos ha parecido que puede transformarse en una buena obra ilustrada, lo hemos hecho. Ahora, por ejemplo, estamos terminando un libro que hace tiempo queríamos hacer, que es El señor de las moscas, de William Goldin. Es un libro épico, maravilloso, que lo está ilustrando Jorge González. Y ese es un libro que se podía ilustrar; la pregunta era quién. Lo mismo era con Poe, Lovecraft o cuando hicimos Drácula. Hay muchísimo libros para ilustrar. Descubrirlos tiene que ver con uno, qué va leyendo y qué títulos te van pareciendo interesantes.
No todos los libros pueden ser ilustrados. O no tienen la necesidad. Creo que hay obras que permiten la ilustración porque tienen cierta energía que uno intuye que al sumar un intérprete permitiría una obra diferente, con otras posibilidades.
—Y una vez que deciden qué textos publicar, ¿cómo identifican al ilustrador apropiado?
Y eso es magia. Es un poco conocimiento de los artistas que andan dando vueltas por el planeta. Hay mucho trabajo de búsqueda. Y cierta intuición y decisión. Hay algo importante en nuestros libros, que es el denominador común de todas las obras: intentamos las mejores combinaciones posibles. Obras hay muchas e ilustradores hay muchos. La combinación virtuosa de dos artistas es lo que de alguna manera define una obra por sobre otra, lo que le da singularidad, luz propia. En ese sentido, no todos los textos e ilustradores son combinables entre sí, hay geometrías diferentes que cuando se combinan generan una nueva geometría particular. Si esa combinación es poderosa, la obra se ilumina. Si eso sucede, entendemos que la obra es perdurable. Eso es lo que uno busca, libros que atraviesen generaciones; si no, es papel pintado.
Buscamos hacer libros que atraviesen generaciones; si no, es papel pintado.
—¿Cuál es la labor del editor en este proceso?
Es un coordinador, un seleccionador. Nosotros trabajamos con artistas de larga trayectoria, por lo cual nuestra intervención es inicial, es explicar bien el tipo de libro que uno puede lograr. Pero artistas de la categoría de Isidro Ferrer, con el que hicimos el libro Los sueños de Helena, de Eduardo Galeano, son artistas que conectan muy rápidamente, que ya están por encima de la obra. Es decir, básicamente nuestro trabajo es de coordinación. Hay casos en el que el trabajo muta, se desvía y va a lugares extraños, que muchas veces son interesantes. Cuando uno empieza un libro no tiene certeza de dónde va a terminar. Uno imagina qué es lo que pretende, pero las sorpresas son muy valiosas.
—¿Puede el editor ayudar a que está combinación autor-ilustrador sea exitosa?

Con Carlos Nine, por ejemplo, tenemos una relación amistosa. Hemos puesto a su consideración qué títulos les gustaría a él intervenir. Barbazul surgió de un diálogo conjunto, hablando de asesinatos, de la violencia machista y de la pintura francesa. Entonces, la génesis del libro es un diálogo amistoso, no una decisión rigurosa. Aunque en el caso de Barbazul, sí habíamos desarrollado antes un rescate clásico, con Hansel y Gretel ilustrado por Lorenzo Matoti, y nos interesaba seguir desarrollando esa línea.
Sí es más fácil relacionarse con un ilustrador al que le apasiona el texto que va a ilustrar. Creo que eso garantiza coherencia en el libro. No creo en libros donde el artista que interviene no guste de la obra en la que haya trabajado. No creo que el resultado sea bueno. Puede ser vistoso y efectista; pero cuando el artista que interviene el texto se apropia de ese texto, la obra es otra cosa. Cuando le presentamos un proyecto a alguien y notamos que no tenemos una respuesta rápida del texto, nos ponemos intranquilos. Se nota cuando alguien trabaja solo con oficio o trabaja con el corazón. Se nota mucho.
—¿Cuál de los libros que han hecho crees que tiene un diálogo particularmente memorable entre el autor y el ilustrador?
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Es un libro duro, pero de una enorme sinceridad. Y de una gran conexión. Eran como dos almas gemelas que caminaban por lados paralelos. El libro es emocionante y es un libro único. Puede haber otros libros ilustrados sobre el tema, pero ese, con esa particularidad, no creo que haya. Ahí el azar y el destino los conectó.
—En su trabajo de reedición, se percibe una admiración particular por obras bibliográficas de tiempos anteriores.

Y no son libros medievales ni grandes producciones iluminadas en conventos. Hablamos de libros modernos, de 100 años. Nosotros hemos publicado sobre todo libros anglosajones, de grandes artistas de principio de siglo, como Harry Clarke, Walter Crane y Arthur Rackham, que dedicaba gran pasión a la producción de libros. Claramente habían detectado que la producción en masa estaba destruyendo esa calidad artesanal que hacía que las obras tuvieran otro tiempo de producción.
—Zorro Rojo tiene en su catálogo una parte Infantil y Jóvenes/Adultos ¿Es siempre clara para ustedes la división entre estas dos colecciones?
Por las características de nuestros libros, definir con exactitud la edad es muy difícil. Hay grandes grupos de libros: para niños y adultos, pero hay una gran franja de libros que tiene mucho contacto entre sí. Sobre todo de arriba hacia abajo, los adultos acceden a todos los títulos. Además, el concepto de la edad es relativo, nunca es algo tan categórico. Creo que es un poco artificial generar tantos condicionantes. Comercialmente, está claro que se necesita cierto orden y por eso articulamos dos catálogos. Es una herramienta principalmente para los profesionales, para los libreros o los bibliotecarios. El lector es libre de hacer con los libros lo que quiera o lo que pueda.
—“El libro ilustrado debe estar en las tabletas”, dijo el editor de Nórdica, Diego Moreno. ¿Eres de la misma opinión?
Me cuesta ver los libros de Zorro Rojo en formato digital. Yo tengo una visión particular, un tanto romántica: el libro en papel es como el teatro, me acerca más directamente a los autores. Me imagino a Melville escribiendo en su cuaderno y el salto de ese cuaderno a un libro en papel me resulta un salto más breve. Me imagino a Rockwell Kent trabajando en sus grabados y tintas y ese grabado lo veo en el papel con un salto más corto. Y entonces yo, que soy de otra generación, agarro el libro de Melville Moby Dick, ilustrado por Kent, y me siento más cerca de esos autores. Pero es una cosa de generación.
Sobre Sebastián García
Sebastián García Schnetzer nació en 1969, en Buenos Aires, Argentina. Cursó estudios de Diseño Gráfico y Comunicación Visual en la Universidad de Buenos Aires donde ejerció como docente durante más de una década. Especializado en diseño editorial, es el Director de Arte de Libros del Zorro Rojo, sello que obtuvo el Premio a la Mejor Labor Editorial 2010, otorgado por ALIJA, Asociación de la Literatura Infantil y Juvenil de Argentina; y el Premio a la Mejor Labor Editorial 2011, otorgado por el Ministerio de Cultura de España. Actualmente reside en Barcelona [Fuente Festilus].






