Fundada el año 2017, la editorial Cataplum ha construido en poco tiempo un variado catálogo. Conviven libros para distintas edades (primera infancia, niños, niñas y jóvenes) y de diversos géneros, como poesía, literatura, divulgación científica e informativos. Muchos de ellos con bastante humor. Es el caso de El zorro Chuleta, de la chilena Sol Undurraga, que trata sobre un zorro vegetariano, al que nunca invitan a las fiestas los demás animales del bosque por temor a ser comidos. ¿Cómo podrá asistir el zorro a una fiesta? Usando la astucia que lo caracteriza.
La editora de Cataplum es María Fernanda Paz-Castillo, venezolana, pero radicada en Colombia, país en el que fundó Cataplum. Sobre su paso por Chile, donde sus libros se distribuyen gracias a la editorial Escrito con Tiza, comenta: «Nos fue muy bien en La Furia del Libro. Me pareció un lugar muy interesante no solo de conversación con los colegas sino también con los padres, niños y niñas, bibliotecarios y mediadores en general. Encontramos que el mercado editorial chileno, específicamente en nuestro radio de acción, el libro para niños y jóvenes, es uno de los de mayor expansión en América Latina. También encontramos un interés especial en los libros informativos o de no ficción que me ha llamado mucho la atención».
Paz-Castillo estudió Ciencias Políticas y Letras, y tiene una amplia experiencia como editora. Empezó en la gran editorial venezolana Monte Ávila y luego, en Colombia, fue editora de libros para niños y jóvenes en Random House Mondadori y gerente editorial de literatura infantil y juvenil de Ediciones SM. «La edición de literatura infantil es a lo que más tiempo le he dedicado en mi vida profesional —dice—. Creo que lo que más me gustó y me sigue gustando es que es un oficio muy creativo pues lograr un buen libro para niños es un reto que implica acoplar varios lenguajes. Es un oficio muy exigente porque además los lectores más pequeños lo son. Pero a la vez es un oficio muy noble que te brinda satisfacciones permanentemente porque los niños suelen ser también lectores muy generosos».
Cataplum, su propio proyecto editorial, dice, fue algo necesario para tener mayor libertad: «Fue un deseo que se fue cocinando a fuego lento. Quería y necesitaba un cambio de vida, tener el control de mi tiempo y quizás ya no dar tantas explicaciones de qué publicaba o qué no. Logré ciertas cosas, pero es evidente que tener una editorial es prácticamente hoy en día un acto de resistencia, sobre todo cuando no estás editando “en el mercado” sino fuera de él, como bien lo dice el crítico y editor español Constantino Bertolo».

En Cataplum, ha explicado Paz-Castillo, buscan explorar las raíces que permiten conectar Latinoamérica. Es parte del catálogo, por ejemplo, el libro Los chimichimitos, de Mariana Massarani, que rescata la tradición oral de Venezuela y cuenta sobre los chimichimitos, duendes legendarios que aparecen en la playa de la Isla de Margarita en las noches de luna llena, y muestra a niñas y niños venezolanos afrodescendientes. Un tema contingente para Latinoamérica, la migración, está presente en Antonia va al río, de Dipacho. Y Paz-Castillo, como autora, escribió El hombre dorado, ilustrado por Ramón París, que habla sobre uno de los ritos de la antigua cultura muisca de Colombia, que consistía en consagrar a un nuevo cacique cubriéndolo con polvo de oro.
«Tiene que ver con una búsqueda de lo que nos conecta como latinoamericanos desde el lenguaje y también desde la imagen —comenta—. Es importante acá la palabra explorar porque eso es lo que hacemos. Ver cómo se arma todo este entramado latinoamericano de palabras, historias, imágenes y eso es lo que hemos tratado de hacer con cada uno de nuestros proyectos: ofrecer una experiencia que, pretendemos, sea cercana a los niños latinoamericanos, antes que nada, lo cual no quiere decir que estas propuestas no pueden llegar a niños de otras regiones del mundo». La capacidad de llegar a públicos de distintas regiones de Cataplum quedó clara a comienzos de este año, cuando la editorial recibió en la Feria del Libro Infantil de Bolonia, en Italia, el Premio BOP a la mejor editorial del Caribe, Centroamérica y Sudamérica.
Autores del pasado son también parte de Cataplum. El primer libro del sello, de hecho, fue un poema llamado Adiós, del colombiano Candelario Obeso (1849-1884), ilustrado por Juan Camilo Mayorga. La mayor parte de las publicaciones, sin embargo, son de autores actuales de Colombia, aunque hay también de México, Venezuela, Argentina, Brasil, Perú y Ecuador, entre otros países. De Chile están Francisco Javier Olea, Alejandra Acosta, Sol Undurraga, antes mencionada, y Sara Bertrand, de quien se presentó en la Furia del Libro La memoria del bosque, ilustrado por la colombiana Elizabeth Builes. «Había leído recién La mujer de la guarda (de Bertrand y Alejandra Acosta) y pensé que Sara tenía el tono preciso para una historia como la que yo tenía en mi cabeza, que era un cuento de hadas narrado con su voz que siempre es tan fuerte y, a la vez, tan poética. Obviamente escribió algo mucho mejor de lo que yo había pensado», comenta Paz-Castillo sobre La memoria del bosque.

¿Cómo es el proceso de Cataplum para hacer un libro?
El proceso suele ser largo. Trabajo con dos directoras de arte: Ana Palmero y Camila Cesarino, de quienes he aprendido muchísimo. Sin embargo, la dirección de arte de la mayoría de nuestros libros es de Ana Palmero. El proceso no es lineal, pero parte de un equipo de trabajo donde juega un rol fundamental la dirección editorial (que siempre hago), la dirección de arte y el diseño, el autor o los autores, dependiendo de si es un autor integral o no.
¿Cómo fue el proceso de investigación para la escritura e ilustración del libro El hombre dorado?
Ese texto lo escribí hace más de veinte años. Había terminado un libro (Muertos de susto) para una colección que llevaba Yolanda Reyes, Nidos para la lectura. Y entre las muchas lecturas que hice en ese momento leí sobre la leyenda de El Dorado. Tenía ganas de seguir investigando y no entendía cómo no había un libro para niños en Colombia sobre el tema. Lo escribí después de haber investigado mucho. El texto estuvo todos estos años esperando a un ilustrador que, como hizo Ramón París, se dedicara a la investigación de una etnia tan interesante y cosmopolita como puede ser la muisca. Ramón hizo una gran investigación igual que la directora de arte, Ana Palmero. Fue un libro hecho con paciencia y con mucho deseo de investigación. La edición del libro la hizo Maité Dautant, quien al final me ayudó mucho a reconectarme con el texto pues había pasado ya mucho tiempo desde su escritura.
«Nuestros niños son muy abiertos, más de lo que pensamos. Están acostumbrados a leer palabras de todas partes», has dicho sobre lectoras y lectores de Latinoamérica. ¿Cómo eso se refleja en tu catálogo?
Jamás hacemos traducciones ni adaptaciones en español para otros países. En la riqueza del español está su fuerza, su maravilla y eso es lo que intentamos enseñarles a los lectores: que poseen como lengua natal una lengua muy poderosa, rica en palabras para decir lo mismo o rica en palabras para decir lo que sienten, lo que piensan. Nuestros niños y niñas son muy abiertos no solo en lo que tiene que ver con el lenguaje, también con las historias o propuestas gráficas. Supongo que esto está muy vinculado a la realidad que les circunda.

Has criticado la llegada de la autoayuda a la literatura infantil (específicamente, la abundancia de libros sobre emociones) y lo políticamente correcto, que, en tus palabras, «ha aplanando las capas de sentido que tiene la literatura y tiene un buen libro para niños». ¿Puedes profundizar sobre esta tendencia que ves en la literatura infantil y lo que pone en riesgo?
Sí, ya se había demorado mucho la autoayuda en llegar a los libros para niños y esto también está relacionado con lo políticamente correcto. Mientras el libro continúe siendo usado como herramienta para el aprendizaje de los niños y de las niñas, la situación no va a cambiar. La literatura para niños está atravesando una crisis que creo que es muy evidente para todos y que tiene que ver con esa idea de leer los textos como si fueran discursos sociales y no textos literarios. La literatura no es un medio, es un fin, pero se insiste en verla como un medio. Proliferan una enorme cantidad de libros para niños en un mercado ya saturado de libros que francamente podrían no haberse publicado.
Se han creado discursos muy a la medida de lo que se necesita, usando un lenguaje muy alejado del literario y, por tanto, no dando lugar a la experiencia estética que propicia la literatura. Hay un empeño en simplificar los discursos a un punto en que lo que nos queda es hablar de «temas», término que me genera muchas dudas cuando de literatura se trata. La literatura cuenta historias y las buenas historias posiblemente toquen mucho de lo que está de moda, de lo que se piensa deben leer los niños, sobre todo lo relacionado a la autoayuda o al manejo de las emociones propias o a «temas difíciles», como se ha dicho. Está bien que los niños aprendan a regular sus emociones, pero me pregunto si es necesario y posible que lo hagan a través de un libro y me pregunto, además, si no es suficiente un libro sobre esto y no miles como estamos viendo hoy en día.
A veces creo que hay mucha ingenuidad alrededor de la literatura pues se piensa que si un niño lee una historia donde hay un personaje que dice groserías, se volverá grosero; si se porta mal, el lector hará lo mismo. Y de la misma manera: si hay un personaje que se porta bien, el lector lo imitará; si un personaje pierde el control y lo recupera de inmediato respirando mientras cuenta hasta diez, el lector hará lo mismo. Es como si se les concediera a los libros la posibilidad de hacer milagros.

John Naranjo, del sello colombiano Rey Naranjo, dijo en una entrevista a La Fuente el año 2019: «La circulación es un tema en el que los españoles nos llevan cuarenta años de ventaja y ellos muy temprano se dieron cuenta de que nuestros mercados eran su imperio. Es más fácil encontrar cualquier libro de saldo español que una novedad uruguaya o venezolana. Con el poder de lobby que han tenido los grandes grupos han impedido el desarrollo de editores locales». ¿Crees que ha cambiado esta situación en años recientes?
Seguimos recibiendo cantidades enormes de libros españoles, unos mejores que otros. No creo que la situación haya cambiado, al contrario, creo que ha empeorado en la medida en que ha empeorado el mercado del libro para niños en España. Es un problema muy grande, pareciera que faltan cómplices en América Latina para darle a lo que hacemos su justo valor. En círculos académicos, en espacios de promoción, a veces prefieren escuchar a un editor español que a un editor latinoamericano. Y no quiero decir con esto que no crea que haya voces valiosas, que no haya editoriales que hagan buenos libros, pero debemos buscar un adecuado balance no solo en estos espacios sino también en las librerías, en las bibliotecas públicas y privadas, en los espacios de promoción de lectura.
