En su nueva novela El mar arriba (Overol, 2025), Nina Avellaneda cuenta la historia de Adriana, una mujer que se va a vivir cerca del mar. Desde esa orilla va aprendiendo y desaprendiendo cosas: «vivir con menos atención en uno mismo para dar cabida a las cosas en uno. Que la emocionalidad se module de alguna forma con la presencia de las cosas alrededor», nos dice, desde Valdivia, ciudad donde vive.
Un segundo —pero no secundario— protagonista de la novela es el paisaje: «Todo estaba dicho así; azul y en ondas», dice el mar, que, según Nina, «enseña a su manera».
Sobre el tema que cruza los fragmentos —la capacidad que tienen las palabras y el silencio de contener la experiencia y darle forma— hablamos en esta entrevista.
Adriana —la protagonista de El mar arriba— intenta comprender cómo funciona su nuevo espacio y de paso comprenderse un poco mejor. ¿Qué papel juegan el lenguaje —y el silencio— en esta comprensión?
El lenguaje, o más bien la escritura, le sirve para conocerse a sí misma. Para desconocerse, también. Para desconocerlo todo, excepto algún reguero de palabras que quedan rondando por inercia. El silencio por su parte es un bálsamo, algo activo, que actúa. Yo diría que mucho más importante es el silencio porque lo que intenta comprender no tiene que ver con el lenguaje humano, es otro modo de articulación. Hay una frase en el libro que dice: «todo estaba dicho así; azul y en ondas». Está hablando del mar, que enseña a su manera.
La soledad —propia del recién llegado— hacen que el tiempo de alguna manera se distorsione. Creo que eso —la capacidad de experimentar la historia como algo no lineal— ya lo trabajaste en Souza. Hay una forma de transitar el tiempo desde el lenguaje. ¿Me puedes hablar de eso?
Cuando escribo tengo todo a la mano, el presente, el pasado, las ideas de futuro, los sueños. La imaginación. Me cuesta mucho visualizar algo de manera lineal a la hora de escribir. Podría ordenar los hechos importantes de la vida de alguien, pero no escribo a partir de hechos, sino a partir de su repercusión. Entonces realmente lo pasado está enfrente y el presente es algo difícil de comprender. El lenguaje es el vehículo para poner todas las piezas sobre la mesa, trato de elegir palabras que no cierren, conceptualizar lo menos posible, describir con poco juicio. Y finalmente sospechar de lo dicho/escrito. No olvidar que solo es un vehículo, no el viaje ni el camino ni las cosas.

Aparecen como interlocutores el mar, la lluvia, las nubes. Recordé a Gabriela Mistral y la ampliación de lo vivo. ¿Qué influencias hay en la conversación de Adriana?
Está Mistral, sí, su Elogio de las materias, fragmentos de sus diarios también en donde habla del paisaje de su infancia: «Una piedra de Montegrande, grande y blanca como una gaviota encuclillada, que era mi escondedero de toda cosa, metida tengo debajo de ella mi infancia y si vuelvo, la encuentro buscando el lomo de gallina blanca, la levanto como el ave con pollada y le recojo mis cinco años intactos». El paisaje de su infancia es también su madre, de quien hereda el amor a las flores y hierbas, pero no sé si ama a las plantas o está amando a su madre a través de las plantas. También tengo una madre jardinera y me surge esta pregunta.
En el libro además hablo de tener una interlocutora (humana). Invento un personaje para que Adriana converse con ella: Ligia. Fuera del libro la conversación es con Chantal Maillard, una poeta española que leí mucho mientras escribía el libro. Tenía solo un libro suyo, pero lo leí y releí muchas veces, aunque tal vez nunca completo. Me pareció bonito hacerla parte de la trama, prestarle a Ligia sus cualidades. Volviendo a la primera pregunta, uno escribe a partir de lo que se impone, ¿no? Como un juego de intensidades que va ordenando una trama viva, y en donde esta «intensidad» no tiene que ver necesariamente con algo dramático, puede incluso aquietar. En este sentido, Adriana conversa también con aquello que la conmueve, escenas de películas, música.
En la novela se abren pequeñas historias, a partir de diferentes relaciones —el hombre lento, Ligia, los niños de la biblioteca, el padre— pero no hay un eje. ¿Te interesa la posibilidad de enfocar en diferentes direcciones?
Yo diría que el eje es Adriana. Lo que pasa dentro de su cabeza y fuera. Lo que mira por la ventana o recuerda. Una persona es como un caleidoscopio, ¿no? Para intentar tener una visión extendida pienso que es necesario recurrir a todo lo que la rodea. No sabemos cómo es exactamente esto último, sólo tenemos su versión de las cosas. Por eso mismo me interesaba que el personaje fuese alguien que duda, que no sabe, que se pregunta, porque así podemos asumir de antemano que el enfoque es parcial e impreciso, que se está apenas construyendo, como alguien que abre los ojos en la mañana y solo ve una tajada de realidad.
También hay un peso vinculado al lenguaje. La historia familiar, que pasa de generación en generación, por ejemplo y que aparece de vez en cuando en la novela…
Sí, el lenguaje puede ser un peso, cómo uno se cuenta su propia vida. Las palabras que usamos para tratar de entender y zanjar la realidad. Me costó mucho escribir lo poco que aparece en torno a la familia porque las palabras casi siempre cierran y las maneras de experimentar la vida son muchas, no basta una sola narrativa. No sé si podría escribir pensando que esta relación lenguaje-realidad es transparente. Cada vez que uno articula o escribe una frase está construyendo una realidad y echando a andar una manera de ver, entonces Adriana, que cree que puede dañar a su familia con solo imaginar una verdad, tantea con cuidado, va literalmente a tientas, mira y retrocede, absuelve, como si manipular el lenguaje le diera ese poder.
A medida que Adriana se interna en el paisaje esta relación con el lenguaje va cambiando. «Pequeño milagro —he llegado a pensar—, la facultad de nombrar y poner en palabras, decir», dice en un momento… ¿Cómo es tu relación con el lenguaje?
Ambigua. A veces pienso que es una carga, un vicio, puro ruido. Otras veces me parece algo admirable y me gustan las palabras, la voz humana. Supongo que la mayoría de las veces estoy en el vicio porque me dedico a escribir.
Tu novela tiene mucho de poesía. ¿Cómo conviven en tu trabajo y en tus lecturas estos dos lenguajes?
Como un contrapunto tal vez. Me da un ritmo. Es como la necesidad de silencio en medio del lenguaje. Lo mismo en mis lecturas; la poesía, que es un lenguaje que condensa, que escenifica de manera intensa una situación, el pensamiento, necesita del aire de la prosa para mí. Distender, como si entráramos en un juego, y luego mirar el revés. Por otro lado, me gusta decir que escribo novelas, aunque no sé si lo son. Pienso a la novela como el género en el que cabe todo. Me gusta que la palabra remita a ficción, además. Que no se olvide eso, que aunque un texto se parezca mucho a la realidad no deje de ser una construcción y una realidad en sí mismo.

La biblioteca y la relación con los niños que la visitan —llevando sus propias historias— aparecen como un espacio protector. Entiendo que trabajas en una biblioteca con niños. ¿Qué has aprendido en ese lugar?
A estar más en el presente, a estar presente. Tengo que atenderlos. Me entretienen, además. No sé si es un aprendizaje, pero estoy muy en contacto con la espontaneidad… me produce ternura eso.
Algo que trato de copiarles es la seriedad o concentración a la hora de leer, de aprender cualquier cosa. Esa manera de acercarse al mundo abiertos, vacíos, sin ese relleno de conveniencia que tenemos los adultos. Yo sé que tarde o temprano también lo tendrán, porque sirve para sobrevivir, pero me conmueve mucho ese acercamiento sin armas al mundo. Lo siento y me da una responsabilidad, trato de estar a la altura.
¿Qué leías cuando eras niña? ¿Ya entonces te gustaba escribir?
No fui una niña muy lectora. Había pocos libros en mi casa.
Recuerdo que mi abuela me regaló una colección de cuentos de Disney. De ahí me acuerdo especialmente de «Hugo, Paco y Luis van a la granja». Era mi favorito. Aparecían cosas del campo que eran cercanas para mí. Y tenía una especie de enseñanza que me daba risa: los niños patos creían que en el campo iban a poder flojear, y lo que pasaba en realidad era que la abuela los mandaba a colaborar. Cuando llegaba el tío a buscarlos tenían ojeras. Después mis papás, que no eran lectores, pero que tenían mucha conciencia de la importancia de educarse, me regalaron con esfuerzo una enciclopedia que venía con un globo terráqueo. Era algo medio sagrado porque había costado caro, casi el sueldo mínimo de la época, y bueno, yo leía las entradas con mucha devoción.
No se me ocurría escribir a esa edad. Lo que me gustaba era dibujar y andar en bicicleta. Un poco más grande recuerdo que leí Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, y me gustó mucho. Pero diría que mi experiencia como lectora empezó más bien tarde, preadolescente, con libros para adultos: La última niebla, La comarca del jazmín. Recuerdo esos dos en especial.


¿Qué estás leyendo por estos días?
Terminé esta mañana tu libro Diario de Japón. Empecé un libro de entrevistas a Marguerite Yourcenar. Tengo a medio leer un poemario de Fabio Morábito, a quien conocí en la feria del libro de Medellín, y Gruñona, de Greta Montero. Tengo intactos Diarios, de Chantal Maillard, que me compré en la misma feria (para tener otra cosa aparte de La mujer de pie, y Blancura, de Jon Fosse).
Cuando Adriana dice: «aquello que ha de venir, tardará», recordé una cita de Patricia Highsmith: «es conveniente recordar que hay artistas que persistieron, como el caracol o el celacanto». Por el tema del tiempo —la paciencia, la persistencia— pero también porque nombra a un pequeño animal y a un pez como un posible maestro… ¿Crees que podemos aprender de los lenguajes no humanos?
Totalmente. Me interesa sobre todo la lentitud. Me acordé de otro libro que empecé a leer, se llama «La mente bien ajardinada. Las ventajas de vivir al ritmo de las plantas». En ese sentido me parecen tan misteriosos los árboles, o las piedras, que no son vegetales, pero también tienen su lenguaje. La segunda parte de la cita dice: «no lo que esperamos, sino solo lo que ha de venir», lo que quiere decir que tampoco la perseverancia o la paciencia aseguran nada, y que pese a toda la conciencia que podamos tener de la existencia, no tenemos control sobre ella, los acontecimientos vienen y lo único que podemos hacer es hacerles frente de la mejor manera.
