La naturaleza enseña, a quien está dispuesto a prestar atención, que el tiempo da forma a la vida: desde una montaña hasta una flor silvestre, todo requiere su paso. Lo mismo ocurre con el conocimiento. Así lo demuestra el colectivo Colectoras de Naturaleza que, tras seis años de trabajo constante, se ha convertido en una verdadera conocedora de los libros que acercan a sus lectores a la naturaleza. Libros de otros creadores y también propios.
Y es que el recorrido de este grupo —diecisiete mujeres que se desempeñan como escritoras, biólogas, diseñadoras, ilustradoras y bibliotecarias, entre otros oficios— comenzó en 2019, en un Cabildo del Libro en la Estación Mapocho. Ese primer encuentro —«una conversación que exploraba los libros ilustrados para las infancias y su conexión con la naturaleza»—, ha ido creciendo y extendiendo sus ramas, naturalmente, como enseñan los árboles.
«Lo que comenzó con un enfoque en el aprendizaje y el análisis de libros informativos fue mutando hacia un espacio más amplio y rico. Aquel objetivo inicial dio un giro hacia la presentación de proyectos de libros que nosotras hacemos, que han ido viendo la luz; y, por último, hacia el intercambio con otros: invitados que se relacionan con los libros o la naturaleza, y nos comparten los procesos de sus obras y su vínculo con el mundo natural», cuentan.
Así, sin que lectores y lectoras lo sepan, mucha de la producción nacional que une infancia y naturaleza de los últimos años ha pasado por la mirada atenta de este colectivo, que alterna reuniones en línea y presenciales, y que persevera en su interés: observar la naturaleza en los libros de manera crítica y constructiva. Parte de esas conversaciones se puede seguir en @colectoras_de_naturaleza, espacio en que el colectivo comparte libros que les parecen interesantes, de autoras y autores que, tal como ellas, trabajan con foco en la naturaleza en distintos territorios.

Parece haber un auge de libros sobre naturaleza. ¿A qué creen que responde?
Pensamos que responde a varios factores que se relacionan entre sí. Es indiscutible que en términos climáticos y ecológicos vivimos un momento de crisis planetaria. La pérdida acelerada de biodiversidad, el calentamiento global, la contaminación y la creciente urbanización. En este escenario, los libros de naturaleza se vuelven una forma —y una oportunidad— para volver a mirar y reconectarnos: invitan a detenerse, observar y comprender lo vivo. Frente al ritmo acelerado y la vida interiorizada, proponen una pausa contemplativa para recuperar el asombro y el vínculo afectivo con el entorno.
Este interés coincide con cambios en la educación y la mediación lectora. Hoy sabemos que el aprendizaje necesita experiencias activas, integradas, interdisciplinarias y situadas: explorar la naturaleza es percibir con todos los sentidos, usar el cuerpo, imaginar, dibujar, narrar, comparar, jugar. En ese marco, los libros de naturaleza funcionan como una puerta de entrada y como una extensión de la experiencia. También han cobrado fuerza los relatos territoriales, comunitarios, particulares, descentralizados, no hegemónicos que valoran especies, paisajes e identidades locales.
¿Qué cuentan los libros sobre naturaleza y en qué formatos?
¡Nos cuentan tantas cosas! Nuestro entorno puede ser una gran ciudad, un edificio sin balcón, una comuna con pocos espacios verdes. De hecho, ese es el contexto de la mayoría de las personas. Pero lo central está en darnos cuenta de que somos naturaleza. Entonces para nosotras, los mejores libros son esos, los que nos hacen despertar a aquello. Abrir los ojos, también el corazón a esos detalles, a esos rincones y pequeñas experiencias cotidianas que nos conectan de una manera diferente y profunda. Y el formato debiese ser el que le da sentido al contenido, no un capricho en sí: que la propuesta tanto de contenido y formato sea coherente. Eso nos permite crear libros con sentido, que sean memorables y justifiquen el uso del papel, tanto más en los tiempos actuales.
¿Qué es lo que a su juicio buscan estos libros?, ¿despertar el asombro?, ¿entregar conocimiento?, ¿acercarnos a la naturaleza desde distintas disciplinas?
Depende del libro. Algunos buscan responder preguntas, contar sobre un tema en particular, profundizar, desentrañar. Otros, despertar curiosidad, interés, asombro, emocionar a sus lectores. Otros quieren ser más educativos, entregar conocimiento, datos. Y por supuesto que hay mezclas, donde, por ejemplo, la emoción despierta el asombro y desde ahí también se responden preguntas y se deja abierta esa ventana de la curiosidad.


A propósito de eso, Rachel Carson —bióloga y autora de «El sentido del asombro»— dijo alguna vez que el asombro frente al mundo natural es algo que se puede enseñar. ¿Creen que los libros pueden ayudar en eso?
Sin duda. Los buenos libros son capaces de decir y retratar el mundo en formas capaces de dislocar, afinar y ampliar nuestra mirada. Pueden abrir preguntas que encienden la curiosidad y compartir experiencias y conocimientos que nos permiten comprender el mundo con mayor profundidad.
En la medida que comprendemos mejor y nos vinculamos emocionalmente con la naturaleza que somos y que nos sostiene, es inevitable que surja el asombro, al igual que otras emociones que se despiertan cuando ya no podemos ser indiferentes.
Gabriela Mistral, por otra parte, en «Poema de Chile», nos enseñó que podemos entablar un diálogo con lo vivo, que incluye a las montañas, el mar, los animales, las flores. ¿Les parece que hemos avanzado en ese diálogo?
Es tan cierto eso que podemos entablar aquellos diálogos, hay tantas formas de conversar con una piedra, con una gota de agua, con una oruga. Y durante la infancia, niños y niñas lo hacen todo el tiempo. No lo cuestionan ni les parece algo extraño. Pero algo ocurre a una cierta edad, el efecto de la educación convencional, las familias, los adultos, no lo sabemos. Es como si apagáramos una parte nuestra, porque lo que vale es lo real, lo concreto, eso tangible que ocupa un espacio definido. El mundo y el funcionamiento de las cosas ––que sigue siendo muy adultocéntrico–– olvida esa porción y comienza a funcionar sin ese diálogo, sin ese intercambio y sin esa memoria. La cultura se fragmenta en cada uno de esos planos. Lo vemos en cómo hemos tratado a los pueblos originarios, a las mujeres, a la infancia…
¿Sería un diálogo que sigue pendiente?
Sigue pendiente para que realmente lo integremos en las formas de funcionar, pensar y hacer de la sociedad, en el trabajo y en las leyes. Y para qué decir, en la educación escolar.
¿Qué autores u obras consideran que podrían ayudarnos a abrir, desde la literatura infantil, ese diálogo mistraliano?
Hay libros que, además de transmitir información y conocimientos, incorporan componentes literarios que nos interpelan. Presentan vivencias y visiones personales de sus creadores, y eso puede guiarnos hacia un diálogo más íntimo con la naturaleza. El listado es largo, pero se podría partir con Cien semillas que volaron (Isabel Minhós Martins y Yara Kono), Mil tomates y una rana (Samuel Castaño y Alex Nogués) y ¿Qué es un río? (Monika Vaicenavičiene).
Muchas propuestas actuales mezclan diferentes lenguajes (ciencia y poesía, por ejemplo). ¿Qué aporta ese cruce de disciplinas?
Creemos que el cruce de lenguajes responde a una necesidad profunda de integrar distintas formas de conocer y habitar el mundo. Todos los seres vivos se relacionan con la realidad de maneras diversas, y reconocer que los lenguajes propios de cada disciplina ya no pueden seguir siendo exclusivos nos ha impulsado a explorar estos encuentros. La ciencia solo para científicos, la literatura solo para intelectuales y el arte solo para artistas ya no bastan: son lenguajes que, por sí solos, se quedan cortos en un mundo globalizado e interconectado.
En este contexto aparecen las propuestas que integran no solo el conocimiento científico con prácticas artísticas, sino también con experiencias comunitarias y saberes tradicionales y ancestrales. Y en el centro de todo este proceso está la creatividad: la clave que permite imaginar caminos diversos, alternativos y no obvios para habitar la realidad.

Alguna vez me comentaron que han observado un cambio en los libros de naturaleza durante los últimos años. ¿Cuáles son esos cambios?
Efectivamente, este cambio se ve, en primer lugar, en esa disolución de los géneros puros. El libro documental ya no se conforma con ser una ventana objetiva; ahora fusiona registros diversos: el rigor del ensayo se entrelaza con la memoria personal, la crónica de viajes dialoga con la reflexión filosófica, y los datos se envuelven en narrativas literarias. Esta hibridación no debilita el contenido, sino que lo humaniza. La voz narrativa se torna cercana y curiosa, escrita con frecuencia en primera persona. Ya no se limita a informar, sino que comparte un proceso de descubrimiento, incluyendo asombros y dudas.
¿Cómo se refleja este cambio en la imagen?
Hay un nuevo protagonismo de la imagen. Ilustraciones, infografías y fotografías han dejado de ser elementos decorativos para convertirse en socios narrativos del texto. Una infografía puede explicar relaciones complejas; una ilustración, transmitir emociones que las palabras solo sugieren. El libro se concibe así como una unidad estética y conceptual. Hemos pasado del dato aislado al sistema interconectado: una mirada ecológica en su sentido más amplio, donde todo se relaciona.
¿Cómo se observa la naturaleza desde las distintas disciplinas?
La ciencia, con su búsqueda de la objetividad, en muchos casos ha forzado esa separación humano-naturaleza, para crear una distancia con el objeto de estudio, como si éste no tuviera una influencia en quien observa y viceversa. En el caso de la ilustración hay una mirada más sensible, pero también depende del tipo de ilustración, la ilustración científica también debe tener cierto rigor que la acerca más al lenguaje de la ciencia. Por otro lado, la ilustración infantil de naturaleza busca más ser un juego, interpretar, enternecer, acercar. Lo interesante es que estos libros pueden acoger esta diversidad de formas de observar y armonizarlas en este tejido entre texto, imágenes y formato, y de esta manera proponer nuevas formas de observar desde lo sensible, pero también desde lo concreto, y desde la imaginación.

