Esa noche con Vargas Llosa.

A A

El año pasado, en noviembre, tuve la suerte ( y la felicidad) de ser invitado por la organización de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la más importante de habla hispana, a participar en una mesa redonda, dentro del V encuentro de promotores de lectura.

Personas de todo México se daban cita en ese gran espacio, para escuchar y opinar sobre proyectos destacados en América latina en promoción de la lectura. Me tocó abrir la mesa con la experiencia sobre los bibliomóviles del Valle del Itata, Chillán a la costa.

Sin embargo, la invitación contemplaba muchos otros encuentros: con editores, intelectuales, músicos, profesores, estudiantes y con escritores, con Mario Vargas Llosa.

La última noche fui invitado al espectacular Instituto Cultural Cabañas. Un imponente edificio en la plaza central de la ciudad, bellamente iluminado y magníficamente pintado por el artista y muralista José Clemente Orozco.

Sin duda, como invitado tuve la posibilidad de acceder a las galerías del Cabañas de noche: “una experiencia única”, según mi acompañante mexicano, José Luis, ya que pocas veces se abre al público en ese horario y se tiene la posibilidad, acostado sobre un banco de piedra, de ver las pinturas del gran muralista, orgullo de Guadalajara. Me escabullí, mientras todos afuera esperaban al invitado estelar.

De pronto, en medio de una muchedumbre de periodistas y fotógrafos aparece Vargas Llosa, acompañado de su mujer, Patricia. Ambos sonrientes, educados y encantados con el recibimiento. Mientras ellos posaban, yo desde atrás miraba el desarrollo del panorama.

Vargas Llosa llegaba al Cabañas a inaugurar su propia muestra, una exposición itinerante que daría vuelta al mundo, mostrando sus recuerdos y detalles más íntimos: sus revistas de pequeño, su máquina de escribir, las portadas de sus libros traducidas a diversos idiomas, sus cartas de amor, en fin. Un sinnúmero de objetos, detalles, premios y alabanzas de un escritor famoso y talentoso.

Él, con paciencia y calma, con al asombro de quien ve por primera vez sus propias objetos, recorrió las salas coloniales con admiración y sorpresa. Asombrado por sus recuerdos. Su vida y su obra estaban allí expuestas.

Tratando de llegar a él, me topo con la directora del Cabañas, María Inés, una mujer muy simpática a quien había conocido esa tarde en un almuerzo que la FIL nos daba. Insistió en presentarme a Vargas Llosa, y yo accedí (nervioso). Así fue el encuentro: Vargas y Llosa y yo (nervioso). Me preguntó de dónde era. Le respondí: “de Chile”; y le hice notar su gusto por El Peneca. El solo sonrió, me estiró su mano y siguió su rumbo. Absorto por sus propios recuerdos.

Claudio Aravena, gerente de proyectos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *