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5 exponentes de la fotografía latinoamericana

Astrid Donoso Henríquez Por Astrid Donoso Henríquez

En el marco de la semana de la fotografía, hacemos un recorrido por la obra de fotógrafas y fotógrafos latinoamericanos, una invitación a revisitarlos y un pie forzado para buscar nuevas miradas tras esos lentes. [Foto portada: Alexandre Severo]

Hacer un pequeño recorrido por la fotografía latinoamericana no es fácil. Siempre el camino que se elija parece medio antojadizo y arbitrario. Hay mucho por ver, mucho por conocer y relevar, y cada elección implica que otros tantos, la mayoría, quede fuera. Así que desde ya este pequeño recorrido es una invitación a remirar algunas obras de grandes fotógrafos de nuestro continente, y un pie forzado para buscar nuevas miradas tras esos lentes.

Nuestro recorrido comienza muy cerca, con la fotógrafa argentina Sara Facio (San Isidro, 1932), cuyos retratos de escritores son hoy muy reconocidos, por no decir icónicos. Si bien hoy vive en Francia, Sara se formó en Argentina, con estudios en Italia, Alemania, Suiza, Austria, Inglaterra y Francia, y cursos que incluyeron clases en la Kodak en Estados Unidos y en la Agfa en los años 60. Sara no pensaba en la fotografía como carrera, de hecho su primera Leica la compró en una visita a Berlín en sus años de estudiante en historia del arte becada en Francia. Toda la idea de visitar museos y escribir un libro de historia del arte terminaría convirtiéndose en una carrera de fotógrafa con una mirada particular moldeada por su formación inicial.

De Sara no solo tenemos fotografías de escritores tan emblemáticas como la de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda o Alejandra Pizarnik, sino que contribuyó a pensar en la fotografía como un arte, que podía ir más allá de los fotoclubes y ser parte sustancial de museos y galerías. Con ella vemos además fotos de artistas, de los niños, los jóvenes, de la calle, del peronismo y sus vericuetos. Las expresiones de los rostros en sus fotos son intensos, vívidos y nos hablan. No parecen solo instantáneas de momentos sino retratos que dan cuenta de una historia. Que se agitan frente a nosotros, como si pudiésemos presenciarlos.

Fotógrafa, curadora, periodista y editora, Sara fue además quien formó la colección de fotografía del Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina, comenzando la colección con 50 fotos de su propia colección de grandes autores, a las que ya ha sumado más de 200, incluso dejando fuera los de su propia autoría. Y tal como ella señala en muchas entrevistas, con una sencillez notable, ella ha vivido para y por la fotografía, haciendo de su vocación y oficio su única y verdadera militancia.

Parte de la muestra «Perón», de Sara Facio en el Malba, 2018. Créditos: Sara Facio.

Viajemos a México. Lola Álvarez Bravo nace en Lagos de Moreno, Jalisco en 1907, aunque al poco andar su familia se traslada a ciudad de México, ciudad clave en su formación como autora. Pero es en los años 30 cuando comienza a trabajar como fotógrafa colaborando en una revista llamada El maestro rural. Es por esos año que conoce a Paul Strand, uno de los precursores de la «fotografía directa» o «fotografía pura», junto a Alfred Stieglitz. Ella ya trabajaba junto a su marido, con quien fundó un taller, pero sus primeros años de formación están marcados por un interés que alimentó casi a escondidas, observándolo todo. Cuando su marido cayó enfermo, se encontró ante la posibilidad de ser ella quien completara un trabajo para una revista, labor que le dio notoriedad a su capacidad creativa y artística. Lola fue reportera gráfica, fotógrafa comercial y documental, retratista profesional y artista plástica, algo que la llevó a colaborar con artistas como Frida Kahlo, Rufino Tamayo, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros.

En su obra podemos observar una enorme variedad de temas, como fotografías documentales de la vida cotidiana en las calles mexicanas, mientras por otro lado tenemos estos grandes retratos a líderes de distintos campos,  o una mirada modernista que nos vuelva a la arquitectura, a las grandes esculturas prehispánicas usando el fotomontaje. Como dato curioso, cuando la reconocida artista Tina Modotti fue deportada, vendió muchas de sus cosas, entre ellas dos de sus cámaras, una Graflex, con la que Lola comenzó a trabajar.

Lola nunca fue una fotógrafa de estudio sino que era una que caminaba con su cámara, atenta a lo que sucedía a su alrededor, siempre atenta, usando además las luces y las sombras a su favor. Mucho de eso podemos ver en su trabajo, incluyendo todo el registro de la industrialización  de un México tras la Revolución.

Retrato de Ruth Rivera, 1950. Créditos: Lola Álvarez Bravo.

Si mis fotografías tienen algún significado es que representan un México que alguna vez existió.

Lola Álvarez Bravo

Alexandre Severo murió de forma trágica. Hace unos seis años cayó junto a otros siete pasajeros en un avión. Severo es el fotógrafo más joven de esta selección y fue su mirada centrada en lo social lo que me impulsó a recomendar su obra. Nacido en Recife, Pernambuco (1978), su trabajo siempre se orientó al reportaje social, incluyendo retratos que no solo hablan de una identidad, sino que también dan cuenta del contexto en que esas personas fotografiadas habitan. Severo, quien poseía una técnica impecable, trabajó en los principales periódicos de su ciudad para luego ser freelance en São Paulo. Sus fotos lograron un espacio en importantes revistas como Time, Revista S/N, Folha de São Paulo,y en el libro Melhor do Fotojornalismo 2010.

Su trabajo ha sido tan relevante que incluso uno de sus reportajes gráficos significó que esa comunidad recibiera donaciones y ayuda. Se trata de À Flor da Pele (2009), serie fotográfica donde Alexandre retrata la vida de tres niños albinos que habían nacido en una familia de negros en una comunidad sin recursos llamada Olinda.

Otra de sus series fotográficas más conocidas es Sertanejeneros, que habla de sertão; una región alejada de los centros urbanos. La mirada de Severo buscó leer la identidad de quienes vivían en esa zona, donde muchas de las tradiciones ancestrales seguían vigentes, y repensarlos en el imaginario popular usando el contraste de esas personas, esos escenarios y nuestra llamada “civilización”.  Así uno ve retratos muy potentes en exteriores apartados pero que conviven con la artificialidad de una especie de estudio improvisado que agrega información e invita a repensar en esta distancia o cercanía que tenemos con lo retratado.

À Flor da Pele (2009). Créditos: Alexandre Severo.

La fotografía del reconocido autor peruano Martin Chambi quizás no necesite tanta presentación como las anteriores pues su trabajo ha sido más extensamente mostrado en Chile. Martin Chambi nació en Puno en 1891 y murió en el Cuzco en el agitado 1973. Su trabajo, siendo él mismo de origen quechua, no solo tiene una belleza y un valor por ser profundo testimonio ‒casi como un estudio de la población peruana y toda la diversidad de pueblos que la conforman‒, sino que tiene el gran mérito de ser considerado uno de los pioneros de la fotografía del retrato.

Chambi, quien nació en una familia de campesinos pobres, apenas muere su padre debe emigrar a sus cortos 14 años a buscar trabajo en las minas de oro en la selva. Es allí donde tiene sus primeros acercamientos con la fotografía, gracias al creciente interés turístico y arqueológico de esas zonas, donde aprende los primeros rudimentos de la disciplina de manos de de fotógrafos ingleses. Al par de años, emigra a Arequipa para comenzar a ganarse la vida como fotógrafo, siempre buscando aprender más. Es allí donde conoces a los hermanos Vargas, dos pioneros de la vanguardia fotográfica en el Perú.

El trabajo de Chambi fue crucial por ser un promotor del patrimonio cultural inmaterial andino del Perú, tanto con sus registros como por lo que significó la difusión de este en la prensa, en exposiciones en el país e internacionalmente, contribuyendo a la identidad regional. El trabajo impecable a nivel técnico, se une con su maestría del uso de la luz y las sombras, el que muchas veces fue parte de largos recorridos en mula con equipo a cuesta, otras en las calles. La importancia radical de su trabajo es que con su obra da cuenta de la identidad, de lo rural, de la cultura del Perú, especialmente de sus pueblos originarios de enorme legado y tradición.

Las fotografías de Chambi reflejan la esencia, identidad y diversidad cultural del Perú. Créditos: Martín Chambi.

Antonio Quintana (Santiago de Chile, 1940) era profesor de química y física, pero por razones políticas fue exonerado del  magisterio durante bajo la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo, lo que lo llevó a incursionar en la fotografía para sobrevivir, siempre con una formación autodidacta durante los años 30.

Desde este nuevo oficio comenzó a trabajar para revistas de arte y arquitectura. Fue tal el giro de su trabajo que en 1940 comenzó a enseñar fotografía en el instituto de Artes Gráficas y en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, formando a generaciones de fotógrafos e introduciendo algo inédito para la época en nuestro país; la fotografía mural con imágenes de veinte metros por dos.

El paisaje, los retratos y la arquitectura fueron parte de su repertorio como autor, pero algo que destaca en su mirada es el gran compromiso social que destila. Es por eso que a Quintana se le conoce como el pionero de la fotografía documental social nacional. Vemos niños, trabajadores, muestras de la religiosidad popular, distintos oficios, dando cuenta de la diversidad de la realidad nacional. Este compromiso social, sumado a su militancia política siendo miembro del partido comunista, lo llevaron al exilio durante el gobierno de Gabriel González Videla en 1948, debido a la llamada Ley Maldita.

Se va a Buenos Aires donde trabaja como fotógrafo, pero debe abandonar ese país al negarse a realizar una gigantografía de Evita Perón y se exilia, nuevamente, en Uruguay.  Allí se reúne con intelectuales y artistas, y trabaja junto al director de cine Enrico Grass en la realización de un guión de nada menos que Rafael Alberti llamado Pupila al viento. En paralelo, su trabajo viaja más allá de nuestro continente para exponer en el Instituto de los Altos Estudios Cinematográficos de París.

Quintana vuelve a Chile en 1954 y comienza a impartir clases en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Al poco tiempo, en 1965, publica junto a Pablo Neruda el libro Las Piedras de Chile, además de realizar la serie fotográfica Las manos de Chile. En ella muestra numerosas imágenes con las manos de trabajadores y campesinos como protagonistas, relatando una historia de esfuerzo, oficio y dedicación; una forma de relevar la importancia de quienes construyen y sostienen el país.

A su muerte, en 1972, su archivo personal fue resguardado por la Universidad Técnica del Estado por donación de su viuda, Enriqueta Silva. Tras el golpe de 1973, esos archivos se pierden por demasiados años y recién en 2007 son recuperados y pasan a formar parte del Archivo Patrimonial de la Universidad de Santiago de Chile, donde en 2009 se crea la Colección Antonio Quintana, con un trabajo de conservación digitalización y catalogación de su legado fotográfico.

En el marco de la semana de la fotografía, hacemos un recorrido por el trabajo de fotógrafas y fotógrafos latinoamericanos
Parte de la serie Las manos de Chile. Créditos: Antonio Quintana.

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Astrid Donoso Henríquez

Coordinadora de medios y libros de La Fuente. Periodista, técnico bibliotecario, máster en LIJ, diplomada en Fomento Lector, Edición y Literatura en Lengua Inglesa. Lectora voraz de diversas latitudes y géneros, con afición especial por lo anglosajón.

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