Reportajes

John Waters: Los relatos del pontífice del trash

Rodrigo Costas Por Rodrigo Costas

En los libros Mis modelos de conducta y Carsick, el cineasta John Waters nos presenta una mirada alternativa y reveladora del mundo en el que vivimos. Una mirada excéntrica, pero profundamente humana, desde el fondo de la basura. ¿Desde cuándo el cine independiente comenzó a significar un cine intimista, contemplativo y con una banda sonora...

En los libros Mis modelos de conducta y Carsick, el cineasta John Waters nos presenta una mirada alternativa y reveladora del mundo en el que vivimos. Una mirada excéntrica, pero profundamente humana, desde el fondo de la basura.

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John Waters

¿Desde cuándo el cine independiente comenzó a significar un cine intimista, contemplativo y con una banda sonora ondera? Cuando se ven las primeras películas de John Waters, al menos su cine independiente estaba lleno de rebeldía e incorrección politica, estética y narrativa. El escándalo generado por algunas de sus cintas le hizo convertirse en el “pontífice del trash” y rodearse de una serie de “estrellas” alejadas todas ellas de los parámetros físicos a los que Hollywood nos tiene acostumbrados y personajes de la farándula clase B o en franca decadencia (Pia Zadora, Chris Isaak, Ricki Lake, Traci Lords, entre otros). Junto a su principal diva, la obesa travesti Divine, dio a luz cintas como «Pink Flamingos» (1972), «Female Trouble» (1974) o «Polyester» (1981). En ellas, John Waters construyó un retrato desquiciado de la vida norteamericana, recogiendo elementos de la televisión y de la cultura popular de los años ’50 y ‘60. Sin embargo, ya desde «Hairspray» (1988) las películas de John Waters fueron alejándose parcialmente de lo chocante y lo ofensivo. Ya no volveríamos a ver en la pantalla una imagen como la de Divine llevándose a la boca las heces recién depositadas en la calle por el perrito que acaba de sacar a pasear.

John Waters ha mantenido la lucha por el feísmo y la denuncia de la hipocresía en una atractiva carrera literaria

Pero John Waters ha mantenido esta lucha por el feísmo y la denuncia de la hipocresía en una atractiva carrera literaria centrada en el personaje que de sí mismo ha construido. En los libros Mis modelos de conducta (2012) y Carsick (2015), ambos publicados en español por Caja Negra, mezcla la ficción con la realidad en el repaso de aquellos rasgos que han hecho tan único y distintivo Dreamland, como él mismo ha llamado a ese universo poblado por freaks e inadaptados de libertad inusitada.

En Mis modelos de conducta Waters retrata a una serie de personajes excéntricos, decadentes y de gustos curiosos, tales como Lady Zorro, una avejentada stripper lesbiana a la que Waters considera uno de los héroes de su natal Baltimore y junto a la cual recuerda los atrevidos espectáculos que ofrecía; o su amiga Leslie Van Houten, integrante de la siniestra “familia” de Charles Manson que en 1969 asesinó brutalmente a cinco personas (entre ellas a una embarazada Sharon Tate, actriz y esposa del director Roman Polanski). De Leslie, dibuja un retrato lleno de humanidad, totalmente alejado de la caricatura satánica que quedó grabada sobre el macabro crimen. Pero además el autor aconseja sobre moda a los jóvenes (“Tengan fe en su propio mal gusto. Compren lo más barato en el negocio de ropa usada de su barrio, la ropa que está pasada de moda hace poco”) o comenta las implicancias de seguirlo a él como “director de culto” (“mi religión de culto tendrá sus propios rituales de iniciación para novatos. Deberán de mostrar su dedicación corriendo riesgos. Robar el niño Jesús de un pesebre navideño siempre ha sido popular entre los adolescentes rebeldes, pero para mi gusto es un poco anticuado”).

 

En Carsick John Waters se pone en el centro del relato en un entretenido ejercicio: realizar a dedo un viaje desde Baltimore a San Francisco y narrar las experiencias que en dicho trayecto le toque vivir. Pero para alejarse del mero periodismo vivencial, John Waters divide su obra en tres partes: las dos primeras de ficción y el relato verídico en la parte final. Así, en «Lo mejor que podría pasar» y «Lo peor que podría pasar» vemos tanto la fantasía perfecta como la pesadilla más nefasta de lo que puede ser un viaje.

Tengan fe en su propio mal gusto. Compren lo más barato en el negocio de ropa usada de su barrio

Tratándose de John Waters, no es un viaje común y corriente, ni son los sueños que cualquiera pudiese tener, ya que entre los conductores ideales que lo recogen en su camino a San Francisco aparecen una correcta dueña de casa que secuestra en el maletero del automóvil a un perturbado fanático religioso, jóvenes distribuidores de droga dispuestos a financiar las próximas películas de Waters, un tierno encuentro con una antigua estrella de Dreamland ya muerta, todo tipo de atractivos sementales que lo llevan por el erótico submundo de los camioneros o un policía que en lugar de desconfiar del vagabundo que pide un aventón, lo traslada hasta el siguiente estado entregándose a una fiesta onda disco dentro de la patrulla. En cambio, los conductores que lo llevan en el peor de los viajes imaginables van desde fanáticos del reciclaje y del vegetarianismo que lo obligan a comer basura o tierra, hasta conductores obsesionados con la obra del mismo John Waters y que solo saben comunicarse por medio de los diálogos de sus personajes cinematográficos. Es en estas dos partes en las que quedan en evidencia los parámetros intelectuales y morales que rigen Dreamland. Para John Waters, son los fanáticos fundamentalistas –y no solo los de tipo religioso, que también se hacen presentes- los que atentan contra su deseo de libertad. Incluso aquellos que lo idolatran a él mismo le resultan odiosos cuando terminan cegados por la obsesión de compartir sus propias ideas, de imponer sobre otros aquello que parece hacerlos felices.

Pink-Flamingos

Imagen de Pink Flamingos

John Waters rescata a aquellos personajes que viven libremente, sin restricciones impuestas por otros, pero con convicciones firmes y con el deseo de hacer felices a otros. Buenas personas, aunque tenga gustos monstruosos o formas de vivir que escapen a lo habitual. En este sentido, la figura de Bernice se destaca en el trayecto ideal del autor. Bernice es una bibliotecaria expulsada de su trabajo por buscar para sus lectores textos de temáticas muy específicas (usurpadoras de úteros, novelización de películas pornográficas paródicas, etc.) que se dedica a recorrer las carreteras llevando a sus selectos y solitarios clientes los volúmenes que requieren. Tal como la misma Bernice explica: “Nos unimos en una misión para hacer lo que las bibliotecas no pueden: darle al cliente lo peor de lo peor de la literatura”, ya que ella no juzga lo que la gente lea, mientras lea. En este “llevar la palabra” de puerta en puerta, Bernice se convierte en una especie de misionera del mal gusto que enorgullece y emociona a John Waters al momento de la despedida.

Waters rescata a aquellos personajes que viven libremente, sin restricciones impuestas por otros

La tercera parte de Carsick, la del trayecto real, pone en evidencia el choque entre ficción y no ficción. Luego de las febriles aventuras imaginarias del autor, su viaje real es una sucesión de largas horas bajo la lluvia a la espera de ser llevado por alguien. Ninguno de los conductores es tan excéntrico como los de sus fantasías, por el contrario, son personas comunes y corrientes con las que conversa de la vida, del clima, del gobierno, de lo que todos hablan cuando no hay mucho de qué hablar. Y sin embargo, en esa falta de aventuras, John Waters también descubre que esa gente común y corriente actúa de buena fe. Están interesados en ayudarlo a llegar a su destino. Se muestran generosos al verlo bajo la lluvia, le ofrecen incluso dinero, alojamiento y comida al confundirlo con un mendigo. La realidad, entonces, puede parecer menos apasionante que la fantasía, pero al menos en el caso de este viaje, no es el lugar terrorífico al que Waters teme enfrentarse al salir de su casa en Baltimore.

Ser basura: tragedia y opción

eMis modelos de conducta y Carsick se emparentan con La sangre se esparce rápidamente, de Ed Wood; coinciden en mostrar otra cara de la creación, de la belleza y del mundo en el que vivimos. Una cara que no solemos ver en las listas de los más vendidos o en la alfombra roja de los Oscar. Son libros que muestran la fascinación por aquello que nos han enseñado a despreciar, los llamados géneros menores, la falta de talento, los personajes sin rumbo, la manoseada “decadencia moral” de nuestra sociedad como origen de una belleza plástica, kitsch, horrorosa y divertida. Quizás lo que diferencia a Ed Wood y John Waters es la forma en que enfrentan en sus escritos este mundo que retratan. Mientras el primero lo hace forzando torpemente los parámetros cinematográficos y literarios en una copia absurda e inútil de mil textos ya escritos, John Waters se complace en la basura, en lo que nuestra cultura desecha y no quiere ver, encontrando en ello una belleza alternativa y libre de ataduras estéticas.

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Rodrigo Costas

Licenciado en Literatura de la Universidad Católica de Chile. Es fanático de los cómics desde niño. Además, pinta, ilustra y escribe. Ha ganado diversos concursos de cuentos. Actualmente trabaja como profesor.

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