Katherine Mansfield: La escritora de mil caras

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El hallazgo de veintiseis poemas desconocidos de Katherine Mansfield –en una biblioteca de Chicago- nos hace volver a recordar la vida y obra de esta gran escritora neozelandesa, famosa por su diario de vida y por sus cuentos llenos de ironía y descripciones certeras, con los que criticó a hombres y mujeres, y el snobismo y la frivolidad que la rodeaba.

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Katherine Mansfield

Katherine Mansfield (1888-1923) fue una escritora de varias caras. Para algunos, una mujer vulnerable y enfermiza; para otros, una artista ambiciosa de apellido Beauchamp, que venía de la colonia inglesa de Nueva Zelanda, y que fue capaz de construirse –con casi un siglo de retraso- una carrera romántica. Una mujer a la que sus conocidos describieron como pálida y también como oscura, como muy delgada y muy gorda, como elegante y también como vulgar. Una mujer que, según su amigo Leonard Woolf, tenía una cara como una máscara, y que a muchos disgustaba –tanto como persona como escritora-. Pero que a la vez fascinaba, tanto que su vida ha aparecido en importantes biografías, y cuya obra sigue siendo profusamente leída, estudiada y comentada aún a 92 años de su muerte.

Mansfield era, en la práctica, feminista de tomo y lomo: determinada a trabajar y ganarse la vida a través de su escritura.

La última noticia sobre ella apareció hace unos meses, a raíz del hallazgo que hizo Gerri Kimber, académica inglesa y miembro de la Katherine Mansfield Society, quien encontró en la biblioteca Newberry de Chicago veintiseis poemas desconocidos de la escritora, y que probablemente la misma Katherine Mansfield se negó a hacer públicos por pertenecer a uno de los períodos más dolorosos de su vida. Los poemas –fechados entre 1909 y 1911- fueron escritos en los años en que la escritora se embarazó de un músico, perdió a su hijo y fue llevada por su madre desde Londres a un balneario en Baviera en busca de un tratamiento con aguas para curar su lesbianismo, pero donde terminó conociendo a quien le arruinó la vida: el escritor polaco Floryan Sobieniowski, quien no solo le enseñó a Chéjov, sino que también la engatusó, la chantajeó y le contagió una enfermedad venérea que dejó su salud debilitada por siempre. En la carpeta encontrada en Chicago aparecen según la profesora Kimber- varios poemas de la Mansfield dedicados a Floryan que podrían realzar su imagen de poeta que por años ha sido eclipsada por su excepcional carrera como cuentista-, además de un par de cartas a su editor, donde le rogaba que publicara sus poemas, aunque por su espíritu veleidoso después haya querido eliminarlos.

Retrato de Mansfield por Anne Estelle Rice (1918)Fue una escritora de muchas caras. Podía ser amiga, a la vez, de D.H. Lawrence y su esposa, y de Virginia y Leonard Woolf, a los que llamaba los “wolfes” (lobos). Y podía negarse a participar de la causa sufragista en el Londres de 1908 (quizás porque había visto que la llegada del voto femenino en Nueva Zelanda no había traído muchos cambios para las mujeres), y en la práctica ser una feminista de tomo y lomo: determinada a trabajar y ganarse la vida a través de su escritura, ser osada en su sexualidad y no sentirse atraída por la idea del matrimonio.

Gran observadora, en sus muchos cuentos pueden verse estas distintas facetas. A veces, sus dardos van dirigidos hacia los hombres –a los que suele caracterizar como torpes, crueles e insensibles-, otras veces hacia los pobres, como en “La casa de muñecas”. Y otras veces hacia las mujeres, como en “Marriage à la mode”, donde retrata a una esposa superficial y vana que comienza a cambiar luego de conocer a una tal Moira Morrison que la lleva a París; una esposa que, de un día para otro, ya no soporta vivir en su antigua “covacha” y le exige a su marido una casa más grande, donde suelen llegar sus nuevos amigos –un grupo bastante frívolo- mientras el marido trabaja en la ciudad. “Pero lo más imbécil, lo que era realmente extraordinario, era que no había tenido ni la más ligera sospecha de que Isabel no fuese tan feliz como lo era él. ¡Dios mío, qué ceguera!”, se lamenta el marido de la protagonista.

Niñas aburridas, mujeres insatisfechas

Nacida en Wellington, Nueva Zelanda, Katherine Mansfield se fascinó con Londres desde muy joven, cuando fue enviada por sus padres a estudiar en el Queen’s College. Y no quiso volver nunca más a su país de origen -pese a los intentos de su madre-, porque sentía que en la capital inglesa estaba todo lo que ella necesitaba: sus novelas de fin de siglo, el amor, la libertad, y por supuesto, su trabajo como escritora. En Londres comenzó su relación –no exclusiva y con intermitencias- con John Middleton Murry. el escritor que se encargará de publicar sus cartas y su diario de vida luego de la muerte de la escritora. Y también en Londres publicó su primer libro de cuentos –En un balneario alemán (1911), que tuvo poco éxito- inspirado en los alemanes que conoció en su estadía en la pensión de Baviera.

En 1916, luego de la muerte –en el frente- de su querido hermano Leslie, Katherine Mansfield se adentró en el período más triste de su vida, y a la vez, en el más productivo de su carrera. Enferma y débil por la tuberculosis busca en distintos sanatorios y países de Europa una cura para su enfermedad, mientras escribe más cuentos. Su segundo libro Felicidad y otros cuentos (1922) reúne narraciones inspiradas en su natal Nueva Zelanda las escribió pensando en su hermano y en la época en que los dos estaban vivos- y donde la escritora recurre a la observación y la ironía para hablar de la clase alta y sus mujeres aburridas e insatisfechas. Mujeres que se desdoblan para enfrentar su descontento, como la joven Beryl de “Preludio” que siente que “era su otro yo el que había escrito esa carta, y ésta no solo aburría a su verdadero yo, sino que además lo asqueaba”; o que son frívolas como la protagonista de “Felicidad” que se dedican a la vida social -mientras sus hijos son criados por niñeras- y a quienes les preocupa más organizar comidas con personajes de moda, como el “muchacho joven, llamado Eddie Warren, que acababa de publicar un tomito de versos y a quien todo el mundo invitaba a cenar”, que ver las fallas de su propio matrimonio.

9788489846944Muchas veces clasificada como modernista, los relatos de la Mansfield son claros, irónicos, crueles y desesperanzados. Y tienen observaciones tan vívidas y precisas que a ratos nos recuerda a Dickens- que es imposible no sentirse dentro de la cada escena de sus cuentos. En su último libro, Fiesta en al jardín y otros cuentos (1922), que publicó un año antes morir, estas descripciones parecieran abarcar todos los sentidos, y es imposible como lector no sentir el gozo de las mujeres de “En la Bahía”, que esperan que el padre se vaya a trabajar para pasar “su día perfecto en la playa”, o sufrir con el horror, la oscuridad, la violencia y la pobreza de “La mujer en la tienda”.

Sus cuentos son sensibles, pero no sentimentales. Como quizás lo fue la propia autora, quien a sus 34 años y en su lecho de muerte en Fontainebleau, siguió conservando su ironía y lucidez características. En su último cuento, “Fiesta en el jardín”, nos muestra a una niña rica que se siente atraída por el mundo de los pobres (“¿Por qué no tendría amigos obreros en lugar que todos aquellos muchachos adinerados que la sacaban a bailar y a los que invitaba a cenar los domingos?”). Una niña que nos recuerda a la Mansfield, la joven burguesa que renegó de sus comodidades y optó por una vida errante y pobre, por el trabajo, la promiscuidad y el sufrimiento, pero que logró hacerse de un nombre dentro de la vanguardia literaria de una época.

Autor: Soledad Rodillo (57 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura de la Universidad de Chile. Lectora empedernida, dedica su tiempo a escribir artículos culturales para diarios y revistas especializadas. Es colaboradora estable de nuestro blog.


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