Entrevistas

Kristina Cordero, académica, traductora y escritora. “Creo que ya llegó la hora de redefinir lo “literario”

Valentina Bravo Por Valentina Bravo

En julio de este año, fue publicado en la revista inglesa International Information and Library Review el artículo de la investigación de Kristina Cordero “Millennials in the stacks”, donde describe y analiza el el mundo de la lectura juvenil, levantando datos en bibliotecas públicas, entre las que se sumó Biblioteca Viva. ¿Que les interesa leer? ¿Qué hábitos lectores tienen? ¿Cómo se relacionan con el espacio de la biblioteca? Son algunas de las preguntas que este estudio intenta responder.

Los millennials son una generación bisagra, que se desenvuelve entre el mundo digital, y su formación proveniente de un contexto escolar tradicional del siglo XX.  Son más individualistas, construyen su propio camino lector, pero la abrumante cantidad de información disponible también les juega en contra para encontrar autores que sean de su interés. El rol del mediador en este punto es fundamental, sin embargo, debe conocer a su público y alejarse de las ideas preestablecidas sobre los jóvenes.

Kristina Cordero, actual Directora del Diploma en Edición y Publicaciones de la Facultad de Letras de la PUC, y ha trabajado durante veinte años en el sector de la edición como traductora, periodista y escritora, con más de veinte traducciones a su haber, entre ellas novelas, libros de no-ficción e infantiles. En el campo académico es Directora del Diploma en Edición y Publicaciones de la Facultad de Letras de la PUC, y ha desarrollado diversas investigaciones en torno a los intereses y prácticas de los usuarios de biblioteca. Conversamos sobre Millennials in the stacks, más allá de los estereotipos que abundan en los medios sobre los millennials,  porque “queríamos ir más allá de los titulares y las conclusiones fáciles”.

-El título del artículo me llamó mucho la atención “Millennials in the stacks” ¿Por qué escogiste este título?

-Lo elegimos porque mientras realizamos el estudio pasamos mucho tiempo visitando bibliotecas en diferentes comunas de Santiago, y Pablo Chiuminatto, mi co-investigador y para mí, lo que más nos motivó fue la idea de retratar las experiencias de personas dentro del espacio físico de la biblioteca– así que eso de “in the stacks” era una alusión a esa experiencia de estar sentado/a en alguna silla o butaca, entre libros. La experiencia física de estar en la biblioteca es algo que ahora resulta tremendamente significativo ya que todo se ha desplazado forzosamente hacia el entorno digital debido a la pandemia. En cuanto a la palabra “millennials”, la usamos porque nos interesó explorar las prácticas y los hábitos de gente entre los 18 y 29 años. Ha habido estudios sobre niños, y de adultos en general, pero nada que retrataba al segmento de millennials. Hay montones de estudios sobre comprensión lectora de niños de edad escolar pero después de eso había un vacío. En los medios uno encuentra muchos estereotipos acerca de los millennials, y queríamos ir más allá de los titulares y las conclusiones fáciles. Nuestro estudio demostró que por lo menos nuestros participantes tenían hábitos, actitudes y gustos variados e incluso un poco contradictorios.

– Describes en tu investigación que los  jóvenes millennials, se caracterizan por preferir la autonomía e individualidad para su búsqueda de intereses ¿Qué consejos darías a los mediadores de lectura para acompañar a esta generación en su camino literario?

– Esta generación es la primera en descubrir las posibilidades infinitas que existen en internet para entretenerse y descubrir intereses nuevos. Y creo que esa amplitud tiene una doble cara. Si tu sabes que te fascina la cultura coreana, puedes autoguiarte hasta encontrar lo que te interesa. Pero si no tienes un objetivo de búsqueda, entonces esa amplitud puede ser aplastante y desmotivante. Y es ahí donde un mediador de lectura puede ser crucial. Desarrollar gustos de lectura siempre ha sido un proceso muy íntimo e individual —cada individuo es un mundo de intereses, y gustos en desarrollo, y uno necesita cierta autonomía para encontrar ese camino. Pero son muy pocas las personas que han desarrollado sus intereses de lecturas sin aportes de otros, incluso en esta generación.

Aparte de las prácticas literarias estrictamente hablando, me impresiona la sofisticación con la que la gente más joven logra desarrollar intereses propios, encontrar nichos de cultura y entretenimiento, solos. Creo que los millennials y las generaciones más jóvenes están accediendo con mucho entusiasmo a la cultura a través de sus teléfonos. 

Porque por una parte se habla de autonomía y por otro el mediador es quien puede recomendar, dar otras posibilidades.

-Cuando conversamos de este tema en nuestros grupos de discusión, algunos dijeron que querían recomendaciones y apoyo del personal de la biblioteca, y otros categóricamente que no. Así que creo que es muy importante sondear bien a la gente que viene a la biblioteca, observar qué quieren y de ahí adaptarse a lo que ellos indican con sus preguntas, sus gestos, sus actitudes. Si quieren conversación, tomar el tiempo para establecer ese vínculo y no limitarse a la “transacción” como dijo uno de nuestros participantes. Eso requiere afinar la habilidad de escuchar y “leer” a la gente. Sí importa la recomendación de alguien informado- y es una oportunidad para que el personal de la biblioteca se involucre. Hay diferentes formas de hacer eso: colocando sugerencias del personal en las estanterías, haciendo pequeñas muestras en el espacio de la biblioteca de tal o cual tendencia literaria, destacando ciertos tipos de libros, para que la biblioteca no sea un mar de libros anónimos.

Biblioteca Viva

-¿Cómo podríamos avanzar hacia una reconciliación del sistema educacional con los intereses y caminos literarios de los jóvenes ?   

-Los millennials tienen la particularidad de haber vivido su escolaridad con profesores anclados en las tradiciones del s. XX; así que ha sido disruptivo para ellos descubrir y desarrollar intereses por internet, con todas sus posibilidades de información y comunicación, e ir a la escuela y escuchar un discurso sobre lo que deben leer. En el estudio, vimos mucha frustración con la selección de textos en la escuela, el canon literario que obligaban a leer. Para los docentes sería muy interesante conectar con lo que los alumnos están leyendo fuera de la sala de clase. Y no me refiero solo a libros sino que la información que consumen, los sitios que visitan para entretenerse, los juegos que juegan, por ejemplo, para entender qué es lo que les entusiasma en cuanto a cultura y entretención, narrativa. Descubrirán cosas interesantes. Y abrir esa conversación un poco, dejar entrar un poco de aire al aula. Eso no significa abandonar el canon, sino diversificar lo que se conversa en torno a literatura y lectura en general. Para que los alumnos vean que todos los días están leyendo y escribiendo a pesar de que digan “no me gustan los libros”. Hay que ampliar la mirada y validar sus intereses y prácticas auténticas, que hacen por motivación propia o intrínseca.

Entre los resultados, si bien se observa una diversidad de géneros literarios que son de interés para esta generación, la poesía ocupa sólo un 5% de las elecciones ¿Cómo crees que los mediadores deberían enfrentar este desafío?

-Creo que en Chile existe una gran solemnidad y miedo en torno a este género, por los premios Nobel y otros grandes poetas, pero poca cercanía con ella, y cierto aburrimiento con los “poetas de siempre” y cómo se aborda en la escuela. De nuevo, es como una obligación; para mucha gente la poesía es una especie de “elefante blanco” – saben que es valioso, un “regalo” importante a la cultura, pero requiere tanto trabajo que ya no interesa mucho mantenerlo. Así que no lo quieren mirar – eso fue lo que nos dijeron en nuestra encuesta, lamentablemente. No trabajo en las escuelas así que no sé qué ocurre en las aulas, pero esto no se trata de las aulas solamente. Si profesores y bibliotecarios pueden ampliar la oferta, dinamizar la enseñanza, y sobre todo desmitificar la comprensión de la poesía, la gente se sentiría más cómoda con la poesía y más inspirada a leerla.  Hay que ir más allá de los premios Nobel y los nombres que aparecen siempre— textos más contemporáneos y de tradiciones diversas, de autores dentro y fuera de Chile. Y los que hacen mediación de lectura con poesía deben estar fascinados con la poesía, y saber comunicar ese entusiasmo; solo así podrán entusiasmar al otro.

¿Crees que encontramos un nicho potencial en el mundo de cómic y narrativa visual para involucrar a los jóvenes en el mundo de la lectura? ¿En qué sentido?

-Sí, creo que las narrativas visuales son un mundo fascinante de lectura y están apareciendo cada vez más libros de este tipo. Existe todo un género de narrativa visual autobiográfica (para jóvenes y también para adultos) que son buenos para iniciar a la gente en la lectura, sobre todo para quienes no se sienten tan atraídos a las novelas tradicionales (digo, de texto sin ilustraciones). También hay versiones gráficas de novelas clásicas, series entretenidas, mucho. Mi hija de 12 años, por ejemplo, se quedó impactada con una versión gráfica de Anne Frank, y ahora está leyendo la versión tradicional, pero conociendo la historia así que la lectura se le hace más fácil. Es interesante, también, pensar en cómo un profesor o un mediador de lectura podría guiar a los lectores a leer las imágenes. En general la gente tiende a leer estos libros más rápidamente pero muchos de estos libros ameritan una lectura pausada, para absorber lo que las imágenes y la diagramación comunican. Y eso, en nuestros tiempos, es cada vez más importante: saber qué dicen las imágenes con las que los medios nos bombardean a diario.

La crisis sanitaria nos terminó de impulsar a los menos digitales al mundo digital, sin embargo, esta generación viene desarrollando prácticas literarias digitales desde hace varios años ¿Qué prácticas literarias rescatas de esta generación que son interesantes de comprender?

-¡Son muchas! En términos estrictamente literarios, el fanfiction es una práctica fascinante: es cuando un ‘fan’ de tal o cual novela, serie televisiva, película, escribe un texto de ficción original a partir de los personajes o situaciones de ese contenido base. El género está evolucionando muy velozmente y mutando en diferentes sentidos. Si en un principio fanfiction era, como su nombre sugiere, ficción sobre textos literarios y aparecía impresos y online, ahora suele ser una combinación de diferentes modos de comunicación —texto, imágenes, video, etc.— con un componente de edición ya que existen tantas herramientas audiovisuales gratis online. Los fans de música están inventando todo tipo de creaciones en base a sus bandas favoritas, y no solo a partir de sus letras, sino también de sus producciones multimediáticas. Y yo diría que esa es una práctica literaria de algún modo. También la ficción online (que irrumpió masivamente con sitios como Wattpad) es muy interesante porque permite que los escritores encuentren públicos sin editoriales de por medio. Sirve para fomentar la conexión y conversación entre escritores y lectores y demuestra que la escritura no es una vocación tan solitaria. Pero aparte de las prácticas literarias estrictamente hablando, me impresiona la sofisticación con la que la gente más joven logra desarrollar intereses propios, encontrar nichos de cultura y entretenimiento, solos. Creo que los millennials y las generaciones más jóvenes están accediendo con mucho entusiasmo a la cultura a través de sus teléfonos. Y que ya llegó la hora de redefinir lo que significa ‘literario’.

¿Cómo incentivar la participación de jóvenes en las bibliotecas?

-Creo que la respuesta es diferente para cada biblioteca. La clave, creo, está en conocer el público que cruza sus puertas, algo que va mucho más allá de una encuesta y un par de focus groups como nosotros hicimos. En una biblioteca pública que visitamos, el bibliotecario nos contó que se dieron cuenta de que sus usuarios estaban sacando manga a lo loco, así que conversaron con los usuarios para saber qué títulos querían, recogieron esa información y postularon a un fondo para comprar más. Así fueron actualizando las colecciones con sentido y en el proceso consolidando la relación con el público. En otra biblioteca se hicieron clases de español para haitianos recién llegados, dándoles una herramienta esencial y también un espacio para hacer comunidad. En otra, una señora que atendía al público también hacía taller de arpillera, porque había usuarios de la biblioteca querían aprender de ella. Así se genera el vínculo humano que hace que la biblioteca no sea simplemente un espacio para sacar libros. Al final la biblioteca es mucho más que sus libros. Y ahora estamos viendo fuertemente cómo es posible construir comunidades online potentes.

Biblioteca Viva

Describes en la investigación que los nuevos medios funcionan como mediadores para los jóvenes ¿Cómo nos involucramos como mediadores de carne y hueso a estos nuevos medios?

-Esto es muy interesante, y tal vez más simple de lo que parece. Al decir eso en el estudio, nos referíamos a que los nuevos medios a veces nos dan un camino “de regreso” hacia la lectura tradicional, algo sorprendente en un principio, pero muy natural en la práctica. Es un descubrimiento que contrasta totalmente con el discurso de la gente alarmista que habla de las adicciones a las pantallas, que instala esta cultura del miedo alrededor del uso de internet, y lo antisociales que nos hemos vuelto. En nuestra investigación, uno de los participantes resumió de manera muy elegante este concepto:  nos contó que se había fascinado con la mafia y se puso a buscar información en internet, y en algún sitio web supo que El padrino era una novela, y decidió leerla –fue la primera novela que leyó simplemente porque sí. Y se quedó leyendo hasta ser un usuario frecuente de su biblioteca. Así que, entendiendo que por supuesto se puede abusar del tiempo ‘conectado’ también pasan cosas sorpresivas, y el uso de internet de una persona joven no significa que no va a abrir un libro, o que va a desarrollar un trastorno de personalidad. Los caminos no son tan lineales.

Describes la importancia de desarrollar investigación focalizada en prácticas lectoras de ciertos tipos de públicos ¿Qué otros públicos sería interesante estudiar en nuestro país?

-Creo que siempre es interesante estudiar los niños y la lectura, pero también la gente mayor, ellos son otro grupo que suele quedar fuera y curiosamente son un segmento muy importante en el mundo de las bibliotecas. El año pasado trabajé en un proyecto con “abuelos” y me fascinó. Creo que no les damos el tiempo que ameritan. También grupos minoritarios o que tienen poco acceso a la cultura por donde viven.

A partir de este primer acercamiento al mundo Millennials y la literatura ¿Qué otras investigaciones piensas desarrollar?

-Me encantaría hacer un estudio de clubes de lectura, tanto presenciales como digitales; de comunidades de lectores y escritores en internet. O consumo cultural entre gente joven pero en un sentido más amplio. También – en este estudio nosotros nos limitamos a usuarios de biblioteca en la Región Metropolitana y me encantaría conocer un poco más de las experiencias de lectura fuera de Santiago, para entender los desafíos, los intereses y las preferencias fuera de Santiago y en comunidades menos representadas.

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Valentina Bravo

Socióloga, productora cultural, cultora de danzas tradicionales africanas, y música. Con experiencia en diseño, implementación, análisis y evaluación de investigaciones y proyectos culturales con enfoque social. Colaboradora de diversos proyectos en el sector, incluidas las redes asociativas TRAMUS, ROMMDA y Trabajadores de las Danzas.Actualmente es parte del equipo de Evaluación de Proyectos de Fundación de La Fuente.

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