Reportajes

La biblioteca de Alberto Fuguet

Luis Mario Venegas Por Luis Mario Venegas

Fuguet no muestra su biblioteca por cábala. Cree que al no conocerla nadie y ordenarla de vez en cuando, hace que finalmente sus libros -está terminando de escribir uno- siempre se publiquen. Pese a eso, se anima a reflexionar cómo es el ritual que tiene con los libros que acumula. Ordenar mi biblioteca, es como...

Fuguet no muestra su biblioteca por cábala. Cree que al no conocerla nadie y ordenarla de vez en cuando, hace que finalmente sus libros -está terminando de escribir uno- siempre se publiquen. Pese a eso, se anima a reflexionar cómo es el ritual que tiene con los libros que acumula.

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Ordenar mi biblioteca, es como ordenar mi departamento. El rito es éste: cada vez que tengo un libro nuevo, es decir, cada vez que me llega uno mío, a mi casa, desde la editorial, ordeno mi biblioteca y mi casa vuelve al equilibrio que tenía antes de sentarme a escribirlo. Instancia donde aprovecho para despejar, botar, donar y seleccionar algunos. Este proceso de selección es tan fascinante como intenso y requiere de agallas, brío y decisión. Nada de pensarlo tanto. Se queda o se va. Es un poco a jugar a Dios. A decidir quién muere, con quién quieres quedarte, con quién te has unido y con quién te has ido alejando. Se quedan, pase lo que pase, aquellos a los que yo hice un esfuerzo para que me los firmaran; aquellos que creo que volveré a releer y esos que simplemente quieres, porque están subrayados en extremo, porque sí.

Mi biblioteca debe parecerse a mí, no debe tener libros que nunca voy a leer o algunos “convenientes” para que parezca más culto o ilustrado de lo que soy

También analizo lo que llamo “el factor autor”. De pronto, está ese libro solo, huacho, único, de un autor. A veces ese autor no tiene otro libro. O tiene otros pero son malos o no me interesaron o francamente no me gustaron. ¿Vale la pena tener toda su obra entonces? No. Insisto: esto no es coleccionar estampillas. En cambio hay otros de los cuales deseo tenerlos todos. Mi biblioteca debe parecerse a mí, no debe tener libros que nunca voy a leer o estar llena de algunos “convenientes” para que parezca más culto o ilustrado de lo que soy ¿La biblioteca no es acaso un lugar sólo para aquellos más cercanos?”.

Con ciertos autores me gusta tener varias y repetidas ediciones de sus libros para tener y ver las distintas portadas. Mi mejor colección es, creo, de Puig y de Vargas Llosa. Me encanta la edición naranja de Historia de Mayta. Aunque no tengo autores favoritos, ya que siempre van mutando con el tiempo. De los cerca de 2.000 libros que acumulo, la mayoría está en inglés. Todos están ligados a recuerdos. Son como las fotos. Me atrae la idea de que los libros se transformen en algo así como cadáveres después de una batalla y estar rodeado de colegas que lo lograron. Me gusta que los libros nuevos que he ido adquiriendo durante este proceso de escritura o filmación se acumulen de manera arbitraria y terminen como los restos que quedan después de que pase, por ejemplo, un huracán. Mi departamento tiene algo post Katrina.

Digo esto, porque mi biblioteca no es inmensa pero sí traspasa habitaciones. Es algo orgánico. La parte principal está en el living y el living está fusionado con la cocina. Tengo libros por todas partes, llenos de polvo y que aún no encuentran su lugar en las estanterías. Yacen ahí, en mesas, arriba de un sofá, en el suelo, amontonados en la escalera, provocando un caos que casi parece diseñado por una directora de arte encargada de ambientar la casa-cliché de un autor excéntrico. En otra pieza, tengo libros mejor clasificados de periodismo, no-ficción y cine, que se ha vuelto, de un tiempo a esta parte, mi favorita. En otra pieza hay solo ficción ordenada alfabéticamente. Todos los libros están en estantes de madera, sin vidrio, pintados de blanco.

Eso sí, soy algo fetichista con las ediciones y traducciones de mis libros. Tengo un estante, aislado y un tanto narciso. De hecho, uno de los motivos de por qué escribo es para tener textos con mi autoría. Es el lugar más importante. No es un altar a mi ego sino algo así como un museo de alguien que fue a la guerra y terminó encontrando un nuevo país.

Leer es algo sensual.

Supongo que mi mamá, mi tío, los scouts y la cultura imperante estando en Estados Unidos me motivaron para querer leer con frecuencia. La biblioteca era parte de la vida, como el baseball. En Chile, supongo que mi abuelo y mi propia necesidad de buscar libros en inglés me llevó a la lectura. Los que había en la calle San Diego, usados, eran casi todos best sellers, y luego los que me prestaba una profesora clave de castellano en el colegio.

Partí leyendo muchos de bolsillo en inglés de autores de aeropuerto que le sacaba a un tío mío que viajaba mucho. Leía libros malos con impresionantes escenas de sexo. Las novelas de Irving Wallace, de Sydney Sheldon, de Jeremy Archer, de Harold Robbins me las devoré. Me encantaría volver a leer –y tener- Hombre rico, hombre pobre de Irwin Shaw. Me encantaba leer las novelas que luego se hicieron películas: Tiburón, La aventura del Poseidón o los mamotretos históricos de James Michener. No tengo ninguno de esos libros y quizás empiece a comprarlos. Tal como he ido comprando las obras completas de autores que he leído a medias y que deseo leer más: Ellroy, Chandler, Salinger y Leonard.

Sigo buscando respuestas, aventuras. Identificarme. Dudar. Sentirme parte de esa experiencia. Incluso, algo que pueda copiar.

¿Cuándo formé mi primera biblioteca? Cuando empecé a comprar libros por elección propia. En mi caso fue en la universidad, estudiando Periodismo. Ahí, me di cuenta que esos libros son propios. Que los compré no porque tenía que leerlos para el colegio. Cuando me di cuenta que me gustaba colocarlos arriba de mi cama, en una repisa. Cuando me di cuenta que esos libros que iban formando mi biblioteca era justamente para no prestarlos, sino para conservarlos. Eran, en el fondo, recuerdos de unos viajes que hice por mi cuenta. Viajes que me importaron. En esa época compraba novedades: el nuevo de Vargas Llosa, el nuevo de García Márquez o encargaba libros de Bukowski a España.

Más allá de nombrar ciertos autores, con mis 49 años de edad, sigo buscando respuestas, aventuras. Identificarme. Dudar. Sentirme parte de esa experiencia. Incluso, algo que pueda copiar. Aunque es evidente que no he leído todo lo que tengo o encargo de Amazon. Reconozco que son pocos los libros que leo que me han sido regalados por sus propios autores. En ese sentido, considero que leer es algo sensual: uno tiene que tener el deseo. Si es al revés, es atosigarse a sí mismo.

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Luis Mario Venegas

Periodista y Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Esta sección es parte de su tesis “Vivir con libros: Bibliotecas personales de 13 escritores chilenos”.

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