Las clases de literatura del maestro Cortázar

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Entre octubre y noviembre de 1980 el escritor argentino visitó la Universidad de Berkeley para dialogar sobre sus obras y su experiencia como escritor. Con su característica templanza y demoliendo cualquier imagen académica, Cortázar emprendió con sus alumnos un viaje al centro de la literatura.

Julio Cortázar - Clases de Literatura. Berkeley, 1980

“Quiero decirles que agradezco profundamente la fidelidad y la atención con que han seguido esto que no era un curso, que era algo más creo yo: un diálogo, un contacto”.  Cuarenta y tres años después y toda una vida literaria de por medio, Julio Cortázar vuelve a dejar la tiza en el pizarrón para concluir y despedirse de un grupo de estudiantes. Esta vez no son sus alumnos de la Escuela San Carlos de la ciudad de Bolívar -donde dictó su primera cátedra el 31 de mayo de 1937-, sino decenas de jóvenes que cursan estudios de español y portugués en la Universidad de Berkeley, y los cuales han tenido la oportunidad de conversar durante ocho clases con el escritor argentino además de literatura, sobre cine, música y política.

Tienen que saber que estos cursos los estoy improvisando muy poco antes de que ustedes vengan aquí

En la primera clase llamada Los caminos de un escritor se distingue a un profesor diferente. “Tienen que saber que estos cursos los estoy improvisando muy poco antes de que ustedes vengan aquí; no soy sistemático, no soy un crítico ni un teórico, de modo que a medida que se me van planteando los problemas de trabajo, busco soluciones”.

Ya en la primera jugada Cortázar derriba la jerárquica relación alumno-profesor y la sala se riega de ingenio y complicidad; es la presencia de un conversador natural que expresa sus ideas y opiniones como si las estuviera redactando en su querida máquina Olivetti Lettera 22. En el prólogo, Carlos Álvarez Garriga, editor del libro, corrobora esta cualidad: “Transcribir estas trece horas de charla ha sido muy fácil”.

JULIO-CORTÁZAR

El Cortázar docente es una etapa poco revisada en la vida del autor trasandino. Pero el propio Álvarez Garriga, junto a la primera esposa y albacea del escritor, Aurora Bernárdez, dan pistas al respecto cuando lanzan en 2009 los cinco volúmenes de las cartas de Julio Cortázar. En el primer tomo, que corresponde al periodo como maestro en los suburbios de Bolívar, Chivilcoy y posteriormente en la Universidad Nacional de Cuyo, Cortázar señala: “Debo haber tenido cien profesores y sólo me acuerdo de dos. Yo me tuve que aguantar una educación en la que muchos de mis profesores eran vejigas infladas, pomposas y pedantes”.

Sin embargo, en este auditorio de la ciudad de San Francisco, en California, está sentado el profesor menos pretencioso del mundo. “Les pido que no se asusten por las tres palabras que voy a ocupar a continuación…”, les dice a sus estudiantes cuando se refiere a las etapas de su trayectoria como escritor.  Nombra y de paso lanza una primera autocrítica a su primera fase estética de posguerras, cuando la actividad intelectual brillaba en Buenos Aires con Borges como autor ejemplar, y en sus cuentos primaban los mecanismos literarios al servicio de lo fantástico. El puente hacia la órbita metafísica-explica Cortázar- está dado por el cuento El perseguidor, donde asoma en carne y hueso el gran Johnny Carter abordando sus problemas psicológicos y existenciales. Su etapa histórica -comenta en detalle durante esta primera clase- florece a la par de la Revolución Cubana y su consciencia de “latinoamericano escritor”.

La metodología es fácil de llevar: la primera parte de cada charla Cortázar comparte sus conocimientos y reflexiones, para luego abrir un diálogo con los estudiantes. En la segunda clase dedicada a la cuestión del tiempo en el cuento fantástico, un alumno le pregunta si puede hablar sobre La noche boca arriba. Con sencillez responde: “Lo iba a hacer en la próxima clase, pero también podemos cambiar el tiempo, ya que en eso estamos, y convertir así un futuro en un presente; es muy fácil hacerlo con las palabras”. Cortázar se brinda, disfruta, entra en sintonía con los estudiantes mayormente estadounidenses.

Berkeley no había sido la primera universidad norteamericana en ofrecerle un cargo como profesor invitado. En 1969 la Universidad de Columbia debió sufrir la negativa del autor de Rayuela, porque le parecía que asistir era promover una “fuga de cerebros” y validar una política imperialista de los Estados Unidos, que tenía en aquel momento como ícono la Guerra de Vietnam, así como su política de patio trasero respecto a Latinoamérica. El gran articulador que hizo posible la visita en 1980 fue el escritor, investigador e intelectual peruano José Durand Flores, gran amigo de Cortázar, quien le ofreció en Berkeley unas “condiciones excelentes para trabajar poco y leer mucho”.

En la tercera clase aborda el tema de la fatalidad. La atmósfera de sala de clases lo aburre y le parece lamentable no poder reunirse bajo los árboles. “Si les sirve de algún consuelo yo estoy más incómodo que ustedes porque esta silla es espantosa”. Cortázar tiene pasta de profesor iconoclasta y cautiva a su auditorio con las lecturas en voz alta de El ídolo de las Cícladas, Continuidad de los parques y Autopista del sur.

Continuidad de los parques from Pardelión on Vimeo.

La clase siguiente, dedicada al cuento realista, ya se advierte a un Julio Cortázar en plena confianza con sus alumnos. Antes de comenzar agradece las entrevistas que ha tenido fuera de clases con algunos de ellos y las cartas que le han hecho llegar con preguntas, críticas y puntos de vistas. Para el escritor son una muestra de amistad. La charla continúa con la lectura de Apocalipsis en Solentiname, la cual termina, pregunta mediante, en una digresión hacia la figura del poeta Ernesto Cardenal y luego al salvadoreño Roque Dalton. Son los 80, plena fase histórica en la escritura de Cortázar, y en Centroamérica la Revolución está caliente.

A partir de la quinta jornada Cortázar percibe que el tiempo irremediablemente comienza a escasear. Las que siguen serán clases dedicadas a la musicalidad y el humor- con referencias a Ramón Gómez de la Serna y Boris Vian-, lo lúdico –haciendo brillar a sus cronopios, famas y esperanzas-, algunos apuntes a Rayuela y Libro de Manuel, para terminar con un capítulo entregado al erotismo en la literatura.

La última clase se convierte en un atolladero de preguntas quizás suscitado por las ansias de retener en el aula a Julio Cortázar. Aun así, responde fiel a su modo. Se fastidia cuando tiene que hablar de Heberto Padilla, analiza las razones del escaso oficio crítico en América Latina, responde trivialidades relacionadas con su altura y sus antepasados, una contenida alumna brasileña inquiere sobre la vitalidad de la literatura escrita en portugués, otro apunta algo sobre Luis Buñuel, una última estudiante pregunta sobre viejos pianistas de jazz, y así la conversación se va agotando como si cada uno de los presentes supieran que ha llegado a su fin un tiempo precioso.

El tiempo de un curso que fue algo más. Un tiempo que vale la pena recobrar en este gran libro cuando se cumplen cien años del nacimiento de Julio Cortázar. El querido maestro Cortázar.

AvatarAutor: Germán Gautier (36 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Tiene una pasión por las revistas que desaparecen, donde ha escrito sobre viajes, conservación ambiental y cultura.


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