Entrevistas

Leila Guerriero: “Pienso las crónicas como si fueran documentales”

Germán Gautier Por Germán Gautier

La periodista argentina visitó Valparaíso para participar del Festival Puerto de Ideas. En su estadía conversamos sobre su quirúrgico estilo narrativo, el interés por las historias mínimas y la definición de crónica. Nos sorprendimos con su interés por el cómic y recomendó crear un sector de no ficción en librerías y bibliotecas. Por Pablo Espinosa y Germán...

La periodista argentina visitó Valparaíso para participar del Festival Puerto de Ideas. En su estadía conversamos sobre su quirúrgico estilo narrativo, el interés por las historias mínimas y la definición de crónica. Nos sorprendimos con su interés por el cómic y recomendó crear un sector de no ficción en librerías y bibliotecas.

Por Pablo Espinosa y Germán Gautier

leila guerriero

A Valparaíso, que de lejos y por la noche se insinúa como un panal de luces, se le prendió este fin de semana una gran ampolleta. El anfiteatro natural dio lugar a un anfiteatro cultural. Y hasta el puerto llegaron de distintas partes del mundo una diversidad de artistas, científicos, pensadores. Las 20 mil personas que asistieron a las 38 actividades organizadas por el Festival Puerto de Ideas encontraron más que la postal de ciudad Patrimonio de la Humanidad, una forma de crear comunidad en torno a la palabra y el conocimiento.

Leila Guerriero estuvo en el puerto para aportar desde la escritura a este entretejido y lo hizo con su más reciente publicación, Una historia sencilla (Anagrama, 2014). A las 10:30 de la mañana del sábado 8 ya estaba sentada en el edificio Juan Ignacio Molina, en el sector de La Matriz, para charlar con Matías Rivas, escritor y editor de la Editorial Universidad Diego Portales –donde Guerriero publicó Plano Americano y editó Los Malditos-. Un auditorio completo esperaba por conocer los entretelones del oficio de esta cronista argentina. La cronista que se refería Mario Vargas Llosa cuando señaló que “el periodismo puede ser también una de las bellas artes y producir obras de alta valía.”

«Yo feliz de responder, chicos», nos dijo cuando la encontramos en el hotel. Estos son 45 minutos con Leila Guerriero. Rec.

Foto: Festival Puerto de Ideas

Foto: Festival Puerto de Ideas

A Truman Capote, escritor y cronista, le preguntaron si un escritor puede aprender estilo. El respondió: “No, no creo que el estilo sea algo a lo que se llegue conscientemente, como tampoco llegamos al color de nuestros ojos. Al fin y al cabo, su estilo es usted. ¿Cómo descubrir y ejercitar el estilo propio? ¿Las escuelas de Periodismo van por el camino correcto?

A mí lo que me resulta un poco alarmante de la carrera de Periodismo –no en todas las universidades, pero sí en muchas- es que no hay una preocupación por el estilo. No hay una preocupación porque el estudiante logre una voz propia. Me parece que la vocación de la escritura implica necesariamente la vocación de encontrar un estilo.

Si vos tenés vocación de escribir es porque tuviste vocación de leer. No conozco a nadie que se haya levantado un día en una isla desierta y diga ‘quiero ser escritor’. Siempre vas a escribir porque primero leíste. Y si leíste, necesariamente tu estilo empieza a desarrollarse y montarse sobre la voz de otros. Al principio todos escribimos a la manera de los autores que nos gustan. Yo escribía ficción y cuando leí a Bradbury me la pasaba inventando novelitas de ciencia ficción y cuentitos. Cuando leí a Cortázar todas las mujeres tenían rulos y eran iguales a la Maga; cuando leí a  Bioy Casares las mujeres eran maravillosas, espléndidas, elegantes.

Me parece que la única manera de desarrollar un estilo es leyendo mucho.

Al principio la voz propia es una amalgama de todas tus convicciones, más todas esas voces que infectan buenamente tu prosa. Al principio no tenés una conciencia de eso, vas como una especie de larva ciega tentado entre un estilo y otro. Y me parece que la única manera de desarrollar un estilo es leyendo mucho, sobre todo para impregnarte de distintos estilos y para no creer que inventaste la pólvora, cuando ya la inventaron tantos otros antes. Y, finalmente, a mí me gusta mucho una definición que hace Ricardo Piglia del estilo. Él dice que un estilo es ante todo una convicción, y yo creo que hasta llegar a tener esa convicción uno se demora muchos años.

En tu caso,  ¿identificas un momento claro?

Sí. Hubo un momento en el que escribí un libro que se llama Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2006), que es el primer libro que publiqué. Pasaron dos cosas. No recuerdo si poco antes o poco después o durante la escritura de ese libro, yo leía a una autora norteamericana que se llama Lorrie Moore. Fue leerla y sentirme sumamente identificada con ella, con la idea de fragmentación, con la parquedad, con que no decir es más interesante que decir. Ahí descubrí muchas cosas y empezaron a salir en Los suicidas del fin del mundo. Antes de escribir este libro yo tenía una escritura más barroca. Los finales de mis textos eran como señalándole al lector el camino, eran más opinados, remarcando algunas aristas de los personajes de manera demasiado intrusiva. Ahora tengo la sensación de que todo es más ‘yo le muestro, usted decide’. Y eso fue a partir de Los Suicidas del fin del mundo: la parquedad del estilo, el cuidado extremo en no gastar un adjetivo de más, si pongo una metáfora en el texto trato que funcione como una especie de fuego volcánico en el medio del texto.

Y mucho después hubo un artículo, que se llamó El rastro en los huesos, donde ahí siento que empecé a montar. Cuando escribo pienso mucho las crónicas casi como si fueran documentales. Y ahí el montaje del texto, las escenas –suena raro esto, pero casi no hay intervención de la escritura- son como una serie de postales muy escuetas. Y de alguna forma el tono, el estilo, se te viene encima pero a través de un efecto más acumulativo. Siento que ahí también hubo otro click.

En tus crónicas siempre hay espacio para la descripción de lugares, personas, atmósferas. En Los suicidas del fin del mundo, por ejemplo, siempre está presente el viento. ¿Por qué es tan importante la descripción de los espacios?

La atmósfera tiene que formar parte de la información en un texto periodístico

Cuando uno escribe periodismo todo lo que tenga que ver con tratar de trasladar al lector hasta ese lugar que vos viste en primer plano y que el lector no tiene manera de ver es muy importante. Ser los ojos del lector, llevar al lector a ese escenario, mostrárselo, ser vos la cámara. El lector no puede ver si vos no le mostrás. Me gusta esta cosa de pensar no en un lector enceguecido por la prepotencia del periodista que supone que el lector ya conoce, se imagina o se puede imaginar, o porque el artículo va a llevar fotos. Entonces, yo me preocupo de describir. Siempre pienso que el texto tiene que ser una especie de mundo, de burbuja cerrada, y el lector tiene que encontrar todo lo necesario para hacerse una idea de la realidad que vos fuiste a ver.

La atmósfera tiene que formar parte de la información en un texto periodístico. El viento en Los suicidas del fin del mundo es información en algún punto. Es un clima que está puesto al servicio de transmitirle al lector la desolación, el abandono, la hostilidad, la agresividad de ese lugar. El viento no es un adorno. Está ahí porque a través del reporteo aparecía en los testimonio de la gente como ese factor que los impulsaba a una vida de encierro. Si le sacás el viento a Los suicidas del fin del mundo no es el mismo libro.

Foto: Carlos Andrés López

Foto: Carlos Andrés López

Gran parte de las historias que haces son de temas que podrían pasar desapercibidos, como el caso de la crónica del chino que atiende el supermercado cerca de tu casa. Parece que tuvieras un interés por las historias mínimas.

Lo del chino fue un encargo. La revista Lateral estaba haciendo un número especial sobre migrantes y me propusieron que escribiera una historia. A mí siempre me había llamado la atención la vida de Ale porque era el supermercadista chino de mi cuadra. Sentía que él sabía muchísimo de mi vida –por lo menos de mis consumos-, y yo no tenía idea de la vida de él. Pero sí, tengo un interés en las vidas mínimas. Los suicidad del fin del mundo y el último libro que publiqué, Una historia sencilla, versan completamente sobre historias que pasan en el interior del país. Me interesan mucho los personajes secundarios, la gente que pasó por algún momento de gloria y que hace 20 años no se sabe de ellos. O personajes que nunca ocuparon el centro de la escena, pero que son interesantes de todos modos. Creo que hay un interés por lo marginal, no por lo sórdido, sino lo que está en el margen, lo que no está iluminado por las luces del principal escenario, lo que queda en la periferia. Pero no en todos los casos, porque yo también hago mucho lo que se suele llamar periodismo cultural, y ahí sí me ocupo de gente que está muy en el candelero: Pigilia, (Guillermo) Kuitca, gente que tiene todos los faros puesto sobre sí todo el tiempo.

Me interesan mucho los personajes secundarios.

A mí me interesa mucho el tema del acceso, tener mucho tiempo para estar con la gente y poder hacerle varias entrevistas en distintos momentos. Y no solo entrevistas, sino lo que me permitió Kuitca, por ejemplo: verlo pintar, acompañarlo, estar en su taller, deambular por su casa para arriba y para abajo libremente sin que él me estuviera controlando. Y yo creo que la gente que está muy bajo de las luces, por poner un ejemplo extremo, Maradona o Messi, son tipos que no te permiten ese acceso, salvo que seas super amigo o chupamedias total. Y yo cada vez más siento que si no tengo una enorme llegada a la gente que entrevisto, me quedo con una versión muy poco parecida a algo que a mí me satisfaga. Uno nunca puede saberlo todo, pero tiene que tener antes de ponerse escribir la sensación de que lo sabe todo. Sin esa sensación –falsa, si querés- no escribís tan tranquilo. Y a mí me gusta escribir en esa paz de saber que traté hasta lo último.

Las faldas de la abuela y la no ficción

Podrías contar cómo fue el camino lector que iniciaste en Junín. ¿Quiénes leían y qué se leía en tu casa?

En casa se leía mucho. Papá era un gran lector, pero muy salvaje, muy silvestre. No era un tipo que leyera suplementos culturales y la literatura más clásica o seria lo aburría un poco. Un lector de Joseph Conrad, pero no de Stevenson. Era un gran lector de Bradbury, pero de algunos libros. A partir de El país de octubre dejó de leer a Bradbury porque se sintió decepcionado. Tenía esas cosas. No leía a Cortázar, salvo El perseguidor, que es un libro que le gustó mucho. Leía a Vargas Llosa, pero no leía La tía Julia y el escribidor o Pantaleón y las visitadoras; él leía los libros anteriores, La ciudad y los perros, Conversación en la catedral. Un tipo con un criterio propio muy alucinante y desprejuiciado. En mi casa había una biblioteca grande con todos estos libros, con mucha poesía –mi mamá leía a los poetas del siglo de oro español- y con libros de lo que llamaríamos mala literatura: Arthur Hailey, Wilbur Smith. Mucha historieta, mucha, mucha historieta y de mucha calidad. Siempre. Veías Oesterheld, Hugo Pratt. O sea, había una fascinación y devoción por el Corto maltés. Todos somos perdidos por el Corto Maltés. Yo no puedo viajar a ningún lugar del mundo, no puedo pensar en mudar mi biblioteca si no me llevo La balada del mar salado. Eso es la biblia.

Leíamos autores de historieta italiana. A veces cosas que incluso no eran para chicos, como Valentina de Guido Crepax, que era una cosa subida de tono, no porno, pero bien sexual, que ya lo leía a los 10 años. Había una cosa muy mezclada, muy ecléctica. Y el gusto por la lectura empezó por mi papá que me leía y mi abuela que me leía muchas historietas. Yo me acuerdo que cuando no sabía leer, de tres, cuatro o cinco años, estar sentada en las faldas de mi abuela y ella con el dedo me iba leyendo los globitos de la historieta. Qué se yo, historietas como Nippur de Lagash, Jackaroe. Con el cómic desarrollé un criterio propio muy fuerte.

Uno nota en tus crónicas y artículos ciertos destellos poéticos, por lo limpio y magro en la forma de escritura. ¿Qué tan importante es la lectura de poesía para tu narrativa?

La poesía viene también de la prosa, de algunas prosas que podrían no parecer poéticas. Yo, por ejemplo, encuentro una poética muy fuerte en David Foster Wallace. Hay un relato que está en un libro que se llama Entrevistas breves con hombres repulsivos. El primer relato es una demostración de pericia narrativa. Es todo un travelling con una cámara, sin un solo punto, son tres páginas maravillosas, maravillosas, maravillosas. Para mí eso también es lo que yo entiendo como poético, este fluir suave, como oval, una cosa muy orgánica, un mundo casi perfecto, lleno de emoción, cargado de un estado de ánimo muy fuerte detrás de esa prosa.

Una vez hablando con Juan José Millas, el novelista español, me decía que durante mucho tiempo, antes de escribir por las mañanas las dos o tres páginas que escribía por día, él se daba un colocón de poesía. Y yo creo que la poesía y muchas otras cosas funcionan como un colocón. Cuando uno no encuentra de pronto el tono de algo yo sí recurro a esa caja de herramientas y me doy un colocón. A veces ese colocón tiene que ver con la poesía, con un poema de Idea Vilariño, pero a veces tiene que ver con leer una pieza de Fogwill, a veces tiene que ver con la carta que le hizo el fotógrafo chileno Sergio Larraín a su sobrino. No es tanto lo que dicen, sino cómo lo dicen. Es como tomar aire y quedarte ahí. Buscás esos estados de ánimo para mover el mecanismo de la escritura hacia el lugar que te interesa.

En las bibliotecas y librerías es poco frecuente una sección exclusiva de periodismo ¿Crees que ya es hora de que exista esta sección? ¿Cuáles son los libros que deberían estar?

Debería haber una sección de periodismo, en la que podrían estar tanto los libros más tradicionales de periodismo de investigación, que no son crónicas, y los libros de crónicas. Sería interesantísimo que hubiera una sección que se llamara no ficción latinoamericana. Porque ya los referentes no son los mismo que cuando yo comencé a trabajar, que eran Truman Capote, Tom Wolfe, todos gringos; si no que los referentes se han corrido a los nombres latinoamericanos: Caparrós, Villoro, Guillermo Prieto. Acá tienen estupendos cronistas: Cristóbal Peña, Oscar Contardo, un montón de gente que está haciendo crónica, no solamente periodismo de investigación. Entonces yo creo que sí valdría la pena. Me parece que las librerías y las bibliotecas no comprenden demasiado bien todavía por donde pasa este género. Muchas veces se confunde con el periodismo de investigación, la antropología, con el folclore.

¿Y cómo explicarías tú la crónica?

Yo creo que es el equivalente a un documental escrito. Cuando vos leés un libro y decís esto podría ser un documental visual. Me parece que es eso. Un libro de investigación periodística es otra cosa, claramente. Tenés Los fusileros, de Cristóbal Peña, que funciona como las dos cosas. Pero me parece que hay una voluntad de la crónica por montar escenas, presentar personajes. Es una narración más dinámica si querés.

Y en la biblioteca pondría un poco de todo. Sin duda los clásicos Operación Masacre (Rodolfo Walsh), Lugar común la muerte de Tomás Eloy Martínez, pondría Larga distancia, La guerra moderna, El interior, El hambre, Contra el cambio, todos de Caparrós; Palmeras de la brisa rápida, de Juan Villoro; pondría un libro de Mary Roach, que se llama Fiambre; pondría un libro de Jannet Malcolm, que se llama Iphigenia in Forest Hills; pondría Hiroshima (John Hersey); hay un libro que sacó Aguilar en Colombia que se llama Los periodistas literarios, que es una antología de Norman Sims; hay un periodista que se llama Mark Kramer que a mí me resulta muy interesante; pondría Teoría de la noche, de María Moreno, que es un libro que publicó la UDP; pondría El diario de Rodolfo Walsh. También me parece lógico que en un lugar así tendrían que estar los clásicos del género, como A sangre fría o los libros de Hunter Thompson, que a mí no me interesa, pero cuando uno tiene una librería o tiene que comprar libros para una biblioteca la idea es abrirse, no solo comprar lo que a uno le gusta. Uno tiene que ir contra su gusto. Es como si uno tiene una editorial y publica sólo los libros que a uno le gustan, es el camino más rápido al desastre.

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Germán Gautier

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Tiene una pasión por las revistas que desaparecen, donde ha escrito sobre viajes, conservación ambiental y cultura.

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