Luis Scafati: “La ilustración acompaña al libro desde sus inicios”

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Se crió con un lápiz en la mano y jamás lo ha soltado. Fue un prolífico dibujante en revistas de humor gráfico argentinas, donde curtió su estilo ecléctico bebiendo de múltiples influencias. Recibió los apremios de la dictadura trasandina, pero resistió fiel en su oficio. Lector empedernido, su vida artística giró rotundamente cuando ilustró La metamorfosis de Franz Kafka. De ahí en adelante, siguió interpretando clásicos como La peste escarlata, Drácula o Las aventura de Arthur Gordon Pynn. Luis Scafati fue invitado estelar del pasado Festilus y esta es la entrevista que brindó en el auditorio de Fundación La Fuente.

Por Fernando Mora y Germán Gautier

Scafati en Biblioteca Viva Egaña [Crédito foto: Rocío Venegas]

Scafati en Biblioteca Viva Egaña [Crédito foto: Rocío Venegas]

Tus primeros recuerdos son con un lápiz dibujando. ¿Cómo fue ese proceso formativo?

Yo dibujo desde que tengo memoria, desde que era un pibe. Mi primer recuerdo es dibujando. Pero a veces uno está tan metido en una cosa que no la ve; como un pez que no sabe lo que es el agua. Y en el momento de elegir mi carrera iba a hacer psicología. El dibujo era de todos los días, me ponía horarios, me encantaba hacerlo. Había estudiado con los doce famosos artistas, que parece un chiste, pero en aquel momento todo el mundo estudiaba cosas por correspondencia. Todo esto era una especie de juguete imaginativo, pero la cosa era que había que trabajar de algo. Gracias a Dios y accidentalmente entré a Bellas Artes, donde descubrí otro mundo que no tenía nada que ver con lo que venía haciendo de manera visceral, cándida, ingenua. Pero lo extraño, porque a pesar de haber hecho esos cinco años en Bellas Artes, después fueron más de treinta donde traté de sacarme toda esa cosa que me pusieron ahí, que me incrustaron: el Arte, la grandilocuencia. Tuve que aceptarme en esta vertiente que era realmente mi trabajo: ilustrar, estar en la calle.

Has dicho que “ser artista es doloroso, uno no es artista porque quiere”. ¿Cómo esa frase sintetiza este trazo oscuro, inquietante y bucólico que caracteriza su obra?

Hay un mal concepto del artista. En general se piensa que el artista la pasa bomba. El dibujar, que es mi tarea, no es una cosa que esté fuera de mí, sino donde yo estoy involucrado profunda y subjetivamente. Entonces, hay días que son muy felices, pero hay muchos días donde las cosas no salen como quiero que son terribles. O ver algo que no me gusta ya publicado; te dan ganas de suicidarte. Hay gente que tiene un trabajo, cierra a las ocho de la tarde y, fácilmente, se olvida. A mí no me pasa eso: termino y no termino. A la noche estoy pensando en eso, cuando como estoy pensando en eso. Es una especie de cosa obsesiva que a veces molesta, sobre todo cuando hay afectos alrededor que no saben por qué tengo cara de culo o no me siento tan contento como debería estarlo.

Hace poco fuiste invitado a México por SM para participar como jurado del VI Catálogo Iberoamericano de Ilustración. ¿Estamos en tiempos en que la ilustración puede ser concebida como una moda? ¿Cómo ves la formación en las generaciones actuales y su búsqueda por encontrar un estilo y una identidad propia?

Siempre me sentí un intruso en este tema. En el caso que tu mencionas fue ver a setecientos y pico aspirantes, toda gente muy joven, y una cosa que me llama la atención es que muchos vienen de las facultades de diseño –que en Argentina han pululado hasta convertirse casi en una infección incontrolable. El libro ilustrado ha generado una atracción en un grupo de gente, y yo siento que está bien, que tienen que ver. Ahora, siento por momentos que mucha gente piensa que esto empezó la semana pasada. En realidad la ilustración es una cosa que acompaña al libro desde sus inicios y hay toda una escuela de ilustradores en diferentes lugares del mundo, ya desde el siglo 19 y antes también, con cantidad de variantes y posibilidades y eso se ignora. Eso siguió evolucionando. Lo que hacía Gustavo Doré, quien le puso la cara a El Quijote, hoy lo siguen haciendo los directores de cine; pienso, por ejemplo, que no hay mejor ilustrador de Casanova que Fellini. La ilustración se fue aglomerando alrededor del libro infantil, del libro álbum, pero siento que falta esa otra cosa. Un ilustrador no puede prescindir del hecho literario, está contando con imágenes y está acompañando un libro. Todas esas son necesidades básicas que muchos pasan por alto.

Has señalado que George Grosz ayudó mucho en la formación de tu estética.

Yo comencé a dibujar chistes en revistas y copiaba a otros que hacían chistes. Entonces me dividía entre Fati (seudónimo), el dibujante de chistes, y Scafati, el dibujante de arte. Tenía un bodrio en la cabeza. Pero conocí el trabajo de Grosz y me gustó que dibujara y pusiera epígrafes que tenían una clara intención sarcástica y humorística. Grosz tenía una vertiente más artística, pero ya el hecho de publicar en revistas me hizo pensar y creer que esa posibilidad estaba abierta y empecé a practicarla. Me di esa oportunidad y eso me cambió mucho, porque en esos momentos estaba en la revista Humor durante el proceso militar y fue la oportunidad de expresar un montón de cosas a través del humor con los dibujos.

¿Qué otros ilustradores contemporáneos te conmueven?

Tengo una guía telefónica impresionante. Unos fueron mis maestros Roberto Páez y Carlos Alonso, dos dibujantes argentinos grandes. Después toda una escuela de ingleses, franceses, españoles, dentro de diferentes vertientes. A mí me encantaba el humor de los españoles: Chumy Chúmez, El Perich: humor ácido, negro. Ops que hoy es El Roto, también. Yo he bebido de todos ellos. Otro, por ejemplo, Heinz Edelman, que hizo el Submarino amarillo. O Gerald Scarfe, que hizo The Wall de Pink Floyd. Son ilustradores y de alguna manera me incentivaron y me incentivan.

“Yo estoy más cerca de la literatura. Yo dibujo, no pinto”. Es casi una declaración de principios de un ávido lector. ¿Cómo llegas a esta necesidad de entregar una imagen a tus lecturas?

Escribo desde siempre, lo que pasa es que no le di un lugar

Escribo desde siempre, lo que pasa es que no le di un lugar. Escribo diarios, poemas. Dediqué un cuaderno de poemas a una chica a la cual le hablé un día nada más. Y hubo un momento en los setenta donde dije ‘qué camino sigo: ¿dibujo o escribo?’. Estaba el boom literario latinoamericano con Julio Cortázar, Manuel Puig. Tenía una fuerza muy grande la literatura y yo sentía que quería contar cosas, pero salió lo otro tal vez porque me daba sustento dibujar en revistas. Además, se iban amalgamando ambos aspectos, escribir los epígrafes con un sentido humorístico. En ese momento había cantidades de revistas de humor, con nombres estrafalarios como Pitos y flautas, Ratón de occidente, Satiricón y éramos un racimo de quince o veinte dibujantes de humor que dábamos vueltas por todas esas redacciones. Mi relación con la literatura fue así: dual. Mucho después, vía internet, he publicado algunos cuentos, cosas que escribo.

Has ilustrado clásicos del género del terror como Stoker, Poe, London. ¿Por qué te interesa particularmente este género?

Ha sido todo producto de una casualidad. Lo que ilustré en La metamorfosis derivó en que después me llamaran para hacer ese tipo de cosas. Es como los actores, viste que uno hace de ladrón y después toda su carrera es un ladrón. Pero no ha sido por elección. Sí hice, por ejemplo, Drácula porque me gustó esa idea de Bram Stoker y yo la transformé como un director de cine hace una versión. Y después, inmediatamente, recibí la oferta de hacer Frankestein y dije que no.

En historias de terror con personajes como Drácula que es parte de un canon estético universal, archidibujado y llevado muchas veces al cine, tú decides hacer una reescritura, casi un libro álbum. ¿Cómo se gestó este proyecto y cuál fue el riesgo que corriste?

Drácula me lo encargaron. Yo lo leí y me gustó muchísimo. Era un libro considerable, con muchas posibilidades. Entonces, pensé que iba a ser una novela ilustrada. Habían muchas cosas que me interesaban; uno, el tema de la muerte, y el otro, el erotismo, que son, aparentemente, dos cosas distintas, pero que creo que están profundamente relacionadas. Ese fue el primer empuje, y después la posibilidad de reescribirlo, basándome un poco en ese concepto cinematográfico donde toman un tema y lo van transformando de acuerdo a la mirada de cada director.

Yo sufrí muchísimo el periodismo. En periodismo uno trabaja con el tiempo, acuciante, porque te encargan una cosa y es para mañana y hacés una imagen o dos y punto, y vos pensás que podrías haber hecho más, y al otro día ya estás pensando otra cosa que nada que ver con eso. Es una cosa vertiginosa y acá era todo al revés. En Drácula estuve casi un año trabajando, porque no es solo el dibujo que va publicado en el libro, si no cantidad de cosas que quedan al margen y después voy editando. Lo armé de nuevo todo y lo conté con mis palabras.

Scafati en Fundación La Fuente, entrevistado por Germán Gautier y Fernando Mora

Scafati en Fundación La Fuente, entrevistado por Fernando Mora y Germán Gautier

Sebastián García, editor de Libros del Zorro Rojo ha dicho que no todos los textos e ilustradores son combinables entre sí. Cada uno tiene una geometría y de esa relación surge una combinación poderosa. ¿Cómo logras vincularte con el editor de tus libros, qué pone cada uno de su parte para que surja una obra que perdure en el tiempo?

Es un milagro. Además, cada vez me estoy poniendo más viejo y más insufrible. Es muy difícil, es una relación casi de pareja. Empieza todo bárbaro, hay momentos de ruptura donde nos decimos de todo. Él tiene la táctica de llamar a mi mujer ( la ilustradora Marta Vicente) y decirle ‘no sabés los mails que me escribe este’, y mi mujer, como me conoce, le da la razón. Es una estrategia increíble; es la geometría del amor. Es difícil porque el trabajo del dibujante es solitario, estoy en mi casa escuchando música y dándole a eso todo el día, de la mañana temprano a la noche. Ese es mi trabajo. Una vez que está eso hecho entra la relación con el editor y se hace complicado, porque somos gente que hemos cultivado un ego bastante considerable.

En tu trabajo manifiestas un eclecticismo en cuanto a técnicas. En La Peste Escarlata llama la atención la profusión del color y en La Ciudad Ausente hay una suma de trazos y estilos. ¿Esta decisión la tomas al momento de leer el texto a ilustrar o es una reflexión posterior?

Yo disfruto mucho la lectura, pero cuando tengo que ilustrar algo se me pone más complicado porque ya estoy pensando de otra manera. Voy probando cosas, generalmente hago muchas pruebas. Por ejemplo, de La metamorfosis tengo dos versiones; una que publiqué y otra que no. De La peste escarlata también dos versiones, hechas total, terminadas, íntegras y reelaboradas. Pero lo más extraño que me pasa es que una vez publicado, luego de un año, y encuentro de nuevo los viejos dibujos digo ‘pero cómo no lo hice así, con ese otro que ya estaba hecho’. Siento que cada libro propone un tono.

Yo trabajo todo a mano, cosa que me transformó casi en un troglodita

Yo trabajo todo a mano, cosa que me transformó casi en un troglodita, pero es porque soy un analfabeto de la computadora. Entonces trato de pulir eso que tengo. Cuando hice Drácula mucha gente me preguntaba ‘aprendiste a usar el Photoshop’. Era una cosa que me indignaba porque es un trabajo todo de estampación, de recortes, de grabado. Cuando hice este libro Informe sobre ciegos dije ‘voy a usar lo más primario que hay, que es el carbón. Nadie va a suponer que es otra cosa que no sea carbón’. Son esos pequeños conflictos que para mí son importantes.

Interior El gato negro

Una característica de tu trabajo son las manchas de tinta chinas. Llaman la atención porque habitualmente los ilustradores son bastante prolijos. ¿Qué tan accidentales o conscientes son?

Cuando estoy dibujando no pienso con la cabeza, sino que es una especie de danza que se va armando

Cuando chico era muy desprolijo y eso lo seguí cultivando, naturalmente. Yo considero que todo es dibujo, desde la caligrafía, cosa que practico desde siempre, hasta los diferentes modos en que se expresa una línea. Una línea puede ser una cosa homogénea, una cosa hecha con una regla o puede ser un trazo hecho con el dedo. Todo eso lo practico. Porque por una especie de contrapunto siento que esas manchas, esos goterones, están puestos conscientemente en esa inconsciencia que significa dibujar. Cuando estoy dibujando no pienso con la cabeza, sino que es una especie de danza que se va armando. Es una herramienta más, como lo son los sellos con números o cuando marco con esa línea fría y geométrica.

Muchas veces a los ilustradores les pasa que no saben parar y se pasan de la línea en la composición. ¿Cuándo se debe parar?

Ese es el gran secreto. Pero yo lo resolví llevando varios trabajos a la vez. Evitás querer meter en un trabajo todo, porque uno es una cosa en ebullición. Si te está yendo viendo bien ese día, lo ideal es poner varios trabajos y repartir esa energía. Eso pasa, uno quiere meter todo en uno. Pero el trabajo tiene un punto óptimo y después viene la caída; cuando entrás a agregar, a tocar, a poner. Ese es el conflicto con la gente cuando maneja Photoshop y empieza a engolosinarse con los brillitos, la sombrita, la lucecita, y una cosa que tenía una potencia y una claridad de concepto se empieza a transformar. Llevar tres o cuatro a la vez soluciona aquello.

En el blog que llevas tienes muchas imágenes de tus cuadernos. ¿Qué significan estos espacios de trabajo?

El blog se llama “El mundo que fluye”, que es Ukiyo-e, el arte de los grabadores japoneses populares como Utamaro, Hiroshige, Hokusai. Yo amo las artes populares y me considero un artista que está al costado en ese aspecto. Ukiyo-e es el mundo que fluye, por eso le puse así al blog.

Y los cuadernos son lugares donde hago lo que se me canta. Son juguetes que armo y que se van completando con el transcurso del tiempo. Son lugares de experimentos y encuentros, más que la ilustración en sí. Es casi un laboratorio donde me doy el gusto de hacer lo que quiero. Son cosas que me gustan. Ya tengo una biblioteca.

¿Es cierto que si te haces una herida emana tinta negra en vez de sangre?

Probablemente. A estas alturas del partido debe ser más la tinta china que he consumido que, inclusive, el vino.

AvatarAutor: Germán Gautier (36 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Tiene una pasión por las revistas que desaparecen, donde ha escrito sobre viajes, conservación ambiental y cultura.


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