«Mapocho», de Nona Fernández: la herida jamás cicatrizada de nuestra historia

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A casi quince días del estallido social que se inició en la capital de nuestro país, compartimos la siguiente conversación sostenida hace unos meses con la escritora, dramaturga y guionista Nona Fernández. A propósito de la reedición de Mapocho, la entrevista giró en torno a los lugares y temas que alimentan sus libros y por cuyas páginas se leen las heridas de nuestra historia reciente.

La escritora Nona Fernández. Créditos: Héctor Guerrero.

En septiembre pasado, la escritora Nona Fernández presentó la reedición de Mapocho (Alquimia Ediciones, 2019), libro publicado por primera vez en 2002 y que comenzó a escribir al cumplirse diez años de la llegada de la democracia a nuestro país. Este libro relata el pasado de una ciudad atravesada por un río que, metafóricamente, representa la herida jamás cicatrizada de nuestra historia: “Eso duele, eso sigue doliendo si no lo observamos, si no lo limpiamos va a doler y sigue doliendo, pataleando de vez en cuando”, explica la autora.

Con un proyecto literario que da cuenta de esta profunda herida, la narradora, guionista y dramaturga, premio Sor Juana Inés de la Cruz 2017, hace un llamado a preguntarnos por nuestra identidad y la importancia de la memoria. En tiempos en que estas palabras se vuelven mayúsculas y hacen que nos reencontremos con lo más oscuro de nuestro pasado reciente, la siguiente conversación (sostenida con la autora previo a los dolorosos acontecimientos de los últimos días), es una prueba más de que no debemos olvidar el pasado que nos constituye y que, sobre todo, no podemos obviar las señales de la ciudad y de quienes la habitan.

Sobre Mapocho y otros libros dialogamos con Nona Fernández, quien nos introduce, a partir de sus intereses literarios, a una mirada aguda que expresa la rabia y el descontento acumulado desde hace décadas y del que todos estamos siendo testigos.

 

—Tres de tus libros –Space Invaders, Chilean Electric y La dimensión desconocida–, se presentaron, luego de su publicación, como una especie de trilogía. ¿Estás de acuerdo con esa visión? ¿Encuentras puntos en común entre las tres obras?
—Yo no los pensé así, pero empezó a surgir la idea de que eran una trilogía. Yo creo que desde Mapocho en adelante hay un hilo común en mis libros y claro, creo que quien leyó los tres encontró ese hilo común, pero que en realidad le pertenece a toda mi literatura. Si pudiese emparentar solo los tres, diría que son libros un poco híbridos, donde explicito que el material que pongo en ellos es real; en los otros también es así, pero ese material lo ocupaba para inspirar una ficción. Aunque estos tres últimos libros son bien documentales, yo no soy importante en ellos, sino que los otros, lo que yo veo, y creo que ahí podríamos hablar de libros que obedecen a procedimientos literarios parecidos.

En Chilean Electric hablas de la Plaza de Armas como un ombligo de la ciudad, como si fuese la ciudad misma un cuerpo por explorar. ¿Dirías que al situar tu novela en ese lugar, lo que haces es levantar una pregunta por el origen de nuestra identidad?
—Sí, ahora que ya he escrito harto he podido entender cuáles son las interrogantes con las que uno parte trabajando. Cuando empiezo a escribir no tengo mucha claridad, luego entiendo qué es lo que estoy haciendo y voy siguiendo esas pulsiones. La idea de la plaza está de Mapocho en adelante, la idea del ombligo también, y tiene que ver justamente con cierta inquietud por entender qué nos constituye. ¿Qué mezcla híbrida somos? ¿Qué somos ahora, en el mundo contemporáneo y globalizado? Si bien me interesa mucho la identidad del chileno, creo que donde yo mejor he indagado es en la identidad santiaguina.

—Esas preguntas que te haces van y vuelven en nuestra literatura, en el caso tuyo, a partir de la historia, de la memoria.
—Claro, y también a partir de los signos de la ciudad. Mapocho intenta resignificar la cartografía urbana de los elementos que tenemos todos los días y que no observamos. Los individuos somos parte de la ciudad y cada ciudad late de manera distinta, cuando uno es turista uno lo percibe mejor: si vas, no sé, a Buenos Aires, tú observas, escuchas, lo miras y te detienes en las esquinas. En la ciudad propia uno lo hace menos, pero está llena de signos que me interesa relevar y ver qué significan. Por eso el río, por eso la plaza, por eso van apareciendo distintos lugares que tienen cierta espesura y que me he dedicado a observar.

—¿Qué otros espacios te interesa trabajar?
—Normalmente tiene que ver con espacios que he transitado o transito frecuentemente, como el centro de Santiago, que es un poco lo que aparece en Chilean Electric y Mapocho. Por ejemplo, Av. 10 de julio Huamachuco (Uqbar, 2007) es un libro que está instalado en esa delirante calle que es una especie de metáfora de nosotros, de nuestro propio reciclaje interno. ¿Qué pieza original dejamos de ser?, nos hemos transformado en un repuesto. También me llama la atención cómo se constituyen los nuevos barrios, sus materiales, el neón, el acrílico, los colores, la publicidad, los malls. Y lo otro es constatar cómo olvidamos tan rápido lo que la ciudad era. Honestamente, no te podría decir qué espacio nuevo voy a trabajar, pero de pronto va a aparecer uno. A veces son espacios que están ahí, que me llaman la atención y a veces son lugares que la historia que estoy contando me lleva a observarlos.

—En relación con el ejercicio de escritura, de qué manera tu trabajo como guionista se integra a tu trabajo como narradora.
—Se me hace muy difícil poder observarlo, todo convive en mí no más. Yo creo que el trabajo del guion, si ha permeado mi literatura tiene que ver con la estructura, porque el ejercicio del guion te obliga a pensar en ella. Para mí la forma es fundamental en los libros, no está separada del qué ni del relato. Aunque no es que haya un procedimiento igual de un libro a otro, por ejemplo, en Space Invaders sabía desde el origen que el libro iba a ser un relato coral, constituido por recuerdos y sueños. Pero de a poco, cuando apareció la idea del Space Invaders, entendí que ahí había una clave y empecé a observar el juego como la formalidad del libro, que iba estructurarlo a través de vidas. Y la idea de que la narración también está escenificada; los espacios, los escenarios para mí son muy importantes y eso creo que tiene que ver con el guion y con el teatro.

 

En 1888 comenzaron las obras para encauzar el río Mapocho, canalización anhelada desde la colonia. Imagen: Jorge Ianiszewski R., 1988.

—Quería preguntarte sobre el río. Volver a ese lugar abordado en otras ocasiones por la literatura chilena. Por ejemplo, en El obsceno pájaro de la noche, el río se impone como este cauce que divide y determina la ciudad, también está la novela de Alfredo Gómez Morel. ¿Qué características tiene el río en tu libro?
—En el caso de Mapocho todas esas tradiciones ya están instaladas. Y en el proceso de escritura de la novela, el río se me constituyó como una especie de herida abierta de la ciudad. Originalmente lo empecé a escribir pensando que iba a contar la historia de tres muertos en particular, a partir de una fotografía que vi y quise hacer una especie de rastreo de esas tres personas. Pero investigando los muertos que habían viajado por el río, empecé a descubrir que no era monopolio de la dictadura que el río llevara los muertos, sino que era parte de la historia de la ciudad, desde su origen. Y me pareció interesante la idea de tener un río que ha sido el lugar donde hemos ido a desechar nuestra basura y nuestros muertos también. Pero lo loco es que está ahí, es un río que nos cruza y lo vemos siempre. También me parece interesante que ese río cada tanto se sale de madre, tiene una pataleta y nos desborda. Es como si fuera una herida llena de pus y de repente no hay nada que hacer. Eso duele, eso sigue doliendo si no lo observamos, si no lo limpiamos va a doler y sigue doliendo, pataleando de vez en cuando. Yo creo que esa es la metáfora que empezó a articularse en el libro y que ahora con el tiempo puedo verbalizar.

—Carlos Franz habla mucho de eso en su libro La muralla enterrada, donde explica que los desbordes del río son un intento por volver a su cauce natural. Y habla de esta idea del río como una herida.
—Claro, porque el río tenía el cauce que nosotros vemos hoy, pero tenía dos brazos. El otro brazo se iba por la Alameda, pasaba por lo que ahora es La Moneda. Es súper loco eso también, que justamente pasaba por donde está el Palacio de Gobierno. Pero claro, eso se quiso secar para que la ciudad se dividiera en dos, no en más pedazos.

—Y eso también acompañado de un proceso de modernización. De esa lucha entre lo natural y el desarrollo…
–Claro, de la República.

—A partir de todo esto que hablamos, ¿de qué manera se leen tus novelas en el extranjero, con este nivel de arraigo en lo local?
—Para extrañeza mía, funcionan muy bien. Creo que lo que escribo es tremendamente local, porque es una especie de rastreo de nuestra historia reciente y por lo mismo me parece muy extraño que afuera existan códigos para poder entender lo que escribo. Pero claro, el monopolio de la dictadura no es chileno, todos sabemos de lo que hablamos cuando hablamos de ese tipo de ferocidad, de fascismo, cuando hablamos de muerte, de regímenes dictatoriales. Además, en este momento, sobre todo en Europa, hay un interés muy particular por la literatura latinoamericana y también hay cariño y admiración por el proyecto de la UP. Y todos los libros que hablan de cómo terminó ese proyecto y de lo que vino después, son mirados con mucho interés, más allá de lo pintoresco que puede resultar la dictadura –porque entiendo que hay un mercado que tiene que ver con eso–. Yo creo que hay un lugar, el de la humanidad que habitamos todos, que es un lugar donde uno también escribe –a veces sin saberlo– y que conecta con otros lectores.

—Una sensibilidad, un lenguaje común.
—Exactamente, creo personalmente que es ese espacio de la humanidad que algunos libros saben tocar. No se quedan en lo anecdótico de un paisaje, sino que entran en un lugar un poco más profundo donde todos nos movemos y que todos sabemos leer.

—En relación con Mapocho, su primera edición del 2002 se insertaba en un gobierno de Concertación, con Lagos como presidente, antes del primer gobierno de Bachelet. Ahora, en esta nueva edición, cómo describirías el Chile al que se enfrenta Mapocho.
—Es súper loco porque el libro plantea un tiempo más o menos cíclico, donde los muertos siguen pasando, la basura sigue pasando por el río. Claro, cuando yo escribí Mapocho no vaticinaba ni imaginaba que íbamos a estar en un tiempo encapsulado, en una democracia tan entrampada en una Constitución que no la deja abrirse, escrita por los militares. Donde pasamos de un gobierno de Bachelet a Piñera, de Piñera a Bachelet. Es como que el tiempo no pasara, como que fuese circular, nos pisáramos la cola como ratoncitos en una jaulita de laboratorio, en un experimento que formularon otros antes de la democracia. Y la democracia solo ha servido para que este laboratorio siga funcionando. Y es tremendo, es doloroso. Yo escribí este libro justamente porque tenía mucho desasosiego, mucha pena, mucha rabia de haber vivido los primeros diez años de la democracia… primero, con mucha alegría por haberla alcanzado y luego entendiendo qué tipo de democracia estábamos viviendo. Y así aparece también este libro, es fruto de esa rabia y han pasado casi 20 años desde que lo escribí y siento que no nos hemos movido mucho de ese lugar. Yo estoy más vieja y siento que estoy en el mismo puente donde el paisaje no se moviliza mayormente y eso es tremendo.

—Algo de eso lo mencionas en el prólogo, al hablar del caso Catrillanca y que finalmente da cuenta de este entrampamiento. Si no es el río, es el Wallmapu…
—Exactamente. Es solo que ahora vivimos en una democracia, por lo tanto, está menos polarizada, entonces todo se normaliza y es más feroz.

La democracia solo ha servido para que este laboratorio siga funcionando y es tremendo.

—Y entonces ahí uno se pregunta ¿cómo sería Mapocho si lo hubieses escrito hoy?
—Sin duda que sería peor. Porque este río era un reclamo a lo que ya había ocurrido, pero sin imaginar jamás que no íbamos a poder salir de ahí.

—Sería un grito.
—Exacto, veinte años más. Sería más salvaje, más feroz. Yo no releo mucho mis libros, lo hago cuando tengo un lanzamiento, cuando hay traducciones, y ahora que tuvimos que hacer la reedición, me enfrenté al libro entero y me llamó la atención lo actual que seguía siendo. Además, como está escrito en un tono bastante alegórico, está instalado en un tiempo sin tiempo, donde sigue teniendo actualidad, porque nada es tan concreto. Como es un libro de aparecidos, de fantasmas, de signos, todo puede seguir llenándose de significados. Y lo sigue haciendo.

Vista aérea de la denominada «marcha del millón», que tuvo lugar el pasado 25 de octubre en Santiago y otras ciudades del país. Créditos: Agencia Uno.

 

AvatarAutor: María Jesús Blanche (59 Entradas)

Licenciada en Letras Hispánicas y diplomada en Edición. Su amor por el libro como objeto y como una fuente inagotable de experiencias lectoras diversas, han sido una motivación constante para seguir trabajando desde distintos frentes en busca de nuevos amantes de la lectura.


Un comentario para “«Mapocho», de Nona Fernández: la herida jamás cicatrizada de nuestra historia

  1. AvatarCecilia

    Una entrevista que deja ver con la emocionalidad que ha sido escrito el libro. Y me deja con la necesidad de adquirirlo para profundizar en el caudal del Mapocho y sentir que es más que un lugar por donde he pasado con indiferencia.
    NOTABLE la entrevista y agradecida que llegara a mis manos.

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