Marina Mariasch: «No me interesa la literatura con límites»

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Estamos unidas es una novela de la argentina Marina Mariasch (1973). Una novela de mujeres. Sobre mujeres. Una abuela, una madre y dos hijas adolescentes que, entre Buenos Aires y alguna ciudad de Estados Unidos, logran sobrevivir en la vorágine de los 90, estando tan unidas como desunidas, rodeadas de hombres tan anecdóticos como intrascendentes. Aprovechando su reciente publicación en nuestro país, Daniel Hidalgo conversó con su autora.

La escritora Marina Mariasch. Créditos: Majo Malvares.

No ha alcanzado a cumplir 24 horas en Santiago y ya ha presentado su novela Estamos unidas –en una reedición local del sello Los libros de la mujer rota–; se desdobló para alcanzar a participar en la marcha anti racista por el aborto libre que se desarrolló a la misma hora, a media cuadra de distancia; visitó librerías en busca de poesía chilena; se prepara para una actividad de corte feminista que se dará durante la tarde y para su participación en una feria de editoriales independientes, al día siguiente.

En el intertanto, Marina Mariasch ha aprovechado de dar entrevistas. Fue la coordinación de una de estas la que la ha llevado a sentarse a los bordes de una mesa verde que cojea un poco, en La Terraza, tradicional local de Vicuña Mackenna.

—Quiero un café con leche –solicita, tras inspeccionar la carta.

—¿Has estado antes en Santiago?

—Sí, muchas veces. De niña vine con mi padre.

A fines de la salvaje época de los 90, Marina se inició en la actividad literaria. Fundó la editorial Siesta, en donde publicó a casi todos sus pares, por entonces jóvenes y debutantes poetas trasandinos. Desde ese período se ha mantenido activa, alcanzando casi la decena de publicaciones de su autoría, entre poesía y narrativa. Entre sus novelas encontramos El matrimonio (Bajo la luna, 2011), que ella prefiere describir como un ensayo novelado. Estamos unidas es de igual forma un ejercicio fronterizo, una bruma entre la narrativa y lo lírico, los críticos la describieron como una “nouvelle femenina sobre el despertar hormonal durante el menemismo”.

Créditos: Editorial Bajo la luna

—¿Cómo ves hoy tus primeras incursiones en la escritura? Cuéntame de esos contextos.
—Estudié letras y de alguna manera eso te da un contexto de lectura, pero además de toda la movida literaria, porque uno va conociendo escritores, en las lecturas de poesía y en los talleres. Yo trabajaba para una editorial en un momento en que no había editoriales pequeñas. Las había grandes y medianas, que eran muy pocas. Entonces, viendo que las lecturas que se daban en los eventos de poesía se perdían en el aire, tuve esta idea de hacer Siesta, una editorial pequeña para que los primeros textos de los jóvenes poetas se pudieran publicar. En ella optimizamos el papel, doblando el pliego en ocho, quedando de un tamaño muy chiquito que resultó muy atractivo, como si fuera un objetito de deseo, lindo. Hoy hay muchísima actividad cultural y muchos ciclos de poesía y un circuito de editoriales independientes que es enorme.

—¿En qué momento transitas de la lírica a la narrativa?
—No creo haber hecho un salto de la poesía a la prosa. De hecho, creo que sigo estando inscrita en la poesía, incluso habiendo publicado dos novelitas. Ahora estoy corrigiendo una cantidad de cuentos, algunos ya publicados en revistas; es decir, teniendo una producción en prosa, sigo estando dentro del marco de la poesía. No solo por mis lecturas sino porque es el circuito que me interesa por estética y sensibilidad.

—Quizá por eso tus novelas parecen más ejercicios estéticos. Habitan en distintas zonas, fronterizas, híbridas, se transforman y cuestionan constantemente. Como poemas, en el fondo.
—Y sí. Básicamente, me encantaría escribir una novela clásica pero no me sale. Hay que reconocer las propias limitaciones y, en ese sentido, admiro a los novelistas de largo aliento. Sí creo en construir en universos de sensaciones, de sentidos semánticos… la novela El matrimonio es muy distinta a Estamos unidas, que es una novela pop, donde traté de escribir de forma directa, que se entienda, sin filtro. Mi primera novela fue más ensayística, si bien tiene escenas en primera persona de la vida conyugal, su tono es teórico, como si estuviera en un laboratorio, observando la vida de estos personajes. Coincido en que ninguna de las dos novelas es lo que se entiende tradicionalmente por novela, pero esta diferenciación de géneros me incomoda, me pasa también con la poesía. Es algo que le sirve a la academia y a las editoriales para separar los libros y saber dónde ponerlos. Al final son como corsés. Por eso me gustan mucho los libros de Lydia Davis, donde aparecen cosas que no se sabe bien a qué género pertenecen. Tenés cuentos largos, cuentos cortos, textos de una frase. Ese tipo de investigación me interesa, porque si no, es como si estuvieras a parámetros previos del género, que por supuesto respeto, pero no es lo que busco.

—Donde sí has entrado en las estructuras y moldes ha sido en las temáticas: la familia y el matrimonio.
—Para escribir sobre el matrimonio investigué un montón. Por supuesto hice un mínimo aporte desde la experiencia, pero además leí desde El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Engels, hasta Matrimonio y moral de Bertrand Russell, pasando por un libro de Kierkegaard sobre el tema, otro de Norbert Elias sobre las formas de sociabilidad del matrimonio. O sea, todo lo que encontré, me lo tragué. Todo muy teórico. Traté de nutrirme por ese lado porque no podía entender cómo las personas que queremos llevar vidas más o menos libres, terminamos inscritas en una estructura completamente rígida, con sus reglas y sus ritos, casi sin poder escapar de eso. Me resultaba asfixiante.

«Estamos unidas», de Marina Mariasch. Créditos: Los Libros de la Mujer Rota

—¿Recurriste a la literatura para psicoanalizar un problema de la vida real, quizás?
—Cuando hablamos de autoficción o del tema de la literatura del yo pasa mucho esto. Cuando yo escribía El matrimonio, era una ratita de las que estaba observando en esa pecera. En el libro los personajes tienen nombres genéricos: el marido o la esposa, por eso es más ensayístico. Es una cosa más descriptiva y de estudio. A veces yo era más el marido que la esposa. Sentía una cosa que tiene que ver más con lo masculino de no querer volver a casa, demorar la vuelta del trabajo, derivar por la avenida, meterse a un cine para no volver al infierno cotidiano con los gritos de los niños, tratar de llegar cuando ya todo está apagado. Otras veces, volvía a ser la esposa.

En Estamos unidas, con esto de las hermanas y una madre y una abuela, tiene mucho de la propia experiencia, porque yo creo que la escritura siempre está atravesada por la propia subjetividad, pero aquí yo no soy un personaje de la novela. Por ejemplo, la hermana que se va a Estados Unidos y que come chatarra y engorda no está basada en mi hermana. Fui yo la que se fue y engordó, lo que pasa es que no quise poner en la novela que era yo la que engordaba, por eso la puse a ella (risas).

—Justo sobre eso, da la impresión, revisando la producción de mujeres en los últimos años, que hay una tendencia por el testimonio, por denunciar espacios en que las mujeres se han visto agredidas, abusadas y silenciadas históricamente, ¿hay algo de eso en tus opciones como narradora?
—Hay algo que para mí es muy importante: Estamos unidas se publicó a fines de 2015, yo la entregué a la editorial un par de semanas antes del estallido del movimiento Ni una menos en la Argentina. Tuve la suerte de que, pese a ser una activista del feminismo, no tuve que escribirla con las premisas que te obliga cierta mirada feminista que hay hoy sobre la obra literaria. La distancia entre autor y obra es un debate eterno, ¿no? Siempre pienso en si Lolita podría haber sido publicada en esta época, por ejemplo. Porque se puede hacer una lectura feminista del libro, pero no sé si valga la pena juzgar a Nabokov por haberla escrito.

En ese sentido, tuve la libertad de escribir sin esas miradas, no porque no las tuviera, porque yo no me hice feminista el 2015, sino porque no me interesa la literatura con límites, con miedos. Recuerdo haberlo hablado con Rodolfo Fogwill, cuando aún estaba vivo, que decía “hay que tirar toda la carne al asador, y lo primero que hay que hacer cuando se escribe es perder el miedo de decir las cosas”. En Estamos unidas hay algo que tiene que ver con eso. Por ejemplo, esa experiencia del laberinto del terror en que la protagonista es manoseada, representa esa cruza del pánico y el deseo que existe siempre en la escena sexual, la tensión. Pretender borrarla es imposible. De hecho, creo que narrarlo así es más cercano a la experiencia, a cómo se vive, sin un juicio previo al del lector, lo otro, eso de decir ¡qué horror, qué horrible!, es una verdadera construcción de cierto feminismo.

—Igual es extraño el concepto de autoficción, siendo que toda ficción tiene estos elementos autobiográficos de su autor.
—Estamos en un momento en donde tienen mucho peso y notoriedad ciertas obras del orden de lo confesional, en donde caben los testimonios de víctimas que no necesariamente tienen que ver con las mujeres. También son modos de leer. Por ejemplo (Karl Ove) Knausgård puede escribir una saga completamente autobiográfica, atravesada por la experiencia, en donde él es padre, un hombre enamorado, qué se yo… habla de esto, de la vida del matrimonio con hijitos, y es leído desde el lugar de lo universal, el hombre en lo público, incluso como sujeto político; en cambio cuando la mujer adquiere ese tono, se la lee más desde lo testimonial y el género.

—Eres además un activista de varios colectivos artísticos y políticos…
—Últimamente se han armado varios colectivos, uno que se llama Poetas por el derecho al aborto legal, hay otro de trabajadores de la palabra. Yo soy una militante activa y estoy en la coordinación de género del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo), milito políticamente.

—Te gusta la acción.
—Sí, de hecho, demasiada acción, me pongo a pensar a veces (ríe). También mantengo el sitio Latfem.

—¿Y cómo conviven la Marina Mariasch poeta con la militante feminista?
—Siempre tuve una perspectiva feminista y no es casualidad que el Ni una menos se haya gestado a partir de una maratón lecturas poéticas en la Biblioteca Nacional. En esa oportunidad leímos varias poetas. Yo leí junto a Flor Monfort, que es parte de la colectiva Máquina de Lavar, con la que publicamos el libro La Pija de Hegel. Leímos poemas de Susana Thénon, hubo familiares de víctimas de femicidio y fue el germen de lo que después pasó a ser la manifestación masiva del 3 de junio (del 2015) en las calles, que fue el primer Ni una menos. Hoy ha cambiado el movimiento, ha entrado en una fase de masificación en el sentido común y en el discurso público, no sé si son más o menos las activistas, pero sí ocupa un lugar importante el movimiento en mi vida. De hecho, mi último libro de poesía se llama Mutual sentimiento, que es una mutual donde nos juntamos todos los viernes para hacer las asambleas feministas, para organizar las movilizaciones. El sintagma mutual sentimiento me pareció tan fascinante desde el principio, estábamos ahí miles de mujeres organizándose. El libro está impregnado de esa política de estos últimos años, que tiene que ver con los lazos feministas.

Marcha Ni una menos, en Argentina 2019. Créditos: Elperiodico.com

 

AvatarAutor: Daniel Hidalgo (3 Entradas)

Profesor y escritor (Valparaíso, 1983), es autor de "Canciones punk para señoritas autodestructivas" y de la novela "Manual para robar en el supermercado". Ha escrito en Paniko, Zona de Contacto, El Mostrador y El Dínamo. Hoy inaugura una nueva sección: Puño y Letra.


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