Entrevistas

Nicolás Arispe, escritor e ilustrador: “Hay una suerte de negación de la infancia porque por definición es incómoda”

Pablo Espinosa Por Pablo Espinosa

El escritor e ilustrador argentino Nicolás Arispe se ha caracterizado por sus libros aptos para todas las edades sobre temas incómodos como la guerra y la muerte. En esta entrevista, Arispe habla de sus influencias y de su inspiración en el registro histórico, algo que le ha permitido repensar el pasado a través del arte. [Créditos portada: Nicolás Arispe]

Hay elementos comunes en gran parte de los libros realizados por Nicolás Arispe (Buenos Aires, 1978): sus ilustraciones son en blanco y negro, con numerosos detalles y misteriosos símbolos pertenecientes a distintas culturas, y están protagonizados por personajes mitad humanos, mitad animales. En conjunto, estos elementos forman escenas con tintes oníricos y oscuros, que tienen ecos del dibujante de cómics uruguayo Alberto Breccia, del grabador mexicano José Guadalupe Posada y del caricaturista francés J. J. Grandville

“En general son las historias las que han determinado la elección estética y no al revés –explica Arispe por correo desde Argentina, respecto a su estilo visual–. Si bien es cierto que hace mucho tiempo que trabajo exclusivamente en blanco y negro, al principio yo no sabía bien cómo llevarlos a las historias que quería contar y el propio prejuicio me impulsaba a trabajar a color. Pero luego apareció una historia que hice en el 2010 en donde pude encontrar el tipo de lenguaje que buscaba: El insólito ascenso de Madame Pôl. De allí en más, rara vez trabajé en color. Hasta ahora, que estoy trabajando en una trilogía que es enteramente a color”. 

Los temas elegidos por Arispe suelen coincidir con la oscuridad de sus ilustraciones, abordando experiencias poco discutidas –sobre todo en el ámbito de la literatura infantil–, como el abandono, la guerra y la muerte. A modo de ejemplo, Nadie vio llegar a la montonera de Dios (Editorial Orbital, 2005) se basa en la llamada Masacre de Tandil, evento en el que fueron asesinados 36 inmigrantes en el año 1872; mientras que Il bambino smarrito (El niño perdido), publicado en 2021 por el sello italiano #logosedizioni, es sobre un niño que combatió en 1869 en la batalla de Acosta Ñu, durante la Guerra del Paraguay, donde cerca de 3.500 niños y adolescentes combatieron y fueron derrotados.

“Se trata de tomar un tema que no destaca por la comodidad, ni para el autor, ni para el lector. Por un lado, son historias que me atrapan primero a mí. Suelen ser llagas que se forman, en algún sentido. Preguntarse por qué sucedió tal cosa o tal otra y no naturalizar ningún aspecto de nuestra cultura, de todas las culturas, suele ser un gesto saludable”. Sobre el interés de que sean también aptos para niñas y niños, explica: “Me preocupa que puedan ser leído por ellos porque, justamente, son historias que nos han marcado y que tramitarlas no puede sino ser colectivamente, en comunidad”. 

Detalle de ilustración interior: El insólito caso de Madame Pôl. Faktoria K de Libros, 2010. Créditos: deqfagustlalluna-ade.blogspot.com

Libros que cruzan fronteras

Arispe ha desarrollado una prolífica carrera editorial, desde el año 2005. Algunos de los libros que ha escrito e ilustrado son La visita (2008), El insólito ascenso de Madame Pôl (2010) y El camino más largo (2012) [en la foto de portada]. Del año 2015 es su libro más popular: La madre y la muerte/La partida, con narraciones de Alberto Laiseca y Alberto Chimal, que fue seleccionado por el prestigioso catálogo White Ravens.

Fue este el libro que le permitió entrar al mercado editorial europeo. La madre y la muerte/La partida fue publicado en Francia por Le Tripode y en Italia por #logosedizioni.  Pese a su dramatismo, este libro ha demostrado no solo ser apto para niñas y niños, sino que causar fascinación en ellos. “En general, el prejuicio viene más por el lado de los adultos en el sentido que lo ven como un buen libro, pero luego muestran pruritos para compartirlo con los niños y niñas –reflexiona–. Creo que, si el libro es bien presentado, nada malo ocurre; todo lo contrario, me parece que viene a hablar de un problema sobre el cual los niños quieren saber”.  

Me interesa partir de historias que efectivamente ocurrieron y que tienen un aspecto extraordinario porque nos cuesta creer que hayan ocurrido. Mi posibilidad allí es la de sumar la ficción y la fantasía que me provee el arte.

Realismo delirante

Arispe creció en los años 80 observando a una generación dorada de dibujantes e ilustradores argentinos. En la revista infantil HUMI pudo ver las ilustraciones de Carlos Nine, Raúl Fortín, Alfredo Grondona White, Juan Lima, entre otros, para más adelante acceder a los cómics de Alberto Breccia, Solano López, Quino y Roberto Fontanarrosa. Siendo niño leyó también cómics extranjeros, como Astérix y Las aventuras de Tintín, y a dos ilustradores particularmente importantes: Paul Granger y Claude Serre, ilustrador francés: “El de Serre fue el primer libro que me compré con mis ahorros, a los diez años. En la librería encontré un libro de humor gráfico de él que me conmocionó por el uso de la tinta y el blanco y negro. Debe ser la influencia más grande que tuve”.

Apenas terminó los estudios secundarios, Arispe ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes y conoció a dibujantes como Edward Gorey y Robert Crumb, y a artistas: Goya, Peter Brueguel, Van Gogh, Otto Dix, Hokusai. Al egresar, sin embargo, no se sintió cómodo con el circuito tradicional de galerías y centros culturales en el que se esperaba continuara su carrera. “Me sentí ajeno a eso que se conoce como sistema del arte. En cambio, sí tenía muchas ganas de explorar el formato libro como soporte para el trabajo artístico”. Arispe se dedica desde entonces, además de a la escritura y a la ilustración, a la animación y a la docencia en talleres de arte con niñas y niños de Buenos Aires. 

Ilustración interior de El árbol (#logosedizioni, 2020). Créditos: libri.it

Varias de tus historias están inspiradas en hechos reales. El árbol comenzó con algo que viste en un museo de Uruguay, un artefacto hecho para abandonar niños, y El niño perdido, cuenta la historia de un niño que combatió en la batalla de Acosta Ñu. ¿Por qué quisiste revisitar aquel artefacto y aquel evento?

En ambos sencillamente está la pregunta ¿Cómo es que sucedió esto? Esos libros hablan de lo que hacemos y hemos hecho con los niños. El árbol y El niño perdido comparten la pregunta por la infancia ante dos situaciones de orfandad en diferentes sentidos. Me interesa partir de historias que efectivamente ocurrieron y que tienen un aspecto extraordinario porque nos cuesta creer que hayan ocurrido. Mi posibilidad allí es la de sumar la ficción y la fantasía que me provee el arte. Me gusta muchísimo la idea de Alberto Laiseca y su vanguardia estética llamada realismo delirante, en ella proponía partir siempre de un hecho real y comenzar a deformarlo o ampliarlo al contar una historia. Desde allí trabajo.

Es el caso de tres de los libros mencionados, El árbol, El niño perdido y La madre y la muerte/La partida, el protagonismo lo tienen niñas y niños… 

Me interesa muchísimo observar y pensar qué es lo que hacen las culturas con la infancia. Porque la cultura se renueva en la infancia, pero a pesar de ello (o por ello) muchas veces se le resiste. Este conflicto me interpela seriamente y mi vocación pedagógica contribuye. Creo que hay una suerte de negación de la infancia porque por definición es incómoda: viene siempre a probar qué tan fiables son las sociedades alojando a lo nuevo, a lo que nace. Si negamos lo que ocurre con la infancia, negamos lo que nace. Y una sociedad que niega lo que nace termina hablando con fantasmas.

Hay un libro de Kenzaburo Oé que ha sido importante para ti, Arrancad las semillas, fusilad a los niños, un libro narrado por un niño que experimenta la crueldad de los adultos.

La obra de Kenzaburo Oé es un faro para pensar estos temas. Oé replica en ese libro algo que hace también Golding en El señor de las moscas, que es desmitificar la idea de pureza e inocencia en la infancia y la necesidad de la existencia de adultos lo suficientemente buenos como para introducir a esas infancias a la vida comunitaria. Los niños de Oé quedan abandonados e, incluso, amenazados. Y lo que se produce en ellos es una crueldad que en la humanidad pareciera ser atávica, ligada a la supervivencia, sin frenos ni control. Allí está la pregunta: ¿Qué es cuidar a un niño?

Otro libro fundamental de Oé que va en esta dirección es La presa. Pero luego Oé tiene un hijo con hidrocefalia y casi toda su obra posterior está atravesada por esta seña autobiográfica. Y sigue pensando la infancia y la novela pero a través de este niño tan peculiar como protagonista. Es un autor extraordinario. Los artistas japoneses han producido obras geniales que piensan la infancia.

El camino más largo fue publicado en Hispanoamérica por FCE, en Italia por #logosedizioni y en Francia por Le Tripode. Créditos: Nicolás Arispe

¿Es importante para ti la revisión de archivos para tus historias?

Sí, de cada libro que he hecho. El archivo provee todo: lo estético, que le da cierta verosimilitud a la historia, por fantasiosa que fuera, y también lo conceptual, para situarme en la discusión y no correr el riesgo de aventurar ideas devaluadas o reiterar cosas que ya fueron dichas. Finalmente, me permite tomar posición, presentar determinadas tensiones y preguntas.

Desde lo visual, resulta inspirador porque te acerca a los detalles, podés trabajar meticulosamente cada escena dándole profundidad en capas y narraciones. Sin embargo, no me restrinjo solo a lo visual, pienso que el archivo debe incorporar otros lenguajes: novelas, música, cine, incluso manifestaciones estéticas consideradas peyorativamente “menores”: gráficas callejeras o de productos de consumo y hasta relatos oídos al pasar.

El arte de la muerte

¿Crees que La madre y la muerte/La partida ha logrado expandir barreras para la literatura infantil?

Creo que es heredero de libros realmente fundamentales como El pato, el tulipán y la muerte, de Wolf Erlbruch, o La balada del Rey y la Muerte, de Harrie Jekkerts, Koos Meinderts y Piet Grobler. Pero también de Pinocchio, o Barbazul. Es decir, libros que no se ahorran la parte difícil de la cosa. Con esto quiero decir que no sé si en sí mismo tenga el mérito de expandir barreras, pero sí que intenta colocarse en la tradición de esos libros. Para mí ha sido un libro importantísimo, sobre todo por el esfuerzo que me implicó: las primeras barreras que tuve que disolver fueron las mías, ya que no fue fácil meterse con un tema como la muerte de un hijo. 

Sobre La madre y la muerte, comentaste: “Intenté, en la parte que me tocó, colocar en este libro infinidad de símbolos y objetos que he ido recolectando por el camino a lo largo del tiempo para contribuir a lo que, en definitiva e íntimamente, espero que este libro sea: un pequeño conjuro”. ¿Cómo es este conjuro que formaste?

Pienso en el arte mismo como un posible conjuro. Un conjuro es una fórmula mágica que produce un efecto determinado, por ejemplo, de protección o destrucción. Entonces, mientras hacía el libro, me gustó esta idea de combatir los temores que nos producen la idea de morirnos o, peor, de que se nos muera alguien amado. Sabemos con certeza y lucidez que esto es inevitable. Entonces, ¿cómo vivir con eso? ¿Qué podemos hacer? Creo que el arte es un camino. Podemos hacer arte con la muerte. Embellecerla para no verla tan terrible, como en El pato, el tulipán y la muerte o envejecerla, deformarla, burlarnos de ella, ridiculizarla. Ella no puede frenar eso y nosotros tenemos el consuelo de jugar un rato con ella. En ese sentido, ese es el conjuro al que me refiero: no un conjuro para impedirla, pero sí un conjuro para darle un lugar menos destructivo entre nosotros, poder pensarla y comprenderla. Algo de eso pretendía con el libro.

“La madre y la muerte/La partida” se nutre de referentes de la LIJ como “El pato, la muerte y el tulipán”, de Wolf Erlbruch.

El conjuro está formado por muchos símbolos. Se ven máscaras, algunas de ellas parecen precolombinas, y todo tipo de seres enigmáticos, como una lechuza portando una llave y rostros que surgen de la tierra…

Los símbolos están todos relacionados a ideas y producciones artísticas que diferentes culturas elaboraron en torno a la muerte. El libro es un conjuro hecho en torno a la reunión de otros conjuros. Mi idea era poner todo eso a dialogar en un mismo plano porque son distintos modos de pensar la muerte. Por ejemplo, las máscaras son máscaras africanas de rituales vinculados a la vida (cosechas, lluvias, nacimientos, etc.) y las portan ardillas, que son ágiles, vitales. Las otras son máscaras mortuorias y las portan camaleones, lentos, mortecinos. Son representaciones de vida y muerte.

Se combinan varias culturas en tus narraciones. Esto se percibe también en Atti della gloriosa compagnia dei martiri (Obras de la gloriosa compañía de los mártires), un libro sobre mártires cristianos que se nutre de la iconografía medieval, y en El camino más largo, que tiene mucho de la sabiduría oriental. Me parece que es algo muy propio de Latinoamérica, absorber distintas culturas.

Sí, coincido totalmente. Es algo muy propio nuestro y me reconozco en esa clase de interés. Es algo bien barroco, creo (será la herencia del barroco latinoamericano). A mí me interesan mucho estas expresiones superpuestas, creo que generan muchas puertas de entrada. Me interesa lo que tiene más recodos, tensiones internas y me aburre un poco lo que se pretende sólido y cerrado en sí mismo. Busco eso para mí y, a la vez, trato de ofrecerlo trabajando la idea de superposición, de diálogo de cosas, de mezcla. Alguien podría colocar esto dentro la definición de posmoderno, pero yo no lo creo porque en lo postmoderno se diluye el posicionamiento y en mis libros yo hago el esfuerzo de tomar una postura. Desde siempre los artistas hacen esto de mezclar, recortar y superponer: todos tenían sus gabinetes de curiosidades de los que tomaban ideas. Me gusta más, me quedo y me identifico con la idea de barroco.

Proyección-lectura musical sobre la novela gráfica El Libro.

Compartir en: Facebook Twitter
Pablo Espinosa

Licenciado en Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado, Magíster en Periodismo de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura Infantil de la Universidad de Castilla-La Mancha. Es uno de los fundadores del proyecto Ojo en Tinta: podcast, revista digital y programa de televisión. En la actualidad, trabaja como investigador en la Biblioteca Nacional de Chile.

También te podría interesar