Reportajes

Pequeñas instantáneas de lectura

Daniela Navarro Por Daniela Navarro

Hace algún tiempo atrás, digamos unos 22 años más o menos, me pasó una de las cosas más importantes de mi vida: aprendí a leer. Típica experiencia que se transmite desde profesores, padres o adultos a los niños, y que en casi todos los casos evoca situaciones bellas o románticas de nuestra infancia. En mi...

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Crédito foto: Jon Nicholson

Hace algún tiempo atrás, digamos unos 22 años más o menos, me pasó una de las cosas más importantes de mi vida: aprendí a leer.

Típica experiencia que se transmite desde profesores, padres o adultos a los niños, y que en casi todos los casos evoca situaciones bellas o románticas de nuestra infancia. En mi caso resultó ser un trámite para cumplir un solo objetivo: terminar los cuentos que quedaban tirados sobre mi madre. ¡Qué bella es la memoria que nos permite falsear los recuerdos para transformar situaciones ridículas en una tragedia!

Aprendí a leer para terminar los cuentos que quedaban tirados sobre mi madre, que caía dormida

Todavía recuerdo mi insistencia y fascinación por las historias para niños que me contaban en esa época, y que no eran mucho más que la Caperucita Roja, el Gigante Egoísta y varios textos que lamentablemente hoy han adaptado en la literatura infantil (sin caperuzas asesinadas y gigantes come niños que no se arrepienten ni un poquito). Mi colección era particularmente bonita, ya que los cuentos tenían una tapa de cartón llena de puntitos de colores que irradiaban alegría y ansiedad, como los de la artista japonesa del momento, Yayoi Kusama.

Fuera de esos detalles, lo importante era que le insistía a mi madre para que me leyera y releyera esos libros durante todas las noches de todos los días; pero como ella llegaba tan cansada después de su pega, caía inevitablemente dormida. Esto evidentemente significaba el fin del cuento para mí, mientras que imagino que para mi madre implicaba un angustioso sueño interrumpido por pesadeces de una niña que debería haber aprendido a leer hace rato.

Sin embargo, tengo la impresión de que este primer obstáculo fue el que marcó mi obsesión con los libros, y con la acumulación excesiva de textos, cuadernos, cartas, anotaciones y listas de feria que me encontraba en la calle: no sólo quería leerlo todo, sino que además documentarlo todo, como si pudiese hacer un diario de vida del mundito en el que vivía junto a las señoras de la cuadra.

Esta obsesión por la lectura duró largos años, y hasta el día de hoy aparece. Anoto algunas notas al pie de página de una fijación que no se va del todo: yo recogiendo un diario de vida en la calle y leyéndolo camino al trabajo; yo cuando chica chocando con una infinidad de postes, personas, perros y demás artefactos que componen la ciudad de me manera elevada (y con chichones de por medio, por supuesto); yo interesándome más por un mundo inventado que por el presente, o yo llorando con la muerte de Snape (el personaje de Harry Potter) a los 25 años, mientras intentaba ocultar mis lágrimas a los ojos acusadores de los académicos y estudiantes de filosofía.

Concurso por el Día del Libro: Queremos que ustedes hagan un ejercicio similar al de esta columnista. Comenten aquí cuáles fueron los primeros libros que leyeron y qué recuerdos tienen de sus comienzos en las letras. Habrá 3 ganadores, que por sorteo se llevaran libros ilustrados al final del día.

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Daniela Navarro

Licenciada en Educación y Filosofía de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Ha participado en proyectos de índole social y feminista. Actualmente, trabaja en el equipo de Ediciones Ekaré Sur.

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