Los años de Allende

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Autor: Carlos Reyes - Rodrigo Elgueta Año: 2015 Editorial: Hueders Reseña de: Germán Gautier

“Siempre nos queda la posibilidad de que mientras otros escriban la historia nosotros hagamos la historieta”. Esta cita del escritor argentino Juan Sasturain con que arranca el primer capítulo de la novela gráfica funciona como potente declaración de principios de Los años de Allende: al tiempo que viene a interpelar el rol secundario del cómic, propone también un espacio de autonomía en la creación e interpretación por parte de los autores.

Esa autonomía comienza por el color de las ilustraciones y la técnica escogida por Rodrigo Elgueta, quien a través de la aguada de tinta china y sobre el final del texto –en los momentos más álgidos de la historia- con el grafito, nos sitúa en una realidad que gráficamente ha quedado archivada en blanco y negro por medio de fotografías, documentales y cintas de prensa.

En esa complejidad entre dos polos se encuentra también la sociedad chilena cuando el periodista estadounidense John Nitsch aterriza como enviado especial para cubrir las elecciones presidenciales de 1970.

De inmediato Nitsch comienza a empaparse del proceso revolucionario que se está gestando. No solo el periodista consigna los grandes acontecimientos que marcaron los mil días más intensos en la historia política nacional, sino que su olfato –conducido, por supuesto, por el impecable guión de Carlos Reyes- logra explicar el andamiaje social que terminó con el fracaso de un sueño y el triunfo de la violencia y el terror.

Nitsch se mueve de acuerdo a la situación, como periodista o investigador. Este doble juego implica que Los días de Allende sea más que una suma de hechos informativos; consigue, especialmente a través de sus personajes secundarios, una estructura narrativa y un ángulo de mirada original.

Allí están Marcelo González (su amigo taxista), Marcel Neumann (el corresponsal de guerra), Claudia y José (jóvenes militantes del MIR). Sus intervenciones en esta novela gráfica nos proporcionan como lectores una pausa dentro de la vorágine política.  Representan también un respiro en la cotidianidad –siempre intensa- que permite reflexionar y comprender un clima cultural.

Por ejemplo, el rol esencial del cartelismo y el muralismo, especialmente cuando Nitsch y Claudia conversan con Alejandro “Mono” González durante una exposición de la Brigada Ramona Parra en el Museo de Arte Contemporáneo. O cuando el periodista se reúne con Alberto Vivanco, editor del sello Quimantú, y con el dibujante Hervi, quien le muestra la creación de la revista SuperCauro.

Si John Nitsch es el protagonista de lo subjetivo, Allende es el protagonista de la macro historia. Entonces Nitsch pareciera ser a fin de cuentas un documentalista que nos cuenta su versión y, en esa ruta, la edición que Hueders ofrece con Los días de Allende invita, inevitablemente, a releer la historia, activar la memoria y volver a debatir en calidad de ciudadanos.

El formato de novela gráfica llamará tal vez a nuevos y jóvenes lectores. Podemos decir, en definitiva, que la posibilidad de Sasturain es cierta: en esta ocasión la historieta le hace tremendo guiño a la Historia.