Reseñas

Presentación: «El año en que hablamos con el mar»

María José Ferrada Por María José Ferrada

Andrés Montero presentó su novela, «El año en que hablamos con el mar» (La Pollera Ediciones), el pasado 9 de abril en el Centro de Cine y Creación. A continuación, compartimos con ustedes las palabras con que nuestra colaboradora, la escritora María José Ferrada, presentó este nuevo trabajo del escritor chileno.

El año pasado estuve, tal como hoy, compartiendo mesa con Andrés Montero. Un grupo de estudiantes de literatura de la Universidad de Chile ―Colectivo Sapphos― nos había invitado a él, al escritor Manuel Peña y a mí, a conversar sobre literatura infantil y juvenil, un tema que, como nos explicaron, no estaba ―y sigue sin estar― en su malla curricular. La invitación tenía, por lo tanto, un doble valor, ya que había nacido de ellos.

Hablar de nuestro oficio, a la mayoría de los escritores, nos gusta bastante, sobre todo cuando esa conversación deja espacio para tocar asuntos más bien técnicos: géneros, ritmos, estructuras. Lo menciono porque esa reflexión encuentra también un lugar en esta novela, pero volvamos al día del encuentro en la universidad. Un estudiante le preguntó a Andrés qué era lo que hacía que una historia fuera una buena historia. No recuerdo cuáles fueron sus palabras exactas, pero la respuesta fue algo como lo siguiente: una buena historia es en realidad dos: una historia visible y otra que sucede, al mismo tiempo, pero de manera oculta. La existencia de esta última la intuías. Y en muchos casos era esta ―y no la primera historia― la responsable de que siguieras leyendo. También de que ese libro que leías pudiera llamarse o no literatura.

En la superficie, la historia que se ve, El año en que hablamos con el mar es la historia de una isla, como las 43.471 islas que hay en nuestro país, con algunas particularidades: el mar se enciende con ayuda de un fósforo y una campana, perdida en el fondo del agua, anuncia la llegada de las visitas. También hay cosas que suceden como en todas las islas: tsunamis, por ejemplo, que se asoman de vez en cuando, tras los cuales los gobiernos de turno anuncian planes de reconstrucción. En el caso de esta isla el plan contempló el arreglo del aeródromo y la construcción de una biblioteca. El problema es que la profesora encargada olvidó rápidamente donde puso las llaves. Así es la vida.

Tal vez por eso, cuando Jerónimo ―uno de los hermanos protagonistas de esta historia― a su retorno, tras cincuenta años de ausencia, les pregunta a los isleños qué opinan sobre lo que pasa en el país, ellos le responden que la verdad es que eso no les importa mucho. El motivo es simple y a la vez complejo: al país tampoco le importan ellos. Andrés Montero ha recorrido islas, pueblos y villas así que sabe de lo que habla. Ese recorrido se nota en esta novela. Sin él no podría construir la voz de la isla como lo hace. Ni elaborar teorías como la del orden de la fiesta, que explica, cómo el éxito del evento depende de que los invitados lleguen en grupos cuya función es tan específica como cómica. Y aquí me detengo un momento, porque lo cómico en esta novela merece una atención especial.

Wylie Sypher, en Los significados de la comedia, dice que tal vez el descubrimiento más importante de la crítica moderna sea la percepción de que «la comedia puede decirnos muchas cosas acerca de nuestra situación que la tragedia no nos puede revelar». Exagerar las situaciones hasta el punto en que, como dice Kafka en sus apuntes, todo queda claro. Leyendo esta novela nos reímos, sobre todo de las ocurrencias de los isleños, pero cuando la carcajada termina nos quedamos pensando. Freud decía que los chistes, así como los sueños, eran una poderosa descarga de energía psíquica, una mirada al abismo del yo.

La más reciente novela de Andrés Montero fue presentada por la escritora María José Ferrada. Créditos: Andrés Montero.

En El año en que hablamos con el mar dos hermanos se reencuentran: Jerónimo, un periodista autodidacta que ha viajado por el mundo y Julián, que durante todo ese tiempo se ha quedado en la isla. La novela es la historia de la tensión de ese encuentro y de todo lo que los hermanos ―juegos de infancia, paisaje, afectos―comparten o compartieron alguna vez.

La historia la cuentan o intentan contar los isleños desde una locación que tampoco se puede dejar pasar: una taberna que en realidad es un barco, que un día llegó a la isla, como un regalo del mar. El espacio tiene ventajas y desventajas: se mueve, cruje, cuesta que los vasos no se ladeen, pero a cambio «se puede estar en la cubierta en el verano» y en las bodegas ―donde los clientes están casi siempre― es posible sentir que se está dentro del mar. En palabras del autor: «un viaje redondo que siempre llega al mismo puerto».

El personaje de Milena, pareja de Julián, antiguo recuerdo de Jerónimo y fantasmas querido de los isleños, moviliza la trama hacia el mundo subterráneo de la novela. Profundizar en este personaje en esta presentación podría dañar esa delicada tensión entre lo que debemos y no debemos saber como lectores, así que intentando imitar a los isleños en su práctica sabiduría, pasaré a otro tema, que tal vez se ubica en un lugar intermedio entre la superficie y el fondo.

Un hermano se va y recorre el mundo, con una cámara y un cuaderno, el otro hermano, nunca sale de la isla. ¿Quién, entre los dos, es capaz de contar una mejor historia? La pregunta que se hacen los isleños, contiene como dice Jerónimo, «toda la historia de la literatura». La idea aclara, no es de él sino de Walter Benjamin, a quien llama « don Walter».

El filósofo alemán, en su libro El narrador, habla de dos formas de vida que producen dos estirpes diferentes de narradores: el campesino y el marinero. El primero trae con él la noticia de la lejanía y el segundo, se encarga de mantener vivo el pasado. Hubo un tiempo, en que ambas formas se comunicaban, explica Benjamin, usando como ejemplo el taller de la Edad Media, donde el maestro sedentario y los aprendices errantes compartían un mismo taller. La crisis de la narración, inseparable de la crisis de la experiencia tendría, entre otros motivos, el quiebre de la comunicación entre estos dos narradores. No sería tan grave si no fuera por otra advertencia del mismo Benjamin: el arte de narrar es el ejercicio de una facultad constitutiva de los seres humanos desde tiempos remotos: la facultad ―y la necesidad― de intercambiar experiencias.

La Pollera Ediciones, 2024.

Me pregunto si lo que intentan los isleños, al reconstruir y contar la historia de los dos hermanos; si lo que intenta Jerónimo al hacerse preguntas sobre los distintos caminos que llevan a la literatura; si lo que intenta Andrés Montero al escribir esta novela, no será reparar, en la medida de lo posible, ese tejido roto. O pensar, una vez más, en la ruptura, abordada también por Benjamin, entre la tradición oral y la forma novela. Y es que a diferencia de la primera, no está en la naturaleza de la segunda ser un relato compartido por la comunidad: al estar destinada esencialmente al libro, la novela ya no forma parte del haber común, sino que su destino ―quien sabe si triste destino― es el consumo individual.

Llego al final de esta presentación, sin haber tocado temas tan importantes como la aparición del tiempo histórico en un relato que parece ocurrir fuera del tiempo. Sin hablar tampoco de la capacidad que tiene Andrés Montero de dar a cada forma de ver el mundo, su propia forma.

He dejado muchos temas fuera, pero como dicen los isleños hay que saber dónde comenzar y dónde terminar las historias. En sus palabras: «tomar una decisión, elegir un buen machete, ponerlo sobre el tiempo y decir, desde aquí, hasta aquí no más».

Muchas gracias.

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María José Ferrada

María José Ferrada es periodista y escritora de libros infantiles. Su trabajo ha sido publicado en Chile, Brasil, Argentina y España, y ha sido premiado tanto en nuestro país como en el extranjero.

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