En medio de la incertidumbre del futuro tras el fin de la pandemia y la fuerte inflación que afecta a gran parte de la población mundial, el escritor viñamarino Diego Armijo Otárola ha lanzado su nuevo y tercer libro, Ropa (Ediciones Libros del Cardo, 2022), un texto breve que se sumerge en una actualizada narrativa social con técnicas compositivas rupturistas que merodean entre el surrealismo y el collage dadaísta. Desde las ferias de ropa usada, lugares recurrentes que pocas veces son retratados en la escritura, esta obra presenta nuevas herramientas y planos de interpretación para entender estos espacios económicos y sociales de segunda mano, seguramente parte de los estratos más bajos del comercio.
La historia se centra en Luis, un comerciante de ropa usada que deambula por la feria Caupolicán Goméz Carreño, situada en Viña del Mar, narrándonos sus peripecias y el entorno paupérrimo en el que se desenvuelve. Una vez que pierde su trabajo como empleado de un puesto de ropa usada, comienza un nuevo negocio en el mismo rubro para lograr su independencia económica. Bajo esta línea argumental, Luis nos cuenta su vida en la feria y su relación con Rocío, con quien vive de allegado y mantiene una difícil relación sentimental producto de sus malas condiciones económicas.
La obra nos muestra cómo se desenvuelven las relaciones humanas y los códigos que se manejan en el espacio feria en el que los mecanismos de poder se reproducen de la misma forma que en otros espacios donde la distancia económica entre empleador y empleado es más clara. Es así como se puede ver el clasismo y el enjuiciamiento al que es sometido el personaje por no manejar mercancías ni capital: «Que el negocio es mío, le dijo la doña, que la ropa es mía, que yo te pago lo que te pago, te saqué de la calle, estabas sin nada, te habían echado de todos lados, drogadicto asqueroso, yo te conseguí esa pieza toda cagona donde te tiras a dormir». Luis, que se muestra tranquilo y algo distraído, pareciera no entrar en el juego de la codicia y de las apariencias ni tampoco parece adaptarse a este ritmo económico, por lo que es discriminado por la misma clase proletaria que, pese a su bajo nivel adquisitivo, ha logrado concretar los deseos aspiracionales que el capitalismo promueve.
Al igual que la ropa usada, la existencia del protagonista, en la estructura económica más baja, termina por tener un valor de utilidad como mano de obra y, al no adquirir el ritmo y la fluidez performática del mercado, este pareciera ser otro producto desechable.
La ropa usada, de alguna manera la materia primordial para estos comerciantes de la feria y el motivo de este libro, es también un símbolo de lo obsoleto y desechado por la modernidad y las grandes empresas, un producto que cumple con la utilidad de vestir y abrigar pero que no tiene el valor del fetiche que la moda y la publicidad les otorga a estos objetos: «Luis tiene pesadillas en donde su piel se vuelve tela, su humanidad se viste de trapo, su vida es comercializada». Al igual que la ropa usada, la existencia del protagonista, en la estructura económica más baja, termina por tener un valor de utilidad como mano de obra y, al no adquirir el ritmo y la fluidez performática del mercado, este pareciera ser otro producto desechable.
Este breve libro, de tan solo cincuenta páginas, tiene una historia que solo quedaría como una anécdota propia de una novela corta, como un cuento que nos recuerda los infortunios de las clases bajas en la modernidad representada en la narrativa social de principios de siglo XX, sin embargo, es la técnica compositiva y el montaje lo que engrandecen su nivel de análisis. Con esto me refiero a los tres elementos, propios de la ropa usada, que cada capítulo usa para desarrollar el texto; están las pilchas, que nos narran al relato central; las hilachas, pensamientos o datos anexos que en algunas ocasiones tienen importancias para la historia y en otras parecieran estar demás y, por último, las etiquetas, explicaciones y resúmenes de los sucesos de las pilchas. Esta extraña constitución narrativa, que mezcla los pensamientos del personaje principal, voces de la feria y explicaciones y definiciones de una voz omnisciente, genera una estética desordenada que se suma a baches que parecen erratas, dándonos un texto sucio que quiere reflejar el ambiente en cuestión.
Los espacios olvidados que en algunas ocasiones son representados bajo el melodrama de la pornomiseria o la contrapublicidad porteña bukowskiana, se subvierten en personajes simples que intentan sobrevivir tranquilos a su condición sin buscar la caridad ni la autodestrucción. La problemática social propia del género realista se descompone y se reconstruye con un nuevo significado tanto estético como teórico. Una obra que nos revela la complejidad de la serie de entramados políticos y estéticos de los lugares de comercio más bajos del sistema económico de hoy en día.

