Estas palabras quieren ser
un puñado de cerezas,
un susurro —¿para quién?
entre una y otra oscuridad.
Sí, un puñado de cerezas,
un susurro —¿para quién?
entre una y otra oscuridad.
Jorge Teillier
Era el año 2005 cuando un amigo me prestó Chilenos de raza, seguramente el primer libro que leí por mi cuenta a la par de aburrirme con las lecturas obligatorias de las clases. En medio de un recreo un profesor me vio leyéndolo y me dijo que la hija del autor estaba dos cursos más arriba. Apenas terminé el libro, fui a conocerla, pasaron unos días y la niña me trajo un regalo, El empampado Riquelme, con una dedicatoria que decía: Para Joaquín. Así comencé ―a mis 14 años y con una pésima ortografía―, un correspondencia con Francisco Mouat, hecho que de alguna manera sería el puntapié inicial para estudiar Literatura, trabajar en el mundo de los libros y conectar precisamente con el texto a tratar en esta reseña: Un puñado de cerezas, la autobiografía de este escritor, periodista y amante del fútbol.
El libro, publicado por Overol, comienza en 1970 con la abuela de Mouat llorando por la victoria de Salvador Allende, un tema completamente ajeno y desconocido que, sin embargo, terminó marcándolo para siempre. En este período infantil, se logra ver su estadía en el colegio Saint George y posterior cambio al Colegio San Juan Evangelista, en el que curas holandeses se situaban en contra de la dictadura, influenciados por la teoría de la liberación. De esta etapa, pasamos a la vida universitaria del autor, quien nos narra su paso por la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica y cómo, estando todavía en un entorno acomodado, vivió la violencia política más de cerca, con varios compañeros damnificados.
La biografía nos muestra sus inicios en el periodismo como trabajador en revistas importantes en la lucha contra la dictadura, tales como Apsi y Hoy. En este segmento podemos ver cómo su formación de periodista se profundiza, pasando de la teoría a la práctica, investigando los hechos por debajo de la oficialidad, trabajando con personas que fueron directamente torturadas y teniendo a la muerte rondando de cerca con compañeros que fueron asesinados.

Tras el fin de la dictadura ―hecho que también trajo el fin de estas revistas políticas―, Mouat comienza a ser parte de El Mercurio, lugar donde logra ver de cerca la censura y el poderío de Agustín Edwards. Tras salir de este medio, sucede una de las anécdotas más llamativas del libro; su participación como ghostwriter en la autobiografía de Sebastián Piñera: “¿Por qué terminé aceptando aquella propuesta absurda? (…) Durante mucho tiempo, años, tuve pesadillas con esta historia y sentí vergüenza de confesarles a varios de mis amigos más queridos y cercanos el libro por encargo que había aceptado escribir”. Aquel episodio que culminó con la renuncia del autor tras la desaprobación del primer manuscrito, además de mostrarnos sus falencias y contradicciones, también nos da una vista panorámica del aparataje publicitario superficial de las campañas políticas masivas.
Su viaje en el medio periodístico, con aciertos y desaciertos, nos lleva a una reflexión mayor en tanto el rol y el compromiso que amerita su oficio, tema que Mouat relaciona con una frase del periodista brasileño Nelson Rodrigues: “El idiota de la objetividad es también un cretino fundamental. Ese es el negocio. La falta de complejidad del sujeto que dice solo la cosa cierta o aparentemente cierta y no ve que todo hecho tiene un aura. La verdad es que el hecho es, en sí mismo, una buena droga”. Quizás, la mayor conclusión dentro de su bagaje por medios importantes que cumplieron, para bien o para mal, papeles claves en contextos históricos significativos para nuestro país.
A cincuenta años del inicio de uno de los períodos más tristes de la historia de Chile, se publica esta obra llena de ternura y liviandad que aborda grandes hitos con una gran cuota de esperanza para el futuro. Un libro cargado de humor y sinceridad que, más allá de relatar y analizar anécdotas significativas para el autor con referencia al contexto político, termina por indagar en las profundidades del oficio periodístico y, si nos ponemos más románticos, en las profundidades de la bondad humana. El libro termina con una imagen hermosa en medio de un suceso horripilante generado por la dictadura. Me gustaría nombrarlo pero arruinaría, como dice el título del libro, un puñado de cerezas en medio de una y otra oscuridad.
