Entrevistas

Sara Bertrand, escritora: «No creo que la literatura sea terapéutica»

María Jesús Blanche Por María Jesús Blanche

Hace poco más de un mes llegó a librerías Afuera, la última novela de la historiadora, periodista y escritora Sara Bertrand, su segunda publicación dirigida al público adulto. Conversamos con ella sobre los temas que nutren su literatura actualmente, sobre lo lejos que estamos de la búsqueda espiritual, y las preguntas individuales y colectivas que...

Hace poco más de un mes llegó a librerías Afuera, la última novela de la historiadora, periodista y escritora Sara Bertrand, su segunda publicación dirigida al público adulto. Conversamos con ella sobre los temas que nutren su literatura actualmente, sobre lo lejos que estamos de la búsqueda espiritual, y las preguntas individuales y colectivas que como humanidad nos planteamos.

La escritora Sara Bertrand. Créditos: Alejandro Gálvez.

El pasado 14 de junio, la librería Nueva Altamira, en el Drugstore de Providencia, fue el lanzamiento de Afuera (Planeta, 2019) la más reciente novela de Sara Bertrand. Un íntimo encuentro con lectores y amigos de la escritora que fue realzado por el frío y la lluvia anunciada para esa tarde. Quienes asistieron pudieron presenciar una conversación entre la autora y el también escritor Gonzalo Maier que giró en torno a la novela y los temas que motivan su escritura actualmente. La memoria familiar, el mundo femenino y los dificultades de la identidad de género vista de forma binaria.

Afuera viene a integrar la prolífica trayectoria de Sara Bertrand, que en 2016 la llevó a publicar su primera novela para adultos, Álbum familiar (Seix Barral). Historiadora, periodista y escritora que en sus inicios tuvo a la literatura infantil y juvenil como foco, en 2017 resultó ganadora del New Horizons Bologna Ragazzi Awards y fue premiada por el Banco del Libro por su libro La mujer de la guarda (2016), ilustrado por Alejandra Acosta.

«¿Cuándo termina la guerra en una familia que estuvo en guerra consigo misma?», es una de las preguntas que funciona como hilo conductor de Arriba, novela que construye la vida de Lili, su protagonista, desde dos identidades: la de Lili adulta quien, habiendo vivido una infancia difícil, comienza a dar cuenta de una herida que la hace callar y levantar barreras ante el mundo que la rodea. Es la imposición del olvido que esconde a esa otra Lili, la adolescente, y que nosotros conocemos a través del relato, a través de su historia individual, pero también a través de la historia de su mamá y de sus abuelos. 

Acabas de lanzar hace algunas semanas tu última novela. ¿Cómo fue el proceso de escritura de Afuera?

—En general, los relatos suelen aparecer como una foto, estado de ánimo o escena que se repite como mantra y mientras no los escriba, me persiguen. Pero en el caso de Afuera, lo primero que surgió fue una conversación acerca del mundo femenino, de la forma particular de aprehender el mundo que tenemos las mujeres. Llevaba un tiempo leyendo a Anne Carson, Louise Glück, Vivian Gornick, Nell Leyshon, por nombrar algunas de las que están detrás de este libro y me sentía fuertemente interpelada. Por una parte, sentía una envidia feroz por el arrojo de esas voces y, por otra, una pulsión de entrar en lo femenino y masculino, en cómo se reparten los géneros, cómo los adoptamos y, sobre todo, cómo las mujeres transmitimos nuestra memoria histórica familiar, cómo damos cuenta de nuestras relaciones. No quería pensar en binarismos, me parecían sumamente aburridos, porque mi generación fue esa en la que había juegos para hombres y juego de mujeres y, la verdad, esas casillas incomodan, aprietan y, por supuesto, no reflejan para nada la diversidad de matices y combinaciones posibles que se dan en las personas. 

¿Cómo decidiste la estructura de la narración?

—La estructura se fue dando a medida que escribía. A diferencia de Álbum familiar –mi novela anterior–, donde la estructura dominó el proceso escritural, en Afuera comencé con la voz de Lili adulta, pues pensaba narrar la historia solo desde esa voz, una mujer que, habiendo vivido una infancia difícil, comenzaba a dar cuenta de su herida. El problema fue que las imágenes de Lili adulta eran pequeños instantes del día y al leerlos, se hacía difícil entender qué había ocurrido, por qué ella levantó un muro para protegerse del mundo, de las personas que se le acercaban. Entonces, decidí que en ese paseo, ese día que narra la protagonista, ocurriera ese juego de memoria involuntaria, que es como habitualmente recordamos, porque nunca lo hacemos de manera lineal ni menos cronológica, sino desordenadamente. 

Trabajas en tu novela con la memoria y en cómo Lili en su etapa adulta se construye desde el silencio. ¿Crees que existe la posibilidad de reconstruir una identidad a través de la palabra?

—Desde Freud en adelante (por ponerle una fecha), el relato de nuestras experiencias es una forma de ordenar tanto la psiquis como las experiencias vitales. Ahora, una cosa es el relato, la palabra y otra, la lectura. Puedes narrar tu historia, reconstruir tu relato, puedes incluso leerlo de la manera que te plazca, pero algo distinto es la lectura de los relatos de otros. No creo que la literatura sea terapéutica, más bien, creo que forma parte de una pregunta o muchas preguntas que la humanidad se plantea. En ese sentido, la literatura es una forma de comunicación, un hilo interminable que nos reúne, en el que puedes pesquisar temas y respuestas a lo largo del tiempo. La literatura es colectiva, necesita serlo, porque forma parte de un corpus social, de la plaza pública que se pregunta, que indaga, que sale al encuentro del otro para responder sus preguntas esenciales.

La poeta estadounidense Louise Glück. Créditos: Eterna Cadencia.

En tu libro abordas las relaciones familiares, haciendo hincapié en la relación abuela, madre, hija. ¿Es tu libro una pregunta por lo femenino?

Absolutamente, pero también, es una conversación acerca de la salud mental de las familias, porque al igual que las personas, las familias se enferman, sufren obsesiones, trancas y tienen sus propias formas de hacer y decir. En el caso de la de Lili, el silencio es la forma expresiva más recurrente; y el silencio, como forma de expresión, es muy violento, quizás, más que el decir. Mientras escribía me di cuenta de que, en general, nos cuesta asumir como propio el relato de nuestros abuelos, y que cuando peleamos contra nuestra herencia o nuestros traumas, solemos irnos contra nuestra madre o padre, no contra nuestros abuelos. Así es que opté por mostrar la historia de los abuelos como fugas y no integrarlas al relato que Lili hace de su propia vida. De todos modos, vas entendiendo que Lili está dando un salto que implica liberar a la abuela y a la madre, porque ella tiene una libertad que no tuvieron las mujeres que la antecedieron y eso es muy reparador, tener la chance de ser lo que quieras.

Me parece interesante retomar la conversación espiritual, íntima.

A través de la madre, está la presencia de una secta como detonante del conflicto entre ella y su hija. ¿Por qué decidiste abordar esta temática?

—Precisamente durante el proceso de escritura vi la serie Wild Wild Country, que trata sobre la secta de los rojos, seguidores de Osho, movimiento que sucedió cuando en Chile estábamos en dictadura. La fuerza con que las personas decidieron convertirse y, en muchos casos, abandonarlo todo para ir tras su maestro, me ofreció el contexto necesario para la creación de la historia. Pero, más íntimamente, me sorprendió muchísimo la distancia que existe entre nuestra época con aquella, ¡cuán lejos estamos de la búsqueda espiritual! Estoy hablando como ciudadana de a pie, que ha internalizado la experiencia de vivir sin dios, porque dios, como figura omnipresente, ha desaparecido de la conversación social y se percibe como fanatismo, no como la búsqueda del misterio, nuestro misterio; porque la humanidad, nuestra presencia en este planeta frágil y hermoso, finalmente, sigue siendo un misterio. En este sentido, me parece interesante retomar la conversación espiritual, íntima, aquella que hace preguntas acerca de la trascendencia, nuestra especie, quiénes somos, qué queremos y de qué manera haremos frente a los problemas de migración, racismo, violencia, codicia con los que nos encontramos a diario.

—Tanto en Afuera como en Álbum familiar la infancia tiene un rol central en el relato. ¿Qué tiene este momento como materia narrativa que te interesa contar?

—No creo que uno abandone la infancia, uno crece, se hace grande, pero la infancia te acompaña como rumor, una sombra. Durante largo rato, te ves obligado a conversar sobre ella, a resolver aquello que te golpeó o te sorprendió, porque el mundo te entra en 3D o 4D y alucinas con todo lo que ves y esas primera experiencias, la forma en que el mundo te da la bienvenida, su poética implicada, quién te introduce en el mundo, cómo lo hace, marcará tus búsquedas posteriores.

¿Qué otros proyectos literarios vienen en camino?

—Un libro de cuentos que debiera aparecer este año, crucemos los dedos de manos y pies, y un libro de ensayo que estoy escribiendo en este momento. 

¿Qué estás leyendo actualmente y que nos puedas recomendar?

—Me ha tocado la suerte de toparme con lecturas maravillosas, de esas que te producen una corriente eléctrica y te dejan en una especie de estado de gracia que es tan deliciosa para los adictos a la lectura. Los notables: El fuego y el relato (Sexto Piso, 2016) de Giorgio Agamben; Contar es escuchar, ensayos sobre escritura, lectura e imaginación (Círculo de Tiza, 2017), de Úrsula K. L Guin; Otra novelita rusa (Colección Micra, 2019), de Gonzalo Maier y El paraíso universal (Saposcat, 2019), de Robert Graves. Todos altamente recomendados.

 

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María Jesús Blanche

Licenciada en Letras Hispánicas y diplomada en Edición. Su amor por el libro como objeto y como una fuente inagotable de experiencias lectoras diversas, han sido una motivación constante para seguir trabajando desde distintos frentes en busca de nuevos amantes de la lectura.

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