Reseñas

“Sed y sal”, de Juan Santander Leal

Astrid Donoso Henríquez Por Astrid Donoso Henríquez

Sed y sal es el más reciente libro de Juan Santander Leal publicado por Overol. Un poemario que de alguna forma tiene dos vidas, dos esferas de acción que amplían sus posibilidades de lectura. [Imagen de portada: Overol]

Juan Santander Leal es un poeta copiapino, radicado en Santiago que ya cuenta a su haber con una serie de libros: Allí estás (2009), Cuarzo (2012), Agujas (plaquette, 2015),  Nueve lugares (plaquette Cuadro de Tiza, 2017), Hijos únicos (Overol, 2016), y los tres primeros reunidos en una antología editada por Overol como La destrucción del mundo interior (2015).

Habiendo recibido el Premio Mejores Obras Literarias en 2017 por Hijos únicos, Sed y sal es el último libro de Juan; un poemario que de alguna forma tiene dos vidas, dos esferas de acción que resulta interesante observar por separado y como vaso comunicantes que termina enriqueciendo y ampliando sus posibilidades de lectura: Por una parte, a comienzos de este año muchos de los poemas que se incluyen en este libro se publicaron como parte de un álbum creado junto al músico Enrique Elgueta (Maifersoni) que une música y poesía bajo el título: Que ningún sentimiento amanezca en su casa. El disco, publicado por el Sello Fisura está disponible en YouTube y plataformas de streaming, fue lanzando en vivo poco antes de los primeros efectos de la pandemia en el país y en nuestras vidas.

Y por otra parte, el libro publicado en agosto, urde dos elementos que son esenciales y parte de la vida y que le dan título. Sed, como una necesidad vital de algo más, de algo que implica una búsqueda que cobra carácter esencial para la existencia. Sed por la vida, algo que sin duda podemos leer en clave estallido, en clave de trascendencia en estos poemas. Y sal, esa que no solo es parte de escenarios nortinos que podría leer como parte de un entretejido en la biografía del autor, sino que además implica la sal de la vida, algo que de nuevo nos habla de la existencia y de algo que está presente en todo lo que consumimos y lo que somos como seres vivos, pero que a la vez es un exceso, una posibilidad de desborde. Parecen conceptos contrapuestos pero no lo son, se alimentan el uno del otro. Así lo encontramos en los poemas, donde lo esencial se desliza en lo cotidiano, y tenemos versos que se abren a las posibilidades como: 

y que el viento se confunda de dialecto
Cuando vuelva a dirigirme la palabra.


Entiendo el movimiento de las hojas
Cuando miro el avance de la plaga,
los jacintos tranquilizan o amenazan.

Vuelvo a la idea de la sed que cruza todo el libro y que vemos en esa ansia pausada por saciarla, como si alguna vez pudiésemos de verdad calmarla del todo. Pretender que podemos beber una vez y seguir con nuestra vida, cuando la verdad es que la sed nunca termina, siempre invitándonos a volver a buscarla, a soñarla,  y el solo hecho de pretender pararla es terminar con la vida misma. 

No es un libro de poemas herméticos o esquivos. Quizás algo de la cercanía que se siente con varios de ellos es justamente lo citadino que en algunos se revela, lo cotidiano e inmenso en la vida diaria de cruzarse con un cartero o vemos el avance del concreto en un rincón de la ciudad desde una ventana.  También rescato las imágenes que nos deja, donde el presente de pronto nos rememora la infancia y unos dientes de leche atesorados, y el ojo atento ante lo que parece pequeño que nos rodea, pero donde habitan nuestra vida y por ende, nuestro devenir. Con todo lo que eso implica.  

El primer poema parte con “Querida levadura del mundo” en alusión a un poema y una traducción esquiva del poeta ruso perseguido bajo el stalinismo Osip Mandelstam, y que de alguna forma da cuenta de las lecturas del autor, de todos aquellos intertextos que de pronto leemos en sus versos y que son una invitación a leer más allá de lo aparente. Porque  leemos lo cotidiano pero a la vez leemos las observaciones pausadas de mirar algo por mucho tiempo, que de alguna forma fermenta en el poema, en esas imágenes y símbolos que persisten y que hacen que una como lectora vuelva una y otra vez sobre un verso, una imagen o un poema, permitiéndole expandirse en el espacio y el tiempo.  

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Astrid Donoso Henríquez

Coordinadora de medios y libros de La Fuente. Periodista, técnico bibliotecario, máster en LIJ, diplomada en Fomento Lector, Edición y Literatura en Lengua Inglesa. Lectora voraz de diversas latitudes y géneros, con afición especial por lo anglosajón.

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