Selva Almada: «El lector me parece como una entidad fantasma»

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Autora del éxito de ventas El viento que arrasa y de otros títulos que transitan entre la narrativa y la ficción –como Chicas muertas y la recientemente publicada El mono en el remolino–, Selva Almada visitó Santiago para participar en la XII versión de la Furia del Libro que se celebró en el Centro GAM, en diciembre pasado. Conversamos con ella sobre su proceso creativo, sobre la literatura escrita por mujeres y sobre los tipos de violencia que confluyen en su narrativa.

Créditos: Entreriosahora.com

Invitada por Galo Ghigliotto, director de la Furia del Libro, Selva Almada (Villa Elisa, Entre Ríos, 1973) visitó nuestro país para participar en la XII versión de este encuentro que reunió a más de 160 editoriales en el Centro Cultural Gabriela Mistral. Visita que además permitirle presentar en Chile su éxito de ventas El viento que arrasa (2012) –que en Argentina lleva nueve reimpresiones–, se ha vuelto una oportunidad para conocer nuevos autores y autoras, conversar con sus lectores y participar en la VIII versión de los Diálogos latinoamericanos.

Entre todas esas actividades que, confiesa, no le dejaron tiempo para recorrer la ciudad, pudimos compartir unas palabras con ella, en una jornada de características provinciales: la gente recogida en sus hogares por la tarde, altas temperaturas y un tiempo que –tal como en sus relatos– con su espesor envolvía a quienes transitaban por el Centro GAM aquel caluroso domingo de diciembre.

En la conversación, Selva parece elegir cuidadosamente sus palabras. Con un hablar acompasado, enumera, enfatiza, pero al mismo tiempo sus respuestas parecen saber desde el principio hacia dónde se dirigirán. Y escucharla es casi como leer sus cuentos y novelas. Frases breves y párrafos construidos con una precisión, diríamos, arquitectónica, pero que son capaces de condensar múltiples sentidos.

Son las tardes dominadas por las siestas o los juegos de infancia de niñas y niños, los que dan paso en sus novelas a reflexiones sobre la violencia, la vida y la fe en un entorno donde pareciera no suceder nada. Más que paisaje, más allá de lo anecdótico que puede entregar la provincia –o el interior, como suelen llamarla al otro lado de la cordillera–, Selva Almada logra construir con palabras los aspectos más imperceptibles de una ruralidad que solo puede ser percibida por quienes viven o pasan por estas localidades. Porque es en la periferia, como prefiere llamarla, donde la violencia se vive de otro modo, solapadamente.

—En primer lugar, me gustaría ahondar en tu formación como escritora. Tú entraste primero a estudiar Comunicación Social y luego llegaste a la literatura. ¿Qué autores fueron fundamentales para ti, cómo fue ese período?
—Bueno, yo era muy lectora desde chica, siempre he leído un montón. Y ya más grande, en la Facultad me interesé por el periodismo escrito y tuve la oportunidad de cursar un taller para desarrollar una escritura no necesariamente relacionada con el periodismo. Ahí fue que empecé a escribir, me imagino que nos habrán pedido una cosa de ficción, algún cuento, y dije “está bueno escribir esto”. Después pensé que si toda la vida había leído ficción, bueno, parece bastante lógico que pueda escribirla, ¿no?
Entonces pensaba que para ser escritora había que leer el canon y cuando estaba por empezar el tercer año en la Facultad me anoté en un profesorado que había de Literatura, porque en ese tiempo no había carrera de Letras. Allí había otra gente que tenía la inquietud de escribir y empezamos a juntarnos entre nosotros y armar una especie de taller. Esa contención grupal fue muy importante para mi formación. Y ahí conocí autores como Juan Carlos Onetti que por ahí, si tengo que decir cuál fue el primer escritor que sentí que era como un faro a seguir, fue Onetti. Después se fueron sumando otros, Horacio Quiroga, con sus relatos para adultos que son buenísimos. Daniel Moyano, que es un escritor argentino del interior poco leído todavía, exiliado durante la dictadura y que finalmente murió en España. Ellos tres fueron muy importantes para mí al comienzo de mi formación como escritora.

—Se te ha definido como una “escritora de provincia”, ¿te resulta cómoda esa definición? ¿De qué forma te relacionas con otros escritores que abordan los espacios fuera de la ciudad?
—No es una definición descabellada, tiene que ver con el tipo de relatos que escribo y con mi lugar de procedencia. En la Argentina, además, hay una tradición de escritores provincianos muy importante. O sea, los fundadores de la literatura argentina, por ejemplo Sarmiento, eran de provincia. Así que no tengo ningún problema con esa etiqueta, no me disgusta. Sí me acuerdo que con uno de mis primeros libros de relatos jugamos un poco con esa idea en el título: Una chica de provincia (Gárgola, 2007).
Y sí, estos tres autores que yo te nombré justamente trabajan con la periferia. Si bien Onetti tiene relatos ambientados en Montevideo, después tiene otra serie de novelas y de cuentos en esta Santa María que se inventó él, y que claramente están hablando de una ciudad del interior. Entonces, sí me interesaba y me sigue interesando leer este tipo de escritores o escritoras, que trabajan con la periferia. Me gusta más llamarlo periferia que interior del país, porque también hay mucha literatura que puede transcurrir en el interior del país pero que es una literatura muchas veces costumbrista. Pero bueno, sí Moyano, Onetti, Quiroga, Sara Gallardo, trabajan zonas rurales pero con una mirada más desde los márgenes y eso me parece que es interesante, cuando te proponés construir una obra que tenga que ver con lo periférico.

Villa Elisa, Entre Ríos. Créditos: welcomeargentina.com

—En relación con esto mismo, qué entrega a tu escritura situar tus novelas en la provincia, a diferencia de hacerlo en la ciudad.
—Bueno, todo el universo. De hecho, gran parte de las historias que escribo no podrían suceder en la ciudad, me parece que están muy emparentadas con lo rural. En mis relatos trabajo mucho no solo con el paisaje sino con la naturaleza, con las variedades de lenguaje que hay en el interior del país, que es muy rica y que a mí me sirve para armar una especie de poética en los textos narrativos. Todos estos elementos me siguen resultando más atractivos pensados en el ámbito rural que en el ámbito de la urbe. También me gusta indagar en la violencia, me parece que el tipo particular de violencia que se da en estos lugares  –que es bien distinta a la de la urbe–, como esta cosa que va subterráneamente tensando esas relaciones, esos universos, creo que es muy visible en estos pueblos pequeños donde todos se conocen, todos saben los secretos de los otros y al mismo tiempo todos esconden algo.

—¿Crees tú que en estos espacios es posible que se dé un tiempo distinto a la de la ciudad? Pienso, por ejemplo, en El viento que arrasa, que desde el inicio crea este ambiente de que en cualquier momento se va a desatar una tormenta…
—Sí, o sea, claramente el tiempo o la percepción del tiempo es bien distinta en estos lugares, como si todo atrasara 10 o 20 años con respecto a las ciudades grandes y eso impone un ritmo en las historias o en las tramas, se mete en la escritura, en el ritmo. Creo que tiene que ver con un ritmo narrativo que viene impuesto por ese tiempo real que ocurre en estos sitios y que siempre está ralentizado. Me cuesta un poco desmembrar el texto, pero sí tengo presente cuando escribo que no solo me interesa la anécdota de la ruralidad, o sea, la cosa muy rica que tiene en cuanto a personajes e historias, sino todos esos otros elementos, y el tiempo es uno de ellos. De cómo pasa el tiempo ahí, que es un tiempo más moroso y creo que eso en El viento que arrasa está muy presente, incluso en la tormenta que acompaña el clímax de la historia. Es como que la trama estalla cuando estalla la tormenta.

Es interesante cuando te proponés construir una obra que tenga que ver con lo periférico

—En relación con Chicas muertas (PRH, 2014), me gustaría que nos contaras sobre el proceso de escritura, investigación y publicación.
—Fue un libro que me llevó un montón de tiempo. Había un caso que yo conocía desde chica, que me había impactado mucho y que son de esas historias que nunca te olvidás, porque fueron tan violentas que siempre están en tu memoria. De hecho en este otro libro, Una chica de provincia había un relato que narraba ese asesinato, el de una chica muy joven, en su casa, en su cama, mientras estaba durmiendo. El 2008 empecé a pensar algo ya más como un proyecto, investigar y escribir sobre el femicidio de Andrea. Luego, casualmente me topé con otro caso similar de la misma época con algunos puntos en común, aunque los casos ocurrieron en distintos años y lugares. Me parecía bueno que fueran tres casos, como que dos me parecía que quedaba medio corto, así que busqué un tercero, hasta que apareció el caso de Sarita.
Me interesaba hacer el trabajo de entrevistar a las personas, ir a los lugares, a los diarios a ver cómo habían tratado la noticia en su momento. Así que armé un proyecto y lo presenté al Fondo de las Artes. Después se terminó la beca, se terminó la plata y estuve un tiempo sin saber por dónde seguir. Ahí fue cuando leí El empampado Riquelme (Ediciones B, 2002), de Francisco Mouat, un libro de investigación donde entrevista a distintas personas para desentrañar el personaje de Riquelme. Una de las personas que entrevista es una especie de médium. Me impactó mucho la decisión de poner una fuente no científica, muy literario dentro de un trabajo periodístico. Le pregunté a un amigo que iba a una tarotista, si le parecía que a ella le podía llegar a interesar que hiciéramos un trabajo así con las chicas de la historia. Entonces, durante un año trabajé con ella. 

—¿Y en todo este proceso te comunicaste con los familiares de estas chicas?
—Sí, claro, antes los había entrevistado, pero lo de la tarotista no, eso lo supieron cuando salió el libro. Pero en realidad esto vino un poco por lo de Mouat, pero además porque en dos de los tres casos los familiares en su momento habían consultado videntes. Sobre todo me sirvió para entramar las historias, porque bueno, eran tres casos que en realidad no estaban directamente relacionados. Después, cuando empecé efectivamente a escribir el libro, empezaron a aparecer pequeños recuerdos, cosas que me habían pasado a mí, que me habían contado otras mujeres cercanas de abusos, de micromachismos. En el libro hay mucho de eso que tiene que ver con lo autobiográfico. Y tiene su razón de ser, porque el femicidio es la manifestación extrema de la violencia de género, pero antes, durante y siempre están estas otras escenas cotidianas que todas atravesamos alguna vez, que también tienen que ver con el mismo asunto. Y bueno, entre que presenté el libro al Fondo de las Artes y se publicó, pasaron cinco años. Ya con la mayoría del material reunido lo pude escribir bastante rápido y, por suerte, apareció una editorial interesada en publicar un libro así.

—¿Y siempre tuviste la claridad de que iba tener esta forma de crónica?
—Sí, desde el principio pensé en la no ficción como posibilidad. Aunque no me resultó tan sencillo porque de alguna manera yo sentía que la crónica tenía un lenguaje propio y que tenía que intentar reproducir, pero me parecía que no resultaba. Eso fue algo que empecé a resolver con la editora que en algún momento me dijo “vos lo que estás queriendo es escribir este libro como si fueras periodista, pero vos no sos periodista, sos una escritora de literatura, por qué no escribís el libro como una escritora y no como una periodista.” Y de verdad que cuando empecé a escribirlo con más soltura, como una cosa más híbrida, ahí es donde pudieron aparecer los recursos literarios para contar algo que había ocurrido y que además había sido investigado.

—Te formaste en el taller literario de Alberto Laiseca y además organizas hace más de diez años el ciclo de lecturas Carne Argentina. A partir de esto, deduzco que para ti el proceso de escritura no es un proceso tan individual, sino que también es un proceso que desde su génesis puede ser compartido…
—Sí, totalmente.

—¿Y de qué forma vinculas tu escritura con el lector? ¿Cómo concibes tu proceso creativo?
—Yo creo que un poco por esto que te contaba de cuando empecé a escribir, como que estoy acostumbrada a socializar los textos en su proceso de escritura. Cuando me fui a vivir a Buenos Aires lo primero que hice fue anotarme en el taller de Laiseca, donde estuve 17 años. Hay escritores que no tienen esa práctica, que tienen un trabajo más solitario. En cambio yo estoy más acostumbrada a compartir ese proceso, escuchando opiniones sobre el texto, ir haciendo el ejercicio de corrección a medida que vas escribiendo. Después, en realidad no pienso en el lector. Me guío un poco más como desdoblándome, poniéndome en lugar de lectora de lo que estoy escribiendo. Pero eso, el lector me parece como una entidad fantasma, porque no sabés si una vez que termines un libro ese libro va a tener lectores, ¿no?
Sí me sirve mucho poder mostrar los textos mientras los estoy escribiendo o leerlos en estos ciclos como Carne Argentina. Lo organizo yo con otros dos amigos escritores, Alejandra Zina y Julián López. Aunque nosotros no leemos en el ciclo, sino que armamos la curaduría. Pero sí, cuando me invitan a leer a otros encuentros me gusta llevar lo que estoy trabajando, porque también es una manera de que el texto empiece a circular. Ver si funciona o no funciona, digo, eso lo podés notar en una lectura.

El escritor argentino Alberto Laiseca. Créditos: viajarleyendo451.blogspot.com

—Ahora, sobre la escritura latinoamericana actual. Tú vienes acá a la Furia del Libro para participar en los Diálogos latinoamericanos.  Qué me puedes contar sobre las nuevas voces de la narrativa actual en la región. ¿Percibes algunos puntos de encuentro?
—Sí, bueno, sobre todo en los últimos años, por suerte conocí muchas escritoras mujeres de distintos lugares de Latinoamérica. Por ejemplo, el año pasado fui a un encuentro en México, y ahí la conocí a Fernanda Melchor, leí su novela Temporada de huracanes (PRH, 2017) y me encantó. Después hay una escritora boliviana, Liliana Colanzi, que me encanta. Leyéndolas, inmediatamente me remiten a otras voces de mujeres de Argentina, como Gabriela Cabezón Cámara o Alejandra Zina. Ahí hay una comunión de universos, como esta sensación de que al estar escribiendo en la misma época, aunque a veces sus estilos sean diferentes, hay ideas cruzándose todo el tiempo en la literatura latinoamericana escrita por mujeres, porque es lo que estuve leyendo. La verdad es que no sé muy bien en qué andan los varones.
Pero bueno, a mí me gusta mucho también venir a estos encuentros justamente porque es ahí donde conocés nuevos autores o autoras. Siempre me parece enriquecedor esto de poder venir, tener la posibilidad de llevarte libros y estar más conectada con lo que se escribe en el continente.

—Luego de esta visita, ¿qué libros te llevas de vuelta a Buenos Aires?
—Bueno, me llevo uno de Lina Meruane que salió hace poquito. Después me llevo algunos de Montacerdos, que es la editorial que me publicó, pero no me acuerdo de los autores…

—Y finalmente, ¿estás escribiendo en este momento?
—En realidad, escribiendo escribiendo, no. Pero sí tengo ahí para retomar una novela que empecé hace un montón y que ahora la quiero terminar, pero que todavía no tengo título. Pero bueno, la idea es terminarla los primeros meses del año y que salga publicada en 2019.

Autor: María Jesús Blanche (50 Entradas)

Licenciada en Letras Hispánicas y diplomada en Edición. Su amor por el libro como objeto y como una fuente inagotable de experiencias lectoras diversas, han sido una motivación constante para seguir trabajando desde distintos frentes en busca de nuevos amantes de la lectura.


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