Entrevistas

Sara Bertrand: «Los jóvenes no leen lo que se les propone, pero leen»

María José Ferrada Por María José Ferrada

A propósito de su nuevo trabajo, «Un libro es una pregunta», la escritora conversó con nosotros sobre la relación de los jóvenes con la lectura y la necesidad de nuevos espacios para el pensamiento crítico. [Créditos portada: El Desconcierto]

«Los libros me permitieron zafar la época escolar. Sin un libro, le hubiese encontrado poco sentido. El libro estaba en mi falda y yo, discretamente, pasaba páginas, terminaba uno para comenzar otro. También comía chocolates y me gustaba el teatro, pero mi refugio fueron los libros», cuenta Sara Bertrand, escritora y periodista.

En su reciente entrega, Un libro es una pregunta. Literatura, adolescencia y tiempos revueltos (Fondo de Cultura Económica, 2024) reflexiona acerca de la capacidad que tienen los libros para convertirse en refugio y acompañar a los lectores, de toda edad, en sus búsquedas. Sobre los motivos que dieron origen a este trabajo y sobre su propio camino como lectora y escritora, conversó con nosotros.

¿Cómo fue tu juventud? 

Imagino que como cualquiera joven viví la adolescencia como un huracán de psicodelia y una vez que pasó esa sensación de sentir patas arriba el mundo, el cuerpo y todo lo que me rodeaba, vino un exceso de afuera. Salir, buscar, perder, llorar, en fin, no creo que haya sido distinta a otras juventudes, excepto, claro, por el hecho de haber crecido en dictadura (que es como decir «guerra», falta de libertad y ese tipo de alertas basales que tiñen todo) y que, de distintas maneras, me inoculó contra el romanticismo y me hizo inmune a algunas fantasías.

¿Escribías?

No sé en qué momento decidí escribir, pero ya a los diez años era parte de mi rutina. Sí sé que mi mamá cuenta que nací leyendo, por supuesto que es un recuerdo falso, editado por la memoria de mi madre, como también sé —ahora, aunque mis hermanos, que fueron mis primeros lectores, no me lo hayan confesado nunca— que eran melodramas horribles, historias interminables, ajenas a cualquier economía de las palabras.

Sara Bertrand, de niña, junto con su abuela y otros niños y niñas leyendo. Créditos: Sara Bertrand

¿Cómo nació Un libro es una pregunta?

Nació en pandemia, cuando el mundo se cerró sobre sí mismo y las calles se convirtieron en un set de una televisión olvidada. Entonces, pasé de dar clases presenciales a virtuales, extrañé mucho a los alumnos, el contacto físico, esas horas previas a una clase compartiendo con ellas y ellos. Aunque, quizás, este comienzo es algo forzado, porque el libro empezó como una pregunta, de hecho, pues rápidamente me di cuenta de que todo lo que había leído hasta el momento no me servía para explicar lo que estaba pasando en el mundo; las muestras de deshumanización e individualismo extremo me llenaban de desesperanza. Te acostumbras a ver el horror en las pantallas. Me di cuenta de que mis preguntas tenían que ser otras, que necesitaba leer desde otro lugar, otro tipo de filosofía, más colonial, si quieres, más subalterna.

Partes mencionando los prejuicios que existen en el mundo adulto en relación con los adolescentes, ¿podrías profundizar un poco en esto?

Pienso que la mayoría de las veces llegamos tarde a nuestras hijas o hijos; tarde a nuestras alumnas o alumnos; tarde a sus preguntas esenciales, curiosidad, energía. Tarde a sus pesares. Incluso, tarde a sus refugios. Por ejemplo, esa afirmación que insiste en que «los jóvenes no leen». Lo curioso es cuando la realidad demuestra lo contrario, porque (quizás) no leen lo que uno les propone, porque (quizás) ese libro que lleva años en el plan lector y de tan repetido, forma parte del imaginario escolar y ya no les interesa. Así es que no leen lo que se les propone, pero leen aquello que les permite construirse, desarrollar un discurso, plantearse frente al mundo para decir, «yo soy». Los refugios siempre buscan caminos, igual que la lectura.

Hay una crítica a la falta de espacio para el debate y la conversación en la escuela. ¿Qué papel jugaría la literatura en ese espacio?

Parto de la premisa de que todo libro es una pregunta (o muchas), que quienes nos acercamos a ellos buscamos respuestas, formas de ver. Me parece que la escuela es un espacio colectivo por antonomasia, el lugar donde puede ocurrir ese intercambio, establecer ciertos sentidos comunes también, donde aprendes a ver aquello que te hace distinto a los otros. Todo eso se asemeja bastante al lector que se enfrenta a una biblioteca y se expone a la diferencia, se permite dialogar con sus credos y argumentar sobre aquello en lo que disiente. Si los libros no fueran únicamente utilitarios, si no les atribuyéramos un montón de usos para los que no fueron escritos y permitiéramos el libre debate entre lectores, creo que tendríamos hecha buena parte de la tarea de formar personas con pensamiento crítico.

Mencionas también la falta de silencio. ¿Qué importancia tiene o debería tener el silencio en los espacios educativos?

Creo que el silencio, la reflexión, los espacios en donde no debes «decir» ni «hacer» nada particular, sino más bien estar, me parecen muy formativos. Sobre todo, en tiempos como los que corren, cuando el ruido de nuestra época obliga a pronunciarse sobre las cosas más disímiles y anodinas. Me parece respetable que brindemos a nuestras niñas, niños y adolescentes el espacio de silencio necesario para asimilar, decantar, mirar, observar, sin tener la obligación de decir nada.

Fondo de Cultura Económica, 2024

El libro habla de planes lectores detenidos en el tiempo, por una parte, y por otra, de un mercado editorial que se nutre de novedades y «títulos anodinos». ¿Falta comunicación entre estos dos espacios?

Creo que es necesario aclarar que la desconexión con la infancia y adolescencia no se reduce al ámbito de la escuela y al mundo editorial. Basta mirar lo que ocurre con los niños en Gaza para entender hasta qué punto la sociedad se ha vuelto inmune a la crueldad o el horror al que están expuestos. Entonces, pienso que es un síntoma de la superficialidad con que nos dirigimos a la infancia. Es bastante común escuchar el «interés» por su formación, pero niñas, niños y adolescentes, suelen estar ausentes en esos libros, en esas actividades, en las políticas públicas. ¿Quién se pregunta realmente cuál es el rol de la infancia en el concierto social o mundial?

En el ámbito de la literatura infantil y juvenil se habla de literatura sin adjetivos. ¿En qué consiste para ti esa literatura?, ¿cómo se relaciona con la escuela?

Vuelvo a la imagen de Bachelard y sus lectores de rincón, porque cuando una niña o niño está inmerso en un libro, no está realmente en su cama, en la biblioteca o en la sala de clases, la niña o el niño ha echado a andar una danza de recuerdos, fantasmas, emociones o imágenes vívidas. Está en el libro, por eso, me gusta pensar que le debemos ese espacio y eso, no tiene más utilidad que cierto confort y esa sensación apacible que ofrece cualquier refugio. En ese lugar no existen los libros para. Existen experiencias que te marcan, ese libro formará parte de tu vida y así será recordado.

El lanzamiento de «Un libro es una pregunta» fue el pasado 24 de abril en la librería del FCE – Gonzalo Rojas y fue presentado por Camila Valenzuela y Claudio Aravena. Créditos: Claudio Aravena

El libro habla de la literatura como un espacio para procesar los traumas familiares e históricos, ¿podemos profundizar en eso?

En el contexto de las guerras y otros conflictos que se están desarrollando en el mundo, me parece que la literatura juega un rol fundamental. Cierto es que dictadores horribles como Pinochet se jactaron de ser grandes lectores, lo cual nos pone en el problema de que no porque se escriban buenos libros existirán lectores que desarrollen la capacidad de entender al otro. Pero si, por ejemplo, has leído los diarios que escribió Víctor Klemperer durante el Tercer Reich y todo lo que fue sucediendo día a día con el pueblo judío, comprendes cómo es que un pueblo se fue anestesiando a tal punto de aceptar el holocausto judío. Lo que digo es que los libros pueden sensibilizarte ante experiencias hasta hacerte sentirlas propias. Sin embargo, no puedes sentir algo que desconoces por completo, ese tipo de sabiduría solo te la ofrece la experiencia y los libros también son experiencias vividas.

Este trabajo está dedicado a los jóvenes que has conocido en las visitas a las escuelas. ¿Influye esta comunicación en tu trabajo?, ¿qué te han enseñado los jóvenes?

Me vienen a la mente un par de enseñanzas que a cierta edad solemos olvidar y que son tan necesarias para la vida misma, por ejemplo, el ejercicio de aceptación, la naturaleza plástica y bastante móvil de lo cotidiano y cierta ligereza precisa para personas como yo que sobre piensan mucho y que suelen caer en gravedades poco conducentes. Me quedo con sus risas. También con una sana impertinencia.

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María José Ferrada

María José Ferrada es periodista y escritora de libros infantiles. Su trabajo ha sido publicado en Chile, Brasil, Argentina y España, y ha sido premiado tanto en nuestro país como en el extranjero.

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