Reseñas

«Solo», de Marcelo Vera

Astrid Donoso Henríquez Por Astrid Donoso Henríquez

Son extraños tiempos para pensar en hablar y escribir sobre el duelo, quizás porque es tan difícil hablar sobre un tema que siempre se ha mantenido más bien en la sombras. Justo ahora, en que muchos han perdido a un ser querido, sin poder prepararse ante lo certeza de no volver a ver a otro amado, este libro se hace necesario, para abordar un tema sobre el cual habría que poner cierta atención.

Solo, de Marcelo Vera, es un libro duro. Al comenzar a leerlo tuve el primer impulso de dejarlo de lado porque el tema era demasiado fuerte. Siempre perder a alguien lo es, pero dado el escenario actual parecía aún más cruel. Sin embargo, recordando los duelos que uno mismo ha sufrido, seguí adelante y no paré de leerlo. Una sola lectura. El impacto en un solo gran golpe. Y he de decir que el viaje fue tristísimo, pero tan, tan certero. Hay golpes para los cuales uno nunca está preparado y hablar sobre el cómo seguir viviendo después de perder a alguien que uno ama, a quien viste una mañana y de pronto desapareció para siempre de tu vida es aterrador. Pero saber que todos pasamos por un proceso similar es parte esencial de poder sentirnos de alguna forma, menos solos, aunque en ese momento, en esa oscuridad nada parezca poder ayudarnos, y menos ver alguna la remota posibilidad o esperanza de que compartiendo ese dolor este se haga más pequeño, más llevadero.

Este libro primero apareció en una tirada muy pequeña con editorial Malisia el 2018. Al poco andar y buscando una reimpresión, aparece La Pollera y se gestiona su publicación en Chile este año, con una edición muy cuidada y que no podemos dejar pasar por alto. En ella vemos la obra TV sin señal, del artista nacional José Benmayor.

Quizás la trama y su tono es distinto, las circunstancias en que cada muerte ocurre, pero al leer este libro no pude evitar pensar en la película con el extrañado Philip Seymour Hoffman, Love Liza, un vívido retrato a un duelo profundo, intenso, lleno de preguntas. Un duelo que busca repuestas que no existen, que no tiene sentido, pero que constituyen la única forma de aunar algún tipo de fuerza para poder seguir. Tener un objetivo, por obsesivo y exótico que sea, es parte de lo que nos mantiene vivos en medio de la incertidumbre, ¿no? Algo por lo cual seguir caminando, buscando, construyendo o deconstruyendo.

Este libro es intenso. El uso del lenguaje es preciso y a veces muy duro, pero eficaz en no dejar escapatoria. El protagonista está deshecho, lo vemos sufrir, lo acompañamos. Y estar presentes ante ese dolor así de desnudo es visceral, pero parte de lo que hace este relato tan vívido y cercano. No hay dobleces. Vera va directo y nos remece. Algo dentro de nosotros se quiebra un poco. Sea que tengamos o no una experiencia remotamente similar, eso que pareciera tan firme se desliza dentro de nosotros y se diluye. No hay certezas. La vida no tiene certezas. Solo la muerte es brutalmente rotunda y radical. Y no hay otras posibilidades más que preservar el recuerdo de Clara, de aferrarse a eso. Como en otra película, La habitación verde (1978), de François Truffaut, donde el protagonista parece querer detener el tiempo y conserva una especie de altar a sus seres queridos, como una forma de no olvidar, de sobrevivir a sus ausencias.

No hay disfraces, no hay posibilidad de entablar vínculos reales con otros porque el que parecía anclarnos a la vida se ha roto. Ya no está Clara y así, el personaje de Solo se distancia, se aísla. Supongo que es una etapa normal en situaciones traumáticas como estas. Pero en Solo toma otro cariz. Toma la forma de un plan. Un plan de un final. Uno donde pueda controlarlo todo, así como no pudo controlar el no poder despedirse de la mujer que amaba.

Cada imagen me destroza el alma, pero algún día mi memoria comenzará a fallar, y no puedo darme el lujo de olvidar.

«Solo» (La Pollera Ediciones, 2020)

Pero como todo plan, todo plan humano, no es infalible y siempre algo se cuela. Bueno o malo. Porque el dolor es tan humano que no da espacio al control total. Dejaría de ser humano si queremos y creemos que podamos controlarlo todo en nuestra vida. Y por eso Solo es tan cercano, tan inesperadamente uno mismo en esa situación, por disparatada que suene a veces.  Los duelos son tan particulares a cada uno pero a la vez, tan similares en la sensación de quitarnos todo piso, todo techo, todo abrigo.

No es fácil leer sobre el duelo en medio de una pandemia que ha quitado la vida a miles de personas en nuestro país, millones en el mundo. No imagino que el autor esperase algo así en el minuto que la escribió y en que la editorial concibió sacarla durante el primer semestre de este fatídico 2020. Pero así como el protagonista del libro no puedo controlarlo todo, es paradójico que un libro así se cuele ‒felizmente‒, y que en medio de todo el entumecimiento de las pocas certezas que nos habitan por estos días,  nos remueva algo en nuestro interior y nos recuerde que estamos vivos. Y de pronto, sin quererlo, nos recuerde que somos humanos, falibles, inciertos, desconcertantes y que aunque queramos aislarnos en nuestro dolor, no estamos, por suerte, nunca verdaderamente solos.

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Astrid Donoso Henríquez

Coordinadora de medios y libros de La Fuente. Periodista, técnico bibliotecario, máster en LIJ, diplomada en Fomento Lector, Edición y Literatura en Lengua Inglesa. Lectora voraz de diversas latitudes y géneros, con afición especial por lo anglosajón.

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