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Un hombre viejo frente a una Estrella

Claudio Aravena Por Claudio Aravena

El escritor Roberto Fuentes, autor de obras como "Estrella" o "Kuyen", ambos por Nube de Tinta, nos regala este cuento ilustrado por Álvaro Troncoso, para reflexionar sobre la vejez, en medio del confinamiento social.

***

No sentía ese calorcito en el corazón hacía mucho tiempo. Soy viudo hace cinco años. Un buen matrimonio, un hijo. Trabajé un montón de años en el interior del desierto en busca de minerales para que otros se enriquecieran. Vivo en este pueblo hace demasiados años, tantos que finalmente perdí las fuerzas para irme de aquí.

—Parece una historia triste ‒me dijo la niña de ojos grandes frente a mí, pero no lo fue tanto. Estoy segura.

—Eres igual que todos los viajeros espaciales ‒dije‒, pero parece que tú eres más atrevida. Llegaste y te metiste a mi casa y te quedaste mirándome hasta que tuve que empezar a contarte cosas de mí.

—No te lo pedí ‒dijo ella y sonrió‒, solo vine a ayudarte y a algo más.

También sonreí y me quedé mirando por el ventanal del living hacia la casa del frente.

—¿Estás segura de que no estás contaminada? ‒pregunté.

—Solo los humanos se contagian o transmiten enfermedades ‒contestó.

—Tienes razón ‒dije‒. Cuando era muy joven, antes de venirme al Norte a probar suerte, viví en el campo y cuando llegó el viajero espacial a mi vida, me fui a vivir a otro pueblo durante seis meses. Él era un niño muy curioso. Recorría el campo entero y no le importaban las cercas. Me trajo varios problemas con los vecinos, pero al final los conquistó a todos. Sentí pena cuando se fue. Se llamaba Astro, imagino que anda por ahí dando vueltas por el universo, conociendo mundos y esas cosas que hacen ustedes.

—¿Por qué no cruzas la calle para ir a ver a la vecina? ‒preguntó ella sin más rodeos.

—La enfermedad mata-viejos está en el aire ‒contesté. Es el viento gris. Jamás se había visto algo parecido. En fin. Emilia, la vecina del frente, debe estar preparándose algo para comer. Ella y yo somos los únicos viejos que quedamos en este pueblo. Uno murió y tres están en el hospital. Creo que ya se están sintiendo mejor.

—Me llamo Estrella ‒dijo y se acercó al ventanal junto a mí. Vimos cómo una tenue nube gris se desplazaba por la calle principal del pueblo, incluso formaba algunos remolinos‒. Mi nombre es Manuel ‒dije‒, pero eso ya lo debes saber, y este viento gris ya lleva tres semanas, pero ya está amainando.

—Le quedan dos semanas más ‒afirmó ella muy segura.

Asentí algo decepcionado. Pensaba que el viento gris se iría antes. Vimos a Emilia pasearse dentro de su casa un poco antes de desaparecer.

—Nos hicimos amigos de a poco ‒dije. Nos convertimos en compañeros de vejez finalmente. Tuve mucha suerte. Pero luego vino el viento gris que solo afectó a los viejos y desde ahí que no podemos salir, menos hablarnos. Solo podemos mirarnos a través de los ventanales y sonreír. Este pueblo nunca tuvo teléfono fijo y los celulares no tienen señal acá.

—Escríbele una carta ‒dijo ella y se arregló un mechón de pelo, un pelo negro muy brillante.

—Tendría que pedirle a alguien que la llevara y nadie sabe lo nuestro ‒le respondí‒. Nos da vergüenza, es verdad, somos muy ancianos para…

—Vergüenza debiera darles que sientan vergüenza por algo tan lindo como tener un compañero ‒interrumpió Estrella con total naturalidad.

Astro me interrumpía de igual manera.

**

Una vez con Astro fuimos al río y había una niña muy triste. Era una lola, en realidad, de unos quince o dieciséis años. Astro aparentaba unos diez años, así como tú. Yo me quedé un poco retirado de ellos, sentado junto a la sombra de un árbol. Astro era muy preguntón y algo escuché, no le entendía bien, pero sabía que le estaba haciendo muchas preguntas a ella. Al principio ella no lo tomaba en cuenta, seguía perdida en sus pensamientos, pero al rato sonreía y le explicaba cosas sobre los peces que había en el río y sobre los pájaros que revoloteaban por las copas de los árboles. Yo agudizaba el oído, pero no podía entender del todo.

Reconocí a la lola cuando Astro me apuntó y dijo “es mi papá”. Me llamó papá. Yo estaba sentado apoyado en el tronco de un árbol. Eso fue lindo, que él me llamase papá y que ella me regalara una tímida sonrisa. Era una lola muy linda, se llamaba Luisa y hacía poco había perdido a un hermano que era un poco mayor que ella. Fue una historia muy conocida en el campo.

El hermano y sus amigos empezaron a beber enguindado, un trago muy fuerte y dulce que se hace con guindas y agua ardiente. Jugaron a la pelota en un potrero y luego se fueron a refrescar al río. El mismo río donde Astro encontró a Luisa días después. Sus amigos no se dieron ni cuenta de que él fue el único que no emergió a la superficie luego del chapuzón. Eran como diez y cuando lo echaron de menos ya había pasado algunos minutos. Era tarde. Este muchacho, el hermano de Luisa, apareció río abajo. El campo está plagado de historias así. Acá en el desierto también pasan cosas, otras cosas, pero con el mismo final.

Astro tomó de las manos a Luisa y comenzó a hablar muy animado en voz alta. Su voz era algo aguda, casi metálica. Le contaba de las estrellas, los árboles y cosas así. Finalmente se fueron caminando de la mano hacia el interior del bosque. Me sentía satisfecho. Mi niño había ayudado a alguien a sobrellevar una pena enorme. Cerré los ojos y me dormí una siesta. Astro apareció una hora después.

—La dejé en su casa ‒me dijo.

Yo le hice decenas de preguntas más, pero Astro insistía en que no podía contarme más porque era un secreto entre ellos. Era un muchacho especial, como tú. Me ayudó mucho a mí también. Me ayudó a entender de que yo era una persona valiosa, por ejemplo, a pesar de mi poca educación. Apenas terminé la enseñanza básica comencé a trabajar a tiempo completo. Trabajo duro. Yo sentía ganas de volar y conocer otro tipo de vida. Después de que él se fue, volví a casa. Estuve con mis padres y cinco hermanos un mes entero antes de irme al Norte. Visité a mi familia muchas veces. Todavía me quedan un par de hermanos vivos. Uno sigue en el campo y el otro está en la Capital. Ahora que me hiciste recordar a Astro siento ganas de ir a verlos. Nunca entendí como un hombre tan simple como yo fuese elegido para ser un cuidador. Apuesto que tu cuidador es un hombre más educado que yo, con más mundo, más interesante. 

*

—¿Cómo te alimentas? ‒preguntó ella.

Yo estaba escribiendo la carta muy concentrado, pero en realidad solo había escrito tonteras, en fin, describiendo las cosas que hacía en mi encierro y nada más.

—El vecino del café-almacén-farmacia cercano me trae de todo ‒dije‒. Golpea la puerta y me deja las cosas en un canasto. No se atreve a entrar porque dice que puede estar contaminado o algo así y no quiere que me enferme. Es un gran tipo. Cuando pase todo le pagaré, pero él siempre me deja el canasto con una nota: Es un regalo, no se preocupe. Imagino que con Emilia hará lo mismo, pues a ella también le deja cosas. Es un buen hombre, de verdad. Mi hijo también lo es, viene dos veces al año y me trae a mis dos nietos. Me dice que me vaya con él a la Ciudad Costera. No queda tan lejos, a unas dos horas en auto, pero este pueblo es mi casa. Además, Emilia está acá. Hay poca gente, pero es cariñosa, todos nos saludamos. Lamento mucho que Javier haya muerto. Fue como un resfriado fuerte, dicen. Él ya tenía problemas de salud, lo pilló muy débil. Solo espero que los otros lleguen pronto de vuelta al pueblo y que a Emilia no le pase nada.

—De eso escriba ‒dijo Estrella‒. Escriba sobre lo importante que ella es para usted.

Me quedan como diez minutos. Le pedí a papá permiso por media hora. Le prometí que luego de eso iría a comer algo con él al “café-almacén-farmacia” antes de seguir con nuestro viaje.

Al escucharla sentí una especie de paz, como si la mano se me relajara y empezara a escribir sola. Me dejé llevar y terminé la carta, pero no quise releerla para no arrepentirme. Me puse de pie y caminé al ventanal. La niña se puso junto a mí.

—Nunca había conversado de Astro con alguien ‒dije, era mi secreto. 

—Gracias por la confianza ‒dijo ella.

Le pasé la carta y ella me sonrió al recibirla. 

—Astro me pidió que lo visitara ‒dijo ella‒. Él lo recuerda con mucho cariño.

Sonreí, pero seguí mirando hacia la casa de Emilia. Sentí un calorcito por todo el cuerpo. Algunas lágrimas se me escaparon. Tuve que resoplar fuerte, como si con eso expulsara parte de la emoción que sentía y así poder volver a respirar mejor. Había llegado la noche y una estrella solitaria brillaba en el cielo. La quedé mirando y recordé ese pelo lleno de rizos que tenía Astro.

—Si lo ves dile que lo quiero mucho ‒dije sin dejar de mirar hacia el frente‒, a pesar de los años sigue intacto mi amor por él.

—Es bonito eso que acá llaman amor ‒dijo ella y me tomó la mano.

—Un hombre viejo frente a una Estrella ‒dije y le sonreí.

—Imagino que la estrella es Emilia ‒dijo la niña.

Asentí. 

—¿Sabes por qué fuiste elegido como cuidador? ‒me preguntó ella.

—¿Por error? ‒dije.

—Porque tienes un corazón enorme y lo sabes ‒dijo y me soltó la mano.

La niña se retiró lentamente. Abrió y cerró la puerta con apuro. Cruzó la calle corriendo, tocó la puerta del frente y metió la carta por debajo de la puerta. Mientras Estrella entraba al café-almacén-farmacia, Emilia apareció frente al ventanal mostrándome la carta. Le hice señas para indicar que era mía. Ella fue al comedor y se puso los lentes. Creo que la leyó unas dos veces o la leyó muy lento. Luego se acercó al ventanal y puso la carta junto a su pecho y me lanzó un beso aéreo. Se lo correspondí. Me prometí que apenas pasara lo del viento gris saldría a caminar con ella por el pueblo tomados de la mano. Me prometí contarle de Astro y de Estrella también. 

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Claudio Aravena

Estudió Literatura y Educación en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es diplomado en Industrias Editoriales y magíster en Edición, en la UDP - U.Pompeu Fabra. Es gerente de desarrollo de La Fuente, fue profesor del Diplomado FLIJ y participa como miembro colaborador de Colibrí IBBY Chile.

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