Valeria Sorín: Yo, editora. Leer con las manos en el barro de la LIJ

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La argentina Valeria Sorín es editora de oficio y profesión. Estudió Letras y Edición en la Universidad de Buenos Aires y dirige actualmente la editorial La Bohemia. Además, trabaja como periodista cultural hace más de veinte años y sus artículos pueden leerse en el sitio Cultura LIJ. Estuvo presente en el primero simposio Troquel –Libros y lecturas para la infancia– realizado los días 27 y 28 de octubre en la Feria del Libro de Santiago 2015. Aquí compartimos completamente su ponencia.

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Más de uno de ustedes debe preguntarse qué hace un editor, a qué se dedica y sobre todo por qué puede ser necesario, si al fin y al cabo los autores crean, los mediadores acercan y los lectores disfrutan.

Me pasa lo mismo desde que empecé a estudiar Edición, hace dos décadas. La carrera era nueva en la Universidad de Buenos Aires y en el mundo. En los medios aparecían sociólogos, antropólogos, abogados… pero ningún editor.

Nosotros, sus alumnos, encontrábamos referentes entre nuestros profesores, y con algunos popes de la edición independiente en la Argentina. Pero lo cierto es que corrían vientos de extranjerización y compras de editoriales por conglomerados internacionales, la famosa concentración del sector editorial que parece nunca terminar.

No debemos olvidar que como decía Pierre Bourdieu, un libro es tanto un bien cultural como un bien económico. Y eso es lo que siempre atrae a los conglomerados del entretenimiento. El problema en todo caso no es de ellos, es nuestro: nosotros somos los que tenemos que preocuparnos si la circulación de la cultura y sobre todo la definición de lo que es valioso leer y pensar queda en manos de unos pocos y según su posibilidad de rinde económico.

Pero volvamos al punto, ante la falta de definiciones previas desarrollé una compulsión a buscar definiciones de mi carrera y mi labor.

Hoy lo puedo resumir en una sola frase:

El editor cuida la legibilidad.

La legibilidad es la capacidad de un texto de ser leído. Fíjense que hablo de texto, porque nuestra tarea esencial es hacer lo mejor por ese texto que tenemos entre manos. Somos por eso un socio del autor.

Y hablo de un texto que es leído, y por lo tanto del lector. El editor es el defensor del lector en el proceso editorial.

A diferencia del corrector, no tiene una norma por la cual regirse en sus juicios, sugerencias y decisiones. A la vista del autor muchas veces resultamos antojadizos. Hay un chiste: un escritor y un editor caminan perdidos por las arenas del Sahara. Calor, deshidratación, espejismos. Hasta que ven un oasis y ¡es real! El escritor se lanza al agua y comienza a beber a borbotones. Pero levanta la vista y ve al editor haciendo pis en el oasis. “¿Qué haces?” le pregunta. “La mejoro”.

Sí, así nos ven muchas veces.

Lo cierto es que hay algunas cuestiones concretas que atender. Que nunca nuestra tarea puede ni debe estar definida por nuestro gusto personal. Si una frase funciona en un texto, pero no nos gusta, queda.

Hay cuestiones de:

Legibilidad física: tipografías, diseño, materialidad.

Legibilidad lingüística: registros, usos de conceptos abstractos, usos excesivos de voz pasiva, variación sintáctica, etc.

Legibilidad estructural: cuidar la forma en la que unos conceptos se relacionan con los otros.

Legibilidad psicológica: la capacidad de un texto de generar imágenes mentales en el lector, lo apropiado según su edad, recorrido lector, cercanía o lejanía con aquello que se cuenta, interés.

Y una legibilidad de la que no suelen hablar los libros, legibilidad material: la posibilidad de encuentro real con el lector dada por el precio, la circulación del libro en librerías, bibliotecas, en grandes urbes y en ciudades pequeñas, en un país, región o continente, etc.

Veamos algunos ejemplos de humoristas chilenos y argentinos.

La lectura

Pierre Bourdieu tenía una frase maravillosa:

“Un libro cambia por el hecho de que no cambia cuando todo cambia”

Esto quiere decir que la lectura es histórica y socialmente determinada, la lectura es lo que cambia cuando cambia el contexto, aunque el texto sea el mismo.

La construcción del sentido (de una lectura singular) se ve modificado por

  • la época
  • el lugar
  • y la persona

No leía lo mismo la sociedad victoriana en las páginas de Lewis Carroll, ni leemos lo mismo hoy. No solo hoy leemos desde todas las lecturas posteriores de Alicia, sino que también nos perdemos algo de lo inmediato de las referencias que podía haber incorporado el autor.

No leemos lo mismo en la prensa satírica en Francia, en Chile, en Argentina.

todos sus patitosRecientemente estuvo en Buenos Aires de gira la ilustradora alemana Julia Friese. Tuve ocasión de hacerle una entrevista. Y al sacar los libros de su bolso tuvimos ocasión de conversar sobre uno en particular. El libro en cuestión es producto de la talentosa dupla creativa que integra con el escritor Cristian Duda. La trama de Todos sus patitos inicia cuando el lobo ataca a una pata porque tiene hambre, ella para salvarse huye y deja el nido solo. El lobo hambriento se lleva el huevo, pero es tan poca comida que prefiere dejarlo para después. El patito nace y lo confunde con su mamá. El lobo decide esperar a que el pato crezca y engorde para comérselo, es tan poca cosa. Así que lo alimenta, lo cuida. Y el patito sigue viéndolo como su padre. Un día le lleva a su novia. Y el lobo se promete que si lo hace sufrir, si ellos se separan, él se comerá a la pata. Pero pato y pata andan muy bien, y tienen hijos juntos. Y el lobo siempre posterga su deseo voraz.

Julia Friese ha tenido ocasión de visitar y dar talleres en varios de los países donde tiene libros publicados. Ella me contaba que en Palestina esta historia era leída con mucha emoción. Ellos se sentían como el patito, creciendo al lado de un poderoso que se los puede comer y deseando que el vínculo sea la salvación.

El contexto histórico puede también quitar toda posibilidad de leer la historia: en mi país, Argentina, el conocimiento de la verdadera identidad es el bien primordial. Durante la dictadura muchos niños fueron raptados para ser criados por otras familias sin saber acerca de su origen. Incluso muchos de ellos crecieron como si fueran los hijos de quienes habían sido los asesinos de sus propios padres. Exactamente 400. Y hasta el momento llevamos restituidas 117 identidades, 117 nietos recuperados. (ACLARACIÓN: a los pocos días de ser leída esta conferencia se festejó en Argentina el reencuentro de Martín, el nieto 118, con su abuela, Delia Giovanola).

En este sentido, un libro como Todos sus patitos es ilegible. No porque no pueda entenderse su texto o sus imágenes. Pero un editor debe entender los límites de la lectura de su público y de la sociedad en la que está.

Sé perfectamente que no ha sido esa la intención de la autora. El libro es excelente. Nos da pie a pensar acerca de muchas cuestiones: cómo un Lobo puede ir contra su programación a partir de la influencia de un vínculo tan fuerte; de cómo podemos dominar nuestras pasiones, acerca de proponernos tratar mejor al otro. Permite muchas lecturas y muchas de ellas amorosas. Entre sus muchas virtudes tiene dos interesantes sobre manera: dar pie a la reflexión y a la conversación. A mí me dejó pensando.

Solo que creo que no es posible de ser leído en mi país. Al menos para gran parte de su población. Al menos por ahora.

Con la vista en el horizonte de posibilidad

Esto nos lleva a un concepto por demás importante y a la vez terriblemente sencillo.

Leemos según el horizonte de posibilidades que nos brinda la comunidad interpretativa a la que pertenecemos.

El concepto no es mío, sino de Stanley Fish, un norteamericano que trabaja en la línea de las teorías de la recepción. Según estas teorías, los textos dejan huecos que debe llenar el lector. A este grupo teórico se la ha criticado fuertemente la posibilidad de caer en un relativismo extremo: donde todo texto podría significar cualquier cosa, solo bastando que haya un lector que le dé ese sentido.

El concepto no es mío, sino de Stanley Fish, un norteamericano que trabaja en la línea de las teorías de la recepción. Según estas teorías, los textos dejan huecos que debe llenar el lector. A este grupo teórico se la he criticado fuertemente la posibilidad de caer en un relativismo extremo: donde todo texto podría significar cualquier cosa, solo bastando que haya un lector que le dé ese sentido.

Por eso Stanley Fish limita el concepto al hablar de comunidad interpretativa. Debido a que el objeto (el texto literario incluido) siempre está construido por el sujeto, o, para ser más precisos, construido por un grupo de sujetos. Este texto será interpretado desde una «comunidad interpretativa«, que está integrada por diferentes conjuntos de normas y estrategias de lectura que producen diferentes comunidades de intérpretes.

Pero hay que percatarse que ni siquiera nosotros pertenecemos a una sola comunidad interpretativa, sino a varias: a la comunidad interpretativa de la LIJ latinoamericana; a la comunidad interpretativa de nuestra generación (y aquí ya empezamos a no coincidir todos los presentes), a las comunidades interpretativas de Santiago de Chile o de Buenos Aires (y aquí volvemos a no coincidir), a la de los docentes universitarios (y nos reagrupamos de otra forma), a la de…

Por ejemplo: la palabra Muro

Muro puede ser el espacio personal de posteos en Facebook. Un lugar para la comunicación y la expresión libre de la propia identidad.

Muro puede ser una pared nueva que se levanta en la frontera entre Estados Unidos y México, y que separa otras cosas, entre el Sur y el Norte.

Muro puede ser una pared derribada que dividía la ciudad de Berlín al medio, y con ella a las dos Alemanias, y con ella a Oriente y Occidente, y con ella al Capitalismo y al Comunismo…

O podemos escuchar El Muro y ponernos a cantar: «No necesitamos educación. Ey Profe, deje a los chicos en paz. Solo somos otro ladrillo en la pared.»

La connotación negativa o super cool del término Muro tendrá mucho que ver con la comunidad interpretativa a la que pertenezcamos… perdón, con las comunidades (mejor en plural).

Usar la palabra Muro en un texto puede ser muy apropiado. O muy poco apropiado. En el trabajo acerca de asir el sentido nos desempeñamos los editores. Nada tiene que ver con el gusto personal, o muy poco.

Vuelvo un segundo a Bourdieu: un libro cambia, porque no cambia, cuando todo cambia. ¿Acaso un poco ingrato nuestro trabajo? Tanto esfuerzo por determinar el sentido y este inevitablemente cambiará.

Entre dos polos

¿Todos los editores jugamos igual en tanto el sentido?

No. Nuevamente recurro a Pierre Bourdieu, pero esta vez para pensar el campo editorial. Dice Bourdieu que las editoriales en todo el mundo suelen aglutinarse respecto de dos polos: el polo comercial y el polo cultural. Normalmente se explica que la diferencia entre ambos polos está en sus lógicas.

Las editoriales del polo comercial se basan en el lanzamiento permanente de novedades, sostiene su estrategia ganando cada anaquel de la librería, las mesas de exhibición, el espacio en la vidriera. Hacen enormes inversiones en marketing y promoción para que sus productos sean vistos y consumidos en pocos meses, mientras son novedad.

Las del polo cultural en cambio van a pérdida mientras sus títulos son nuevos, porque apuestan al largo plazo. Basan su estrategia en la construcción de un catálogo de larga duración y de venta constante por años y años.

Yo encuentro que esta diferencia también se puede ver en su relación con el discurso cultural dominante. Permítanme ser muy sintética para explicarlo rápido, sabiendo que hay grises.

Sería algo así como decir que las editoriales del polo comercial para vender reproducen ese discurso. Digo, deben vender sin transgredir, o solo marcando la transgresión hasta donde el discurso dominante lo permite.

50-sombras-660x350Por poner un ejemplo: Cincuenta sombras de Grey es catalogado dentro del sector editorial como porno suave (soft porn), un producto pornográfico para mamás. Con esto queremos decir: no muy transgresor. Convengamos que no genera la misma transgresión que Justine y los infortunios de la virtud, libro por el que El Marqués de Sade fue encerrado en el manicomio.

Las editoriales que se paran en el polo cultural pretenden que sus productos ofrezcan una propuesta adicional, obliguen al lector a girar la cabeza para ver mejor, aunque, claro sin romper tampoco con la capacidad de lectura. Ese giro se espera que modifique algo de la realidad.

Todos pueden trabajar con calidad.

No siempre como lectores entrenados que somos deseamos que nos rompan la cabeza. A veces queremos una caricia, un lugar de bello sosiego. Debo decir aquí que a este viaje me acompañó un libro que quería releer: Tres veces al amanecer, del italiano Alessandro Baricco, escritor que no explora los límites, pero cuenta hermoso y a mí me permite disfrutar y descansar. Imagino que cada uno de ustedes tiene un autor con el que les pasa lo mismo.

Retomo un concepto que no quiero que se pase de largo. El editor no es el artista, siempre trabaja dentro de los límites de lo legible, porque lo completamente ilegible no tiene mercado, y dado que un libro es un bien económico también, no podemos ir tan lejos, no podemos romper la comunicación.

O sí. Cuando un editor se da cuenta que hay una obra que le parece significativa pero para la que hoy no hay un público suficiente, podemos trabajar en generar ese público. Y ahí las editoriales comienzan a realizar gestión cultural. Para que sus producciones no caigan en saco roto.
Ahora bien, ¿por qué arriesgarse a proponer algo nuevo?

Como ayer decía Marcela Carranza, el niño resignifica los objetos, la cuchara puede ser un avión, una escoba puede ser un caballo, el tubo de un rollo de papel higiénico un catalejo.

Como cuando jugábamos con las palabras, y de tanto repetir cucaracha, al rato ya no sabíamos si era cucaracha o cucharacha. Habíamos roto momentáneamente la convención entre significado y significante.

Por estos días suena en la radio porteña la propaganda de un sitio de internet de compra y venta de cosas en la que una persona al principio tiene una maraca que no le sirve.

Comienza a repetir: maraca maraca maraca maracamaracamaraca cámara ¡cámara!

La propaganda hace referencia a que en el sitio es posible vender lo que tenés y comprar lo que querés. Pero a mí me sirve para pensar el momento creativo: partimos de una cosa que es un signo también. Y la deconstruimos. Quedamos en el caos por un momento, hasta que podemos reordenar sus términos y conseguir un nuevo signo.

Partimos de una cosa – Olvidamos la cosa – Resignificamos la cosa.

Los editores podemos hacer esto también, no solo los artistas.

¿Por qué arriesgarnos a proponer algo nuevo si podemos ganar más dinero yendo a lo seguro, reproduciendo el discurso dominante?

Voy a hablar solo a término personal ahora. No me gusta el mundo en el que vivo. Sobre todo no me gusta cómo nos tratamos. Disfruto de la diferencia y del compartir (que para mí es una ronda de mate y charla, charla y mate), pero esos no son los términos en los que se vive actualmente.

Loco es el que pretende que los resultados cambien haciendo lo mismo. Y yo quiero un mundo cuerdo.
¿Por qué arriesgar incluso nuestro capital en un negocio tan paupérrimo como el editorial para proponer algo diferente?

Porque la realidad no nos satisface. Porque quisiéramos cambiarla. Porque eso no depende de uno, sino de muchos. Porque esos muchos necesitan primero ver la grieta en el discurso para poder también desear cambiar la realidad.

Los convoco entonces a cada uno de ustedes, que como mediadores de lectura tienen una oportunidad esencial a ser parte de esta operación colectiva. Demos oportunidad a que a las mismas preguntas las nuevas generaciones puedan buscarles respuestas originales.

Ofrezcamos lo mejor que podemos darles: la oportunidad de leer en sus propios términos y luego encontrarse con otros para discutir, para coincidir, para reír, para convidarse, para extrañarse, para compartir y conversar.

Esta conferencia se llama Yo editora. Ustedes han de haber pensado que se trataba de una cuestión identitaria o profesional. Pero no hace referencia a esto el título. Les he tendido una trampa.

argentinoOcurre que hace pocos años, en mi país existía un dicho. Cuando alguien quería sacarse responsabilidad en algo decía: Yo, argentino. Con el gesto de la foto.

El título se completa con la frase “Leer con las manos en el barro de la LIJ”. Meter las manos en el barro es el término que usamos para decir exactamente lo contrario: que vamos a introducirnos en un tema o una causa hasta su profundidad.

Entre ambas actitudes optamos cada uno de nosotros, ¿no?

Creo firmemente que los editores tenemos una responsabilidad social. Algo de ello está expresado en la ley de derecho de autor, ya que debemos velar por el respeto de estos derechos, o someternos a las consecuencias penales.

Pero creo que nuestra responsabilidad excede lo legal. Somos responsables de lo que damos a leer. De su belleza -ineludible-, de su sofisticación, de su legibilidad, de las posibilidades que ofrece de pensar la realidad.

Si leer no sirve para hacernos más reales, ¿para qué sirve?

 

 

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