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Volver a Cortázar

Carolina Ojeda Por Carolina Ojeda

Una relectura desde lo político nos permite encontrar nuevos sentidos, nuevas formas de entender esas historias “reales maravillosas absurdas” que se mueven entre los intersticios de la realidad y lo cotidiano.

Siempre existen excusas para releer a Julio Cortázar. Alguna palabra oída por ahí –de esas típicas cortazarianas–, algún taco enorme en alguna parte del mundo, el encierro en una casa –tan atingente a estos tiempos–, el propio reflejo en un vidrio –del metro, de una micro, de la casa–.

Al recorrer mentalmente sus cuentos, pareciera que no hay tema que no hubiese sido escrito, directa o tangencialmente por este argentino con rasgos de gigante que constantemente echaba humo por boca y nariz. Y como siempre existen excusas, su cumpleaños número 106 no puede quedar fuera.

Julio Cortázar, argentino con domicilio en Francia durante buena parte de su vida, aportó a la literatura universal con una obra enorme, llena de cuentos, novelas, entrevistas iluminadoras y un lenguaje propio que hasta hoy podemos adivinar en los escritores del siglo XXI. Porque, independiente de que su obra se puede circunscribir al boom latinoamericano –ese brillante período literario de entre los 60 y 70 del siglo pasado– Cortázar, como los grandes universales, es un atemporal, un autor-personaje que se renueva constantemente con cada generación. Y, en este sentido, quiero referirme particularmente a cómo la obra de Cortázar se adhiere con tanta naturalidad a las generaciones jóvenes.

Hace unos días, preparando una charla acerca de los libros para jóvenes junto a mi amigo David Agurto, caímos en el concepto de aquellos libros que, no habiendo sido pensados y escritos específicamente para un público juvenil, fueron apropiados por ellos. Y el argentino es el primer nombre que salta a la memoria literaria cuando hablamos de este fenómeno.

En una entrevista, el autor señala: “Yo nunca busqué tener la menor influencia en los jóvenes. Estoy convencido de que los escritores que se proponen un determinado mensaje con respecto a los jóvenes, escriben cosas mediocres, y los jóvenes no reaccionan como los autores quisieran.”

Ser un autor devorado por lectores que rondan los 15 a 20 años es algo que Cortázar no reniega. Casi podríamos decir que se presta a esa dinámica de adolescente que se ensimisma constantemente en sus propios pensamientos, que imagina –hasta creerlo ciertamente– que se convierte en una criatura marina con tintes míticos de las cuencas lacustres mexicanas, que vaga por las calles nocturnas, persiguiendo algo que no sabe qué es.

Descubrir los cuentos de Cortázar, a la edad que sea, es una aventura literaria de la que no se puede prescindir; porque, más allá de esa característica lúdica que poseen algunos de sus textos, más allá de un absurdo real maravilloso, existe en ellos un compromiso con sus lectores, un compromiso político, social, literario que va surcando las historias y que hacen tanto sentido al leerlo:

“El hecho de ser un gran escritor no significa cumplir con un compromiso, el compromiso es doble. Por un lado, dar el máximo como escritor –y eso es lo que yo trato de hacer y lo haré hasta el fin de mi vida– pero, en segundo lugar, hay que responder también con la conducta personal, con la conducta ideológica, con la conducta política. Yo estimo que mi compromiso con respecto a mi pueblo, a América Latina, lo cumplo no solo cuando escribo, sino cuando cumplo una acción, una denuncia, una tentativa de echar abajo esos sistemas siniestros que están alienando, explotando a nuestra América Latina. La coincidencia de esas dos cosas en el trabajo de un escritor, es el verdadero compromiso.”

Podríamos entender que esa característica tan patente en su literatura es lo que atrae al público más joven, que está en busca de ideales, que lucha contra las represiones, que manifiesta sus creencias en función de la libertad, del respeto al otro y de formas de gobierno que, ante todo, se desvivan por el bienestar de todos los ciudadanos. Utopías que el mismo Cortázar asumía como ciertas, entregándose, a veces, a una cierta resignación, como sucede en “Casa tomada”, por ejemplo.

Pero también se observa una pugna constante, un no entregarse. En ese sentido, hay una infinidad de textos que permiten acercarse a esa vertiente más política del escritor. Historias de cronopios y de famas (1962) es una muestra contundente de esa mixtura perfecta que logra el argentino entre lo divertido, lo terrible, lo absurdo y la lucha. Leer esos textos con un ojo político, haciendo énfasis en el compromiso al que alude, nos entrega una suerte de nuevo aire que renueva las palabras y esos objetivos literarios de los que el escritor rehuía.

Julio Cortázar. Créditos: La Tercera.

Pasa que los cronopios no quieren tener hijos, porque lo primero que hace un cronopio recién nacido es insultar groseramente a su padre, en quien oscuramente ve la acumulación de desdichas que un día serán las suyas.

Dadas estas razones, los cronopios acuden a los famas para que fecunden a sus mujeres, cosa que los famas están siempre dispuestos a hacer por tratarse de seres libidinosos. Creen además que en esta forma irán minando la superioridad moral de los cronopios, pero se equivocan torpemente, pues los cronopios educan a sus hijos a su manera, y en pocas semanas les quitan toda semejanza con los famas.

“Eugenesia”. Historias de cronopios y famas (1962)

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Carolina Ojeda

Estudió literatura y pedagogía en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Máster en Libros y Literatura para niños y jóvenes en la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente se desempeña como directora del Centro Troquel. Mantiene el blog personal: pensandolalij.com

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