Entrevistas

Zambra sobre la nube del éxito

Manolo López Por Manolo López

Dos años le tomó a Alejandro Zambra volver a publicar un libro. Después de Formas de volver a casa (2011), la adaptación al cine de Bonsái y un extenso paso por Europa, lanzará –a principios de diciembre y sin presentación– una colección de once relatos titulada Mis documentos, su obra más larga hasta la fecha....

Dos años le tomó a Alejandro Zambra volver a publicar un libro. Después de Formas de volver a casa (2011), la adaptación al cine de Bonsái y un extenso paso por Europa, lanzará –a principios de diciembre y sin presentación– una colección de once relatos titulada Mis documentos, su obra más larga hasta la fecha.

Por Pedro Bahamondes

Hablar sobre éxito implica hacer una división de dos grupos con una sola similitud: que el éxito sí importa y hay que alcanzarlo, cueste lo que cueste. En el primero están quienes lo tuvieron largamente y luego se inmortalizaron. En el segundo, y con mayor frecuencia, los que lo vieron pasar fugazmente delante de sus ojos y pasaron al olvido como en caída libre.

Para Alejandro Zambra, con 38 años recién cumplidos, tres novelas publicadas por editorial Anagrama y traducidas a más de diez idiomas (Bonsái, La vida privada de los árboles y Formas de volver a casa), y destacado como uno de los mejores narradores de su generación (incluida la lista de revista «Granta», en 2010), la respuesta, como dirá después, sigue siendo la de hace cuatro años, cuando le hice la misma pregunta: “Éxito no es más que un programa que hacía el Pollo Fuentes durante los 80”.

El breve encuentro

No cuesta contactarlo y acepta de inmediato, aunque con una sola condición: para este, el lanzamiento y promoción de su último libro, no dará ninguna entrevista cara a cara. No quiere. No sabe por qué, pero así será. Que mejor le envíen preguntas por mail, preguntas de todo tipo si quieren. Y que lo disculpen, pero quizá se ha puesto mañoso. Por último, que vaya a buscar el manuscrito a su casa, que ya sé cómo llegar.

El reloj marca las 8 en punto, la hora acordada. Por la calle Echeñique, a pasos de la estación del metro Simón Bolívar, en La reina, una corriente bulliciosa de autos se toma la calzada de extremo a extremo. El citófono suena, vuelve a sonar y nada. No hay nadie en casa. En el último intento aparece Zambra a paso raudo, disculpándose, escarbando ciegamente con su mano dentro de un bolso en busca de sus llaves.

Hace algunos años, en los pasillos de la Escuela de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales –donde da clases desde hace más de 10 años– el profe Zambra se tomaba algunos minutos antes de bajar cargado de libros desde su oficina hasta la sala. Allí, parecía intentar explicar con pocas palabras la importancia de la musicalidad de los textos o lo increíble que le parecen las décimas de Violeta Parra mientras lanzaba algunos acordes de guitarra. Para entonces, ya había publicado Bonsái y La vida privada de los árboles –las novelas que catapultaron su carrera–, usaba el cabello largo y amarrado, y fumaba un cigarro tras otro apoyado en el umbral de la puerta.

La lucha por dejar de fumar lo vence por períodos. En el living de su casa menciona que lo había dejado, pero que durante este año, mientras estaba en Berlín, se tentó y tuvo que encender uno. Y luego otro. Desde entonces volvió a fumar, aunque no las tres cajetillas de cigarrillos corrientes de antes. También dejó el café –aunque en la fotografía de sus libros aún aparezca con un tazón blanco, de seguro de café– e intenta comer sano. Según él, no hay nada particular en ello, nada que decir. Que si tuviera un terapeuta diría lo contrario, si es que tuviera uno.

Hoy parece más delgado, lleva el pelo corto y grandes anteojos, como antiparras. Ofrece tímidamente un vaso de agua, se disculpa por no tener otra cosa. Se pierde en la cocina, da la llave, espera que el agua enfríe. De las escaleras bajan lentamente dos gatas negras, Oscuridad y Blanca. La primera lo acompaña desde hace varios años, y a la segunda recién le está enseñando a obedecer por su nombre, a salir a tomar aire al patio y a volver a casa.

Sobre la mesa del comedor hay un cerro de libros apilados, y al fondo un librero repleto de lado a lado. En una de las esquinas hay una lupa. Alguna vez, el profe Zambra confesó a sus alumnos que le temía a la ceguera como a ninguna otra cosa. Que prefería perder el oído y hasta que le cortaran la lengua. Pero nunca perder la vista.

–Te voy a entregar el manuscrito entonces, te traje una copia. Es bien grande–, dice, mientras saca de su bolso un anillado de fotocopias. En la portada, el título: Mis documentos.

–¿Por qué lo titulaste así

–Es un título que corresponde a la búsqueda del libro entero. Me gusta sobre todo esa segunda lectura, de la primera singular al plural, en millones de computadores regados por el mundo. Son mis documentos y los de todos. Para mí escribir siempre fue escribir a mano, en todo caso, y lo sigue siendo. Pero también pienso que un relato, para probar que merece existir, debería ser capaz de sobrevivir a los procesadores de textos, a las máquinas de escribir, a la lectura en voz alta y a toda esa clase de distorsiones.

Mientras contestaba, parecía inquieto. “Es que vienen unas amigas a tomar té –dice– si no pasaría de largo conversando”. El encuentro había terminado.

Vaciar la carpeta

Fueron tres o cuatro tandas de preguntas. Todas por mail. Entonces empezó contando que este nuevo libro le había tomado 3 años, desde que terminó de escribir Formas de volver a casa, a finales de 2010. Que desde hace tiempo tenía ganas de meterse en la escritura de relatos hasta encontrar un libro. Revisó cuadernos y carpetas completas de su computador, donde aún permanecían varios textos antiguos, algunos incluso sin terminar.

La mayoría fueron escritos en Santiago, en su casa, en su pieza, con lecturas y relecturas en voz alta por las tardes. A veces con música de fondo, en otras con la radio sintonizada en las noticias.

“El libro nació del deseo de escribir textos preexistentes. De una insatisfacción con algunos textos míos que andaban dando vueltas. Pero al final eso me llevó a escribir relatos nuevos y a ´matar´ los anteriores. De los once, hay solo tres publicados previamente, pero son tan distintos que creo que son irreconocibles”, comenta.

En principio serían doce, y el libro se llamaría Yo fumaba muy bien, al igual que uno de los relatos de la colección y que fue escrito a partir de un montón de notas que tomó durante las varias veces que ha intentado dejar de fumar. Cuando el título definitivo apareció, lo cautivó la condición abarcadora y multiplicadora: aquella carpeta que está en los computadores de todo el mundo. Lo personal e impersonal.

Desde el primer relato, también titulado Mis documentos, la realidad cobra vida, diluyéndose en la ficción de varias historias que, según Zambra, deben entenderse como tal, como simples historias. Sin embargo, el dejo autobiográfico es algo innegable, y en cada página se cuela algo de su propia bitácora, como si el libro fuese el resultado de vaciar una carpeta personal, un trozo de su infancia en Maipú, de su paso por el Instituto Nacional, del gusto por Colo Colo, de la fijación con la misa católica, de los relatos de su abuela sobre el terremoto de 1939, de la curiosidad y placer que le provocaba ver de niño la Teletón, y así.

–¿Qué piensan tus padres o familiares de que a veces, muchas veces, los incluyas en tus relatos?

–Mis padres siempre son muy generosos con mis escritos. Pero no tengo la sensación de haberlos incluido como tal. Mis novelas son novelas, mis relatos son relatos, no confesiones.

Y a propósito de su familia, escribe: “Mi padre era un computador, mi madre una máquina de escribir. Yo era un cuaderno vacío y ahora soy un libro”, se lee al final del primer relato. Uno que comenzó escribiendo a fines del año pasado y que lo acompañó toda la primera parte de este año.

“Es un texto construido a partir de recuerdos tempranos, comienzos de los ochenta. Su tono es el de quien intenta describir con precisión, sin catalogar de antemano la experiencia, sin controlarla, manipulando lo menos posible los recuerdo. Es un texto que narra un despertar o más bien una historia personal que suena a prehistoria, por la capacidad de olvido tan grande que tenemos y por lo ajenos que suenan algunos espacios y situaciones que, gracias a la escritura, pude habitar nuevamente”, comenta.

De los once, el relato Vida de familia resume gran parte de su intención en esta nueva entrega, además de mantener vivos varios aspectos de sus otras novelas, como la impostura, el deseo de arraigo, las formas que adopta el amor, el desencanto generacional y la soledad. La historia narra cómo un hombre llega a cuidar la casa de un pariente lejano, y luego se involucra con una mujer menor a partir de la pérdida de dos mascotas. La escritura de este texto fue un proyecto tan largo, dice Zambra, que incluso escribió el guion para llevarlo al formato audiovisual.

Y piensa concretarlo.

El presente, el futuro

Alejandro Zambra confiesa ser un hombre solitario. Y lo disfruta. Le gusta salir a caminar, hacer clases, reunirse de vez en cuando con sus amigos y estar al tanto de la contingencia. El pasado 17 de noviembre, para las elecciones, fue observador de mesa de la campaña Marca tu voto AC en el liceo donde vota, en Quinta Normal. Al respecto, señala que además de marcar el suyo, votó solo por Giorgio Jackson.

La soledad y el desprendimiento material le han permitido también disfrutar otro de sus placeres: viajar. Durante casi todo el primer semestre y desde finales del año pasado, estuvo sobrevolando las nubes hasta aterrizar en varios países de Europa, sobre todo en Bruselas, Bélgica, donde vivió aproximadamente 3 meses, mientras trabajaba en la traducción de su última novela, próxima a lanzarse en Brasil.

–Tus libros se han esparcido por el mundo, y te has transformado en un escritor reconocido y aclamado. ¿Cómo te tomas el éxito?

–Me encanta saber que mis libros han encontrado lectores y la escritura me ha dado muchas más satisfacciones de las que nunca me imaginé. Pero para mí el éxito sigue siendo el nombre de un programa que hacía el Pollo Fuentes. No pienso que haya un propósito, un paso más allá que el placer de hacer lo que te gusta. Y lo he hecho. Cuando me pasa algo bueno, la euforia me dura unos minutos, después me olvido.

–Hace un tiempo dijiste que estabas escribiendo otra novela, titulada Instituto Nacional.

–Estoy en muchas cosas, algunas más perfiladas que otras. No sé qué saldrá primero. Para el próximo año será un libro de poemas, que publicaré con Parrita (Nicanor Parra), y también  escribo un libro sobre el colegio, pero no creo que finalmente se llame Instituto Nacional. Por lo pronto, Mis documentos se lanzará el 5 de diciembre. Pero más que una presentación, será una lectura. Me tienen aburrido las presentaciones. Dos personas diciendo lo genial que es el libro. Las presentaciones me parecen un género en crisis. Voy a leer dos textos y después cantarán mis amigos Colombina Parra y Leo Quinteros.

–Con tanto viaje estos dos últimos años, ¿cuáles otros se vienen próximamente?

–Decidí no viajar los segundos semestres para concentrarme en mis clases, lo que ha sido muy favorable. Me he sentido muy bien estos meses en casa. Vuelvo a viajar ahora en diciembre a Ámsterdam a recibir el premio Príncipe de Claus, y luego, en febrero a la Feria de La Habana, porque se publicarán en cuba Bonsái y La vida privada de los árboles en un solo libro. Luego a Sonora, DF, Nueva York y Washington, y finalmente, a fines de marzo, a Brasil, donde se publica ahora Formas de volver a casa.

–¿Has pensado en irte de Chile, establecerte en otro lugar?

–Lo he pensado, pero me gusta estar aquí, mi trabajo en la universidad, y me importa demasiado lo que ocurre acá. Cuando los viajes se hacen largos invariablemente, extraño nuestra forma de hablar y siento, por antiguo que suene, el llamado de la tierra. Quizás sí me iría, pero no ahora.

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